No sé el motivo muy bien, pero me
ha venido a la cabeza un tipo de los que creo que ya no existen. Una persona o
mejor un personaje un tanto especial.
Soler
era alguien de altura en su trabajo. Y digo lo de altura porque su labor como
funcionario solo la desempeñaba entre los altos cargos. De coronel para arriba.
No por su estatura que era todo lo contrario. Aquello era el Ministerio del Ejército
en los años setenta, unos meses después de la muerte del dictador, a donde
llegué, en mi primer destino, tras superar el periodo de prácticas que
completaba el proceso selectivo como funcionario de la Administración Militar.
De
teniente coronel para arriba, Soler se dirigía a los mandos con un “mi”
delante, aunque con mucha confianza. De capitán para abajo eliminaba el “mi”,
pues aún siendo funcionario civil, decía que su categoría era como la de un
comandante y que por tanto a los inferiores les hurtaba el famoso “mi”. Esta
era una costumbre arraigada entre los funcionarios antiguos que los más nuevos
y jóvenes no utilizábamos. A ningún mando le poníamos el “mi” puesto que
nosotros no éramos militares.
Apenas
veintidós años y fui allí enviado, al Palacio de Buenavista, en Cibeles, para
sustituir a un jefe de negociado a punto de jubilarse y con el tiempo justo
para enseñarme en que consistía su trabajo… Y allí conocí a Soler. El día de mi
llegada se presentó a sí mismo, con esa gorrilla a cuadros, característica suya,
que se quitaba cada vez que entraba en un sitio cerrado, descubriendo su cabeza un tanto libre
de cualquier atisbo de cabello. A las mujeres además, según comprobé después,
hacia un ademán de besarles la mano. Muestra, entonces, de una vasta educación
Se
quitaba la gorra con un movimiento protocolario y se la colocaba debajo del
brazo, como si se tratase de la gorra de plato de un general. Era con el que más
se trataba Soler: con el Teniente General. Éste era además un mando especial
pues tenía la medalla al mérito individual que era una condecoración de guerra
excepcional y una de las más preciadas, sino la que más. Debía, por su
colección de medallas, haber participado en serias batallas que mejor no
recordar.
Soler
le trataba con cierto desparpajo, como si se conociesen de antes. No era
así. Es que él se dedicaba a trabajos
especiales muy relacionados con la jefatura y los mandos. Paraba poco en su despacho. Siempre estaba moviéndose de un lado para otro, haciendo gestiones
oficiales y encargos delicados, entre generales de uno y otros ejércitos.
Cuando
se presentó ante mí con aquella voz, algo ronca, tan característica suya, mi atención se
centró totalmente en esa persona tan peculiar. Se sentó con naturalidad, tras
quitarse la gorra, y tras darme la bienvenida con un apretón de mano
ceremonioso, empezó a examinarme sobre mi preparación, mi aptitud, mi origen y
procedencia. Su conversación un tanto especial discurría con mucha fluidez y estaba
plagada de anécdotas y recuerdos. Me di cuenta que se podía escribir algún
libro de su vida e historias.
No
se había casado y vivía la noche madrileña entre Chicote y bares de postín. Me
consta que adornaba sus historias para hacerlas más interesantes. Simplemente
su caminar por un lugar de Madrid, por ejemplo entre el Ministerio del
Ejército, donde estábamos, y el de Marina un poco más allá, lo enriquecía para
que su paseo pareciese algo verdaderamente original e interesante. Lo novelaba
y lo detallaba todo, incluso las personas o turistas con los que se encontraba.
A cada cosa le sacaba su punto y su punta y de todo ello se desprendía una
chispa especial.
Era
muy amigo de mi compañero de despacho y de la mecanógrafa que trabajaba con
nosotros. En la Administración militar había algunas funcionarias, todas
mujeres, que sólo se dedicaban a la mecanografía. Aquello me costó aceptarlo,
pues dictar los escritos y las notas oficiales a otra persona, en vez de
escribir yo mismo, era algo que me resultaba muy extraño. Únicamente la
amabilidad y el buen hacer de Eugenia, ese era su nombre, me hicieron superar
una situación un tanto rara. Soler me bromeaba sobre aquello cuando se dio
cuenta de que era para mi embarazoso. Y me decía que el hecho de tener
mecanógrafa elevaba mi categoría, aunque corriese el riesgo de perder practica
en el manejo de la maquina… y no digamos lo que ocurriría con mi taquigrafía.
Su
amistad con mi compañero y pronto amigo, Constantino, les hacía recordar viejas
y no tan viejas historias, como aquellas de la funcionaria que le mandaban el
sueldo mensualmente a su casa. Se lo llevaba Soler, porque eran compañeros de
promoción y "amigos" y luego volvía imitándonos su teatro al recibir los
emolumentos, que aunque difícil de creer, era todo cierto como la vida misma. Aquella funcionaria tardaba
en abrirle la puerta cuando llegaba, pues se cambiaba de ropa, se ponía un
camisón sucio y ajado para dar lastima y aparecía, como si estuviese muy
enferma, con un gorrito y una bolsa de hielo en la cabeza, quejándose y lloriqueando… Y todo ello nos lo narraba e imitaba muy bien
Soler, entre el regocijo de los presentes.
Con
tal de que esta señora no viniese por el trabajo, pues lo paralizaba todo con
su aspecto, disfrazada cada vez de un personaje distinto y fingiendo desmayos
continuos, convirtiendo aquello en un circo, el Teniente General tomó la determinación
de que era más rentable que se quedase en su casa. Y allí se le mandaba, cada
mes, el sobre con el dinero en metálico de su sueldo… Algo que hoy sería impensable
y motivo de un gran escándalo, como es lógico.
Un
día Soler y Constantino decidieron invitarme a visitar Segovia –yo no lo
conocía todavía- y comer allí el famoso cochinillo. Planificaron el viaje para un
sábado de comienzos de primavera y me dejé llevar hasta esa bonita ciudad con
cierto entusiasmo, pues los dos me caían muy bien y con Soler tendría
garantizado el humor y las risas. Aparte de eso y por ser joven, me llevaban
costeado y encima me trataban, los dos, como si de un hijo suyo se
tratase.
El
coche de Soler era un seiscientos verde, de cuatro puertas, nuevo pero bien
cuidado, aunque ya un poco sobrepasado por otros coches de gama más alta y
mayor potencia. Subir la cuesta de las Perdices o el puerto de Navacerrada en aquel
seiscientos era todo un hito. Entonces no había autovías –solo un trozo al
comienzo de la carretera de la Coruña- y eran carreteras generales o de montaña
las que teníamos que pasar para llegar a nuestro destino.
Él
no era precisamente un gran conductor, aunque toda su vida había manejado el
auto, y su despiste además provocaba que durante el viaje nos tocasen el claxon
varias veces. A lo que Soler contestaba con el mismo sonido, y convencido e impasible
comentaba: “ese me conoce de algo… pero yo no lo recuerdo…” Las risas de
Constantino y mi semblante le hacían reafirmarse: “es verdad… me suena mucho su
cara…pero no caigo” y así una y otra vez, durante el trayecto.
En
Segovia pasamos un gran día. Recorrimos la ciudad y su acueducto, visitamos el Alcázar y en
cada lugar o rincón nos contaba un sucedido o una historia diferente y no por
ello menos divertida.
A
la hora de la comida, cuando íbamos a casa de Cándido, famoso por su
especial cochinillo, él supo buscar la excusa perfecta para llevarnos a otro
sitio menos conocido, donde era mejor el precio y según nos decía, también el
producto. Y sin duda lo sería. Pero lo gracioso era escuchar sus argumentos
para no ir a casa de Cándido contando
una hilarante historia sobre un cochinillo que no estaba suficientemente asado
y pareciese que iba a salir corriendo por la mesa…
Entre
risas y curiosidad pasamos aquel día inolvidable con Soler. Un tipo bajito, sin
pelo, con los ojos saltones, con su voz tan rasgada, que se tuteaba con el Teniente General y que
además tenía una habilidad especial para quitarse la gorra ceremoniosamente y
nunca se reía de sus propias historias que contaba todo serio, ampuloso y con
autoridad. Historias que cuando no quería terminar las dejaba a medio con un
leve pero prolongado carraspeo… y sin conocer el final, para que cada uno nos lo imaginásemos a
nuestra manera.
A
la vuelta de la ciudad castellana nos volvieron a pitar varias veces y él
seguía respondiendo con otra pitada, sin saber muy bien de que conocía a
aquellos que lo hacían. Nunca se le ocurrió reconocer que a veces “estorbaba”
literalmente con su seiscientos y su forma de conducir poco apresurada y un
tanto despistada. Claro que entonces el tráfico era muy distinto, creo que
hasta las personas, y los coches y las carreteras también. En realidad parecían hechas para tipos como
Soler. Un gran tipo.



























