jueves, 25 de julio de 2019

Soler: un gran tipo.


No sé el motivo muy bien, pero me ha venido a la cabeza un tipo de los que creo que ya no existen. Una persona o mejor un personaje un tanto especial.
            Soler era alguien de altura en su trabajo. Y digo lo de altura porque su labor como funcionario solo la desempeñaba entre los altos cargos. De coronel para arriba. No por su estatura que era todo lo contrario. Aquello era el Ministerio del Ejército en los años setenta, unos meses después de la muerte del dictador, a donde llegué, en mi primer destino, tras superar el periodo de prácticas que completaba el proceso selectivo como funcionario de la Administración Militar.
            De teniente coronel para arriba, Soler se dirigía a los mandos con un “mi” delante, aunque con mucha confianza. De capitán para abajo eliminaba el “mi”, pues aún siendo funcionario civil, decía que su categoría era como la de un comandante y que por tanto a los inferiores les hurtaba el famoso “mi”. Esta era una costumbre arraigada entre los funcionarios antiguos que los más nuevos y jóvenes no utilizábamos. A ningún mando le poníamos el “mi” puesto que nosotros no éramos militares.
            Apenas veintidós años y fui allí enviado, al Palacio de Buenavista, en Cibeles, para sustituir a un jefe de negociado a punto de jubilarse y con el tiempo justo para enseñarme en que consistía su trabajo… Y allí conocí a Soler. El día de mi llegada se presentó a sí mismo, con esa gorrilla a cuadros, característica suya, que se quitaba cada vez que entraba en un sitio cerrado, descubriendo su cabeza un tanto libre de cualquier atisbo de cabello. A las mujeres además, según comprobé después, hacia un ademán de besarles la mano. Muestra, entonces, de una vasta educación
            Se quitaba la gorra con un movimiento protocolario y se la colocaba debajo del brazo, como si se tratase de la gorra de plato de un general. Era con el que más se trataba Soler: con el Teniente General. Éste era además un mando especial pues tenía la medalla al mérito individual que era una condecoración de guerra excepcional y una de las más preciadas, sino la que más. Debía, por su colección de medallas, haber participado en serias batallas que mejor no recordar.  
            Soler le trataba con cierto desparpajo, como si se conociesen de antes. No era así.  Es que él se dedicaba a trabajos especiales muy relacionados con la jefatura y los mandos. Paraba poco en su despacho. Siempre estaba moviéndose de un lado para otro, haciendo gestiones oficiales y encargos delicados, entre generales de uno y otros ejércitos.
            Cuando se presentó ante mí con aquella voz, algo ronca, tan característica suya, mi atención se centró totalmente en esa persona tan peculiar. Se sentó con naturalidad, tras quitarse la gorra, y tras darme la bienvenida con un apretón de mano ceremonioso, empezó a examinarme sobre mi preparación, mi aptitud, mi origen y procedencia. Su conversación un tanto especial discurría con mucha fluidez y estaba plagada de anécdotas y recuerdos. Me di cuenta que se podía escribir algún libro de su vida e historias.
            No se había casado y vivía la noche madrileña entre Chicote y bares de postín. Me consta que adornaba sus historias para hacerlas más interesantes. Simplemente su caminar por un lugar de Madrid, por ejemplo entre el Ministerio del Ejército, donde estábamos, y el de Marina un poco más allá, lo enriquecía para que su paseo pareciese algo verdaderamente original e interesante. Lo novelaba y lo detallaba todo, incluso las personas o turistas con los que se encontraba. A cada cosa le sacaba su punto y su punta y de todo ello se desprendía una chispa especial.
            Era muy amigo de mi compañero de despacho y de la mecanógrafa que trabajaba con nosotros. En la Administración militar había algunas funcionarias, todas mujeres, que sólo se dedicaban a la mecanografía. Aquello me costó aceptarlo, pues dictar los escritos y las notas oficiales a otra persona, en vez de escribir yo mismo, era algo que me resultaba muy extraño. Únicamente la amabilidad y el buen hacer de Eugenia, ese era su nombre, me hicieron superar una situación un tanto rara. Soler me bromeaba sobre aquello cuando se dio cuenta de que era para mi embarazoso. Y me decía que el hecho de tener mecanógrafa elevaba mi categoría, aunque corriese el riesgo de perder practica en el manejo de la maquina… y no digamos lo que ocurriría con mi taquigrafía.
            Su amistad con mi compañero y pronto amigo, Constantino, les hacía recordar viejas y no tan viejas historias, como aquellas de la funcionaria que le mandaban el sueldo mensualmente a su casa. Se lo llevaba Soler, porque eran compañeros de promoción y "amigos" y luego volvía imitándonos su teatro al recibir los emolumentos, que aunque difícil de creer, era todo cierto como la vida misma. Aquella funcionaria tardaba en abrirle la puerta cuando llegaba, pues se cambiaba de ropa, se ponía un camisón sucio y ajado para dar lastima y aparecía, como si estuviese muy enferma, con un gorrito y una bolsa de hielo en la cabeza, quejándose y lloriqueando…  Y todo ello nos lo narraba e imitaba muy bien Soler, entre el regocijo de los presentes.
            Con tal de que esta señora no viniese por el trabajo, pues lo paralizaba todo con su aspecto, disfrazada cada vez de un personaje distinto y fingiendo desmayos continuos, convirtiendo aquello en un circo, el Teniente General tomó la determinación de que era más rentable que se quedase en su casa. Y allí se le mandaba, cada mes, el sobre con el dinero en metálico de su sueldo… Algo que hoy sería impensable y motivo de un gran escándalo, como es lógico.
            Un día Soler y Constantino decidieron invitarme a visitar Segovia –yo no lo conocía todavía- y comer allí el famoso cochinillo. Planificaron el viaje para un sábado de comienzos de primavera y me dejé llevar hasta esa bonita ciudad con cierto entusiasmo, pues los dos me caían muy bien y con Soler tendría garantizado el humor y las risas. Aparte de eso y por ser joven, me llevaban costeado y encima me trataban, los dos, como si de un hijo suyo se tratase.
            El coche de Soler era un seiscientos verde, de cuatro puertas, nuevo pero bien cuidado, aunque ya un poco sobrepasado por otros coches de gama más alta y mayor potencia. Subir la cuesta de las Perdices o el puerto de Navacerrada en aquel seiscientos era todo un hito. Entonces no había autovías –solo un trozo al comienzo de la carretera de la Coruña- y eran carreteras generales o de montaña las que teníamos que pasar para llegar a nuestro destino.
            Él no era precisamente un gran conductor, aunque toda su vida había manejado el auto, y su despiste además provocaba que durante el viaje nos tocasen el claxon varias veces. A lo que Soler contestaba con el mismo sonido, y convencido e impasible comentaba: “ese me conoce de algo… pero yo no lo recuerdo…” Las risas de Constantino y mi semblante le hacían reafirmarse: “es verdad… me suena mucho su cara…pero no caigo” y así una y otra vez, durante el trayecto.
            En Segovia pasamos un gran día. Recorrimos la ciudad y su acueducto, visitamos el Alcázar y en cada lugar o rincón nos contaba un sucedido o una historia diferente y no por ello menos divertida.
            A la hora de la comida, cuando íbamos a casa de Cándido, famoso por su especial cochinillo, él supo buscar la excusa perfecta para llevarnos a otro sitio menos conocido, donde era mejor el precio y según nos decía, también el producto. Y sin duda lo sería. Pero lo gracioso era escuchar sus argumentos para no ir  a casa de Cándido contando una hilarante historia sobre un cochinillo que no estaba suficientemente asado y pareciese que iba a salir corriendo por la mesa…
            Entre risas y curiosidad pasamos aquel día inolvidable con Soler. Un tipo bajito, sin pelo, con los ojos saltones, con su voz tan rasgada, que se tuteaba con el Teniente General y que además tenía una habilidad especial para quitarse la gorra ceremoniosamente y nunca se reía de sus propias historias que contaba todo serio, ampuloso y con autoridad. Historias que cuando no quería terminar las dejaba a medio con un leve pero prolongado carraspeo… y sin conocer el final, para que cada uno nos lo imaginásemos a nuestra manera.
            A la vuelta de la ciudad castellana nos volvieron a pitar varias veces y él seguía respondiendo con otra pitada, sin saber muy bien de que conocía a aquellos que lo hacían. Nunca se le ocurrió reconocer que a veces “estorbaba” literalmente con su seiscientos y su forma de conducir poco apresurada y un tanto despistada. Claro que entonces el tráfico era muy distinto, creo que hasta las personas, y los coches y las carreteras también.  En realidad parecían hechas para tipos como Soler. Un gran tipo.

           

lunes, 17 de junio de 2019

La primera comunión


En estos días atrás ha sido, de nuevo, el tiempo de las primeras comuniones. Todavía queda el último acto al que los nuevos comulgantes asistirán con sus mejores galas: el día del Corpus.
            Nada que ver las primeras comuniones de antes a las de ahora. Actualmente las bodas, las comuniones y los bautizos se diferencian poco, en cuanto a boato. Sobre todo las dos primeras. En muy pocos casos se utiliza ya la sencilla túnica que a todas y todos igualaba y se ha vuelto a los trajes tan peripuestos que se utilizaban también hace muchos años. Los que podían claro…
            Las comuniones en algunos momentos fueron, como tantas cosas y por desgracia, un ejemplo de desigualdad. No todo el mundo podía pagar esos caros trajes y en los pueblos se notaba mucho. Algunas familias lo pasaban regular para hacer frente a una comunión digamos “normal”. En Castellar, en las chicas, casi todas iban parecidas con aquellos vestidos pomposos de color blanco o marfil. En los niños había trajes más o menos llamativos, otros de marinerito, elegantes pero discretos, y otros mucho más sencillos. Los zapatos eran especiales y generalmente blancos. También los había, trajes y zapatos, heredados y prestados… Esto, lo del prestado, ayudaba a muchas familias.
Los complementos para la ceremonia eran importantes, pues además del libro de misa y el rosario, indispensables, figuraba también un lazo de adorno, con bordados dorados relativos al sacramento por recibir, en uno de los brazos. En mi caso, el libro y el rosario me los regaló mi madrina, Nati, una de las hijas de Bienvenido, el de la tienda, y de Marina, con cuya familia manteníamos una estrecha relación.
            Como banquete no había tal y sólo los que podían hacían una merienda con chocolate, dulces y algún bizcocho, de Concha la dulcera, que a veces era un regalo de alguien querido, invitando a la familia más próxima y a los amigos más íntimos. Ese fue mi caso. Luego se fue pasando a una comida un tanto especial en la casa familiar y de la comida a las celebraciones de ahora en restaurantes, cada vez más parecidas a la celebración de una boda.
            En unas determinadas épocas los padres acompañaban a los hijos en el sacramento de la comunión y en otras los niños comulgan independientemente de que lo hagan o no los padres o acompañantes y desde luego no a la vez que ellos. Recuerdo que en ese día, sin duda muy importante para mí y para los que nos consideramos cristianos, me acompañaron mi madre y mi tía Martina, situadas a uno y otro lado de mi entonces frágil figura.
            Era una etapa de nuestras vidas aquella en la que eran frecuentes los “mareos”, así llamábamos a las lipotimias, en esas ceremonias en las iglesias, con olor a velas e incienso. Alguien, ante mi curiosidad por tal cuestión, me explicó que era debido a que quizás la alimentación no era todo lo adecuada o abundante que el organismo requería, en quienes sufrían esas indisposiciones.
            Mi primera comunión, respecto a oraciones y enseñanzas del catecismo, fue todavía preconciliar -antes de la entrada en vigor del Concilio aperturista del Vaticano II- en el año 1961. Tuve una catequista callada y tímida, Tere, pero agradable y eficiente como pocas en su labor. El párroco del pueblo era D. Antonio Sánchez Romero, mucho más abierto de lo que pudiese parecer en algunas cuestiones. Hombre culto e inteligente y que daba la importancia precisa a determinados aspectos y de alguna manera nos hizo más fácil, a todas y todos, nuestra primera confesión y comunión.
No había regalos, al contrario que hoy, excepto los que he comentado, y a pesar de eso las niñas y niños teníamos la sensación de que aquello era un día y una ceremonia un tanto especiales. Algo que siempre recordarímos, por unos u otros motivos.
            Hasta hace alguna década, prácticamente todas las niñas y niños hacían la comunión. Ahora los padres, y en alguna medida los hijos, a pesar de su corta edad, tienen la libertad y la elección de seguir o no el camino de la religión. Al menos hasta que tengan un juicio mejor formado.
            Pronto, en el Corpus irán acompañando al Santísimo Sacramento, con toda la solemnidad de ese día importante, en su peregrinar por las calles y plazas de pueblos y ciudades. Alguno, después, seguirán creyendo… otros y otras, poco a poco irán alejándose de esas creencias y esos valores en los que se iniciaron. No por eso serán mejores ni peores unos y otros. Habrá de todo, como una sociedad diversa y plural que somos. Pero ahí quedan, cuando menos, las vivencias, un cierto aprendizaje en valores y los recuerdos que pueden y deben ser bonitos. Los míos, por suerte, lo son.
           

           


jueves, 25 de abril de 2019

La tarjeta y mi letra.



El otro día tuve que escribir, a mano y con bolígrafo, una tarjeta para enviar un regalo a una persona amiga, apreciada y cercana. Se trataba, además de la dedicatoria, de explicar un poco la elaboración del aceite “temprano” de Castellar –de eso se trataba el presente-  y de agradecer su profesionalidad, dedicación y afecto en mí reciente operación ocular.
            El problema surgió cuando comprobé que mi letra, que nunca ha sido tan maravillosa como la de mi hermano, por ejemplo, dejaba mucho que desear… y había dado una mala vuelta desde que estoy jubilado y apenas escribo así. Antes ya lo hacía poco, pero ahora es prácticamente nada. Y mi tipo de letra tampoco era antes tan malo. Tuve que repetir el texto en otra tarjeta y con letra mayúscula que resultaba bastante más ordenada e inteligible.
Desde que comenzaron los ordenadores con los procesadores de textos, los móviles después y el enjambre de redes actual, nos hemos acostumbrado a escribir de esa forma… y además con limitaciones de caracteres, con abreviaturas, sin signos de puntuación y por si fuese poco sustituyendo la escritura con emoticonos –“combinación de signos presentes en el teclado de la computadora u ordenador, con la que se expresa gráficamente un estado de ánimo”- y GIF,  Graphics Interchange Format o lo que es lo mismo pero traducido: formato de gráficos intercambiables.
            La verdad es que me resultó fastidioso, no por escribir, sino por recordar que ya apenas se escribe a mano… y de alguna manera estamos perdiendo una de nuestras propias señas de identidad.
Todo comenzó cuando dejamos de escribir cartas y tarjetas de felicitación. Se utilizaba la máquina de escribir, pero se consideraba poco íntimo y distante enviar una carta o tarjeta escrita a “maquina” como lo llamábamos antes de los ordenadores. La maquina de escribir sólo se utilizaba para cuestiones formales, oficiales o comerciales, pero no para enviar una carta a alguien de la familia o a un amigo. Se llegaba a pensar que era de mala educación. Escribíamos a mano.
Ya no llegan cartas personales, ni tarjetas de Navidad, ni postales… Esa atractiva ilusión, incluso emoción, de recibir la tarjeta postal de un familiar o la carta de un amigo, la hemos sustituido por mensaje de WhatsApp… o de cualquier otra de las redes de comunicación personal que tenemos en los móviles. Como mucho, y ya nos cuesta, intercambiamos alguna llamada de teléfono que otra.
Una parte nuestra, sin duda, se está muriendo: la de la comunicación escrita con el lápiz y el papel. Cualquier día de estos comenzaré a escribir mi tarjeta, para acompañar mi regalo de aceite jaenero y castellariego, y observaré que ni encuentro algo con que escribir y las letras apenas las consigo plasmar o hacer legibles en esa tarjeta de “pintores con el pié”, ya un tanto añeja de dormir olvidada en el cajón de las cosas antiguas y de poco uso... como la escritura a mano.


           

domingo, 14 de abril de 2019

De aquellas semanas santas de Castellar


No, no eran semanas santas de playa y sierra, apenas lo eran de turismo urbano. No eran días de grandes desplazamientos, aquellos en los años cincuenta o sesenta del siglo pasado, sino que se vivían en el entorno más cercano. Aquellos días de marzo o abril transcurrían de forma muy distinta.
Eran años de Bula en Cuaresma cuando esta se representaba como una mujer de semblante severo y mayor, con siete pies (por las siete semanas que abarca), con una cesta de pescados y verduras y un bacalao salado en la mano. El ayuno y la abstinencia los viernes de Cuaresma se podía así soslayar obteniendo un documento –Bula- que se pagaba más o menos generosamente, según posibilidades, al párroco del pueblo.
      Eran muy pocos y privilegiados los que se desplazaban en Semana Santa, o los que hacían algún tipo de turismo que en todo caso tenía un fuerte componente religioso o de representaciones evangélicas en esos días. Jueves Santo, hasta no hace mucho, era laborable hasta el medio día. Y es que en realidad las vacaciones de una semana o diez días solo eran para escolares y estudiantes.
            Y en esas estaba quien esto escribe, en un pueblecito donde todavía había casas sin luz eléctrica, donde el agua corriente no llegaba a todos los domicilios y donde parte de sus calles periféricas eran de tierra –barro en invierno- y como mucho empedradas de aquella manera.
           Al llegar la Semana Santa, todo estaba muy descrito. Días de potajes, bacalao y verduras… y todo ello quienes lo tuviesen. Pero se endulzaba, también quienes podían, con los roscos y dulces típicos de Semana Santa que desde días antes se preparaban en casa y se llevaban al horno en unas bandejas de lata –las latas de los dulces- preparadas para ese cometido. Era la parte más lúdica de esos días. Pero había otras que también veremos.
         En los días previos y desde el Viernes de Dolores se cumplía con el precepto pascual de confesar y comulgar, al menos una vez al año. Para eso se formaban colas en los confesionarios y circulaba cierta inquietud en aquellos menos propicios a ese cumplimiento obligado. Entonces, como ahora, aunque en distinta proporción había quienes eran creyentes, quienes lo eran a medias y quienes no lo eran. Estos últimos lo tenían peor, sin duda, aunque generalmente se hacía la vista gorda y se camuflaban entre las festividades de aquellos días.
           Las procesiones eran distintas, al menos en mi pueblo. Sencillamente eran más pobres y menos lucidas, comparándolas con las de ahora. Apenas iban adornadas con flores y la austeridad se traslucía en los pasos e imágenes. Todo era bastante más improvisado y espontáneo y solo las notas de la música religiosa de la banda municipal ponían una nota de color y armonía en el aire castellariego… aunque fuesen marchas de Semana Santa.


          Había, como anunciábamos, también otras actividades lúdicas, casi clandestinas, que consistían en juegos de azar –siempre el juego- como las cartas, las “chapas” o el menos conocido fuera y no por eso menos importante del Lito, reclamado por algunos como juego autóctono de Castellar, aunque la verdad es que existe de manera muy parecida en algunos otros pueblos, en los que se le conoce como el “Chito” también, aparte de otras varias acepciones. Estos juegos se practicaban en las afueras del pueblo –en las eras, entre otros lugares- y preferentemente al amanecer y en la mañana del Viernes Santo. Ni que decir tiene que su aliciente era la apuesta y el dinero de por medio.
 El Lito consistía en la colocación de una pieza de madera cilíndrica – que da nombre al juego- en el suelo, de pie, a la que se le colocaban monedas encima y se lanzaba un disco metálico  -mueca- con el fin de derribarlo. Según como quedasen los discos colocados con respecto al Lito se ganaba o se perdía. No obstante había alguna variante.
            Los adolescentes y jóvenes no sé muy bien el motivo, aprovechábamos estos días para fumar a escondidas con la complicidad que da el campo y las zonas rurales. Era como si mayores y jóvenes quisiésemos llevar la contraría a tanta norma de buena conducta aparente impuesta obligatoriamente esos días.
         Otra costumbre muy curiosa que hemos escuchado de nuestro tío Fernando, pero que desconocíamos, era la de llevar las burras y los burros a las eras, para la monta. Esto se hacía, parece ser, en Jueves Santo… sin que sepamos el motivo de la elección de la fecha. Seguramente por el descanso obligado en esos días.
            Todas estas actividades se hacían, aparte de cómo costumbres heredadas, como alternativas al cierre de los bares el Jueves y Viernes Santo, y que paulatinamente se fue reduciendo solo al Viernes Santo, aunque siempre existió la picaresca que algunos practicaron de apagar las luces y cerrar las puertas cuando pasaban las procesiones, pero mantenerlo entreabierto el resto del día. Eso sí, siempre con cierto cuidado.
            Parecido era lo que solía ocurrir con el Casino –llamado de distintas formas a lo largo de su historia- y en el que a veces de forma un tanto reservada se jugaba discretamente en esos días festivos y de penitencia.
        Los dulces caseros, los churros de Carmen o Juana y el anís, en sus diferentes marcas tradicionales, junto con el bacalao en sus más diversas formas constituían la base gastronómica en esa santa semana.

                               

- Las fotos en blanco y negro proceden del libro  referido a Castellar, "150 años de Historia" de Antonio Robledo.

sábado, 30 de marzo de 2019

Aquellos futbolines de Castellar y los recreativos de Madrid.



Por edad llegué un poco justo a los futbolines de Clemente en Castellar. Lo suficiente para recordarlos, aunque mis aficiones eran más de cine, lectura y conversación que de futbolín… Siempre he sido un poco patoso para estas habilidades.
            Lo cierto es que aquel recinto al lado del Ayuntamiento, en la plaza, regentado por Clemente, gran e histórico portero de fútbol local, era un lugar a donde acudían, acudíamos, especialmente en las tardes de invierno, casi toda la muchachería masculina del pueblo… y también algunos más mayores para alguna que otra partida clandestina de cartas. El local no tenía demasiada luz, como casi todo en aquellos años, aminorada además por el humo del tabaco. En estos tiempos aquella instalación nos parecería que tendría un ambiente algo sórdido, sin embargo entonces estaba en toda su salsa.
            Los futbolines, como los llamábamos en Castellar, o los recreativos o los salones de juegos como los denominábamos en Madrid, cumplieron sin duda una importante labor de cara a la juventud, respecto a las horas de ocio y diversión que a veces eran difíciles de cubrir, no teniendo muchas más alternativas que los bares, aunque eso sí, siempre nos quedaba el cine, los cines en nuestro caso, que tanto nos apasionaban a muchos.
Se conocían aquellos lugares por un ambiente bullicioso, un tanto juvenil, y la “atmósfera” especial que dentro se respiraba. Muchos adolescentes que iban a esos recintos, aprovechaban para fumar sus primeros cigarrillos. Normalmente se entraba a partir de los dieciséis pero también nos colábamos, con el disimulo de los que los regentaban, otros menores.
            En todo caso siempre era, como mínimo, un complemento en nuestras vidas, divertido y ameno, aparte de despertar otras habilidades y destrezas. En aquella época era una de las más importantes diversiones, incluso en las ciudades, y por eso cuando llegué a Madrid, todavía existían gran numero de establecimientos que disponían de futbolines, billares y mesas de ping-pong… De ahí el nombre de “billares” que también se le daba en la capital. El billar lo practiqué muy poco, algo más el futbolín y sobre todo el ping-pong.
            Eran varias horas las que pasábamos en los recreativos o billares madrileños.  Algunos tenían buenas instalaciones y salones importantes, incluso con dos plantas ocupadas. Recuerdo los que había cercanos a la Puerta del Sol, especialmente un par de ellos por la zona de Espoz y Mina o la calle de la Cruz. También recuerdo otro importante por Carabanchel, en Oporto, pues tenía un amigo, de Madrid, que vivía por esa zona y a veces quedábamos allí. Ni que decir tiene que existían muchos más. Ahora sería difícil encontrar un establecimiento de estas mismas características en la capital y seguramente no lo habrá.
            Y es que en los años setenta comenzaron a llegar las maquinas recreativas, desde las de discos, en los bares, hasta las flipper o pimball que luego fueron evolucionando a otras más modernas. Ni que decir tiene que estas maquinas se empezaron a instalar en esos salones y fueron, al comienzo, un complemento. Poco a poco aumentaron su número hasta convertirse en una de las primeras atracciones de esos centros de reunión. En los años ochenta las maquinas evolucionaron de forma aún más sofisticada.
            En Castellar aquellos futbolines se cerraron, aunque fueron sustituidos, durante unos años, por las magnificas instalaciones recreativas del Club Parroquial, y las maquinas de juegos se fueron instalando con bastante éxito en los bares. Podemos recordar las primeras de ellas en el Mesón, mítico bar que hizo historia, como centro también de reunión de jóvenes y no tan jóvenes.
            Centros de ocio y diversión, en fin, en aquellos años en pueblos y ciudades; lugares que hoy han desaparecido prácticamente y que sin duda han dejado un cierto vacío en tantas horas donde los jóvenes encontrábamos un lugar de encuentro, de conversación, de juegos y diversión, muy distinto a los ordenadores, móviles, maquinas de juegos personales, etcétera, de ahora.
           

sábado, 2 de marzo de 2019

¡Qué torpe… qué torpe… que no me conoces…!


  
El carnaval siempre fue para mí una fiesta importante en nuestro pueblo, pero a la vez me causaba cierto temor en su forma tradicional. Hemos de tener en cuenta que nuestro carnaval se asemejaba al de la Mancha y por lo tanto no nos disfrazábamos solamente, sino que íbamos con máscara y totalmente tapados. Nuestra cercanía con esa tierra hace que algunas de nuestras costumbres o de nuestra gastronomía sean compartidas, aunque luego cada pueblo le dé un toque particular que de alguna manera lo hace distinto.
En el carnaval sucedía así. El hecho de disfrazarnos con la cara completamente tapada, modificando la voz, con ese sonsonete agudo tan característico, nos hacia acercarnos a esas costumbres manchegas aunque luego, como digo, lo transformábamos en algo que lo hacia diferente y original.
La cara tapada imponía mucho. De niño me asustaba, según la manera en que la persona disfrazada se acercaba o se dirigía a mí o a nosotros. El “juego” también consistía en averiguar o no la identidad de la máscara, que habría de procurarse no desvelar públicamente. Si lo acertabas se comentaba en privado, al interesado o interesada, pero no se debía difundir, aunque luego esa “regla” se rompía, a veces, y entre amigos o amigas se comentaba.
Las máscaras, así las llamábamos, solían ir en grupo si bien había alguna solitaria que era casi siempre la que más respeto o miedo, incluso, provocaba.
El desfile era anárquico e improvisado y calles importantes como San Benito, Mendo Benavides, la calle de la Villa, la Glorieta, etcétera, eran la sede de este espectáculo, en los años cincuenta y sesenta, que si bien estaba prohibido por la dictadura franquista no era óbice para que Castellar se llenase de máscaras, con la mirada distraída de la Guardia Civil que pasaba por alto tal muestra carnavalesca, y no intervenía salvo que se produjese algún incidente que pocas veces ocurría.
En la infancia, me “refugiaba” –así lo veía yo- con mi madre en casa de la familia de Crisóstomo, familia amiga, en la calle de la Villa. Allí con Lola, centenaria que todavía vive y a la que guardo gran cariño, con Consola, a veces Paquita y Josefa, cuando no estaban fuera, veíamos pasar por el balconcillo de la planta baja a las máscaras que se paraban con nosotros, a veces en la puerta o incluso en ocasiones entraban en la casa.
Algunas mostraban acritud hacía determinado asunto o personas, o se permitían llevar algún rótulo colgado o bien manifestaban, con esa voz distorsionada, un comentario o alguna crítica o descontento durante esos días, que generalmente comenzaba el domingo de carnaval continuaba el lunes y martes de carnaval, el miércoles de ceniza y saltaba como último día al domingo de piñata, que sería el siguiente domingo y primero de la cuaresma. Los sábados en aquellos años se consideraban un día más de la semana.
Apenas con once años comencé a disfrazarme con la familia Soto, en su casa, familia muy querida para mí, y en la que Paco y  Fernando, eran mis amigos de entonces. Durante unos años mantuvimos el “mascareo” hasta que a finales de los sesenta y principios de los setenta comenzó a desaparecer de nuestras calles de forma inexplicable para mí, todavía hoy. Quizás promovido por algún cambio de alcalde al que no le debía gustar demasiado esta muestra despendolada de las máscaras castellariegas.
La frase “que torpe que torpe que no me conoces” todavía resuena en nuestros oídos… y a veces te turbaba si se añadía alguna cosa específica que de ti sabían y tú no conocías de quien se trataba. Un pequeño juego, como digo, que en ocasiones podía resultar un poco inquietante.
Un cepillo de la ropa y los polvos de talco solían completar el disfraz y la máscara. A veces el polvo de talco espolvoreado en la chaqueta del paseante que más que quitar extendían con el cepillo, podía provocar cierto malestar en según quien fuese el receptor y el alcance de la acción de la máscara.
Hoy ya es otro tipo de carnaval, con disfraces, casi siempre a cara descubierta aunque maquillada, y con un desfile a modo de cabalgata, organizado y preparado por el equipo de gobierno de turno y algunas asociaciones.
Nuestro carnaval pasó pues a la historia y ahora es totalmente distinto.

(Fotografía del carnaval de castellar de principios de los años sesenta, extraida del libro "150 años de historia. Castellar")



jueves, 7 de febrero de 2019

TRAS “LA ACEITUNA” LLEGABAN AL PUEBLO LOS ESPECTÁCULOS DE CANTAORES Y TEATRO.





Alrededor de estas fechas, cada año y hace muchos ya, a Castellar venían “los cantaores” como un espectáculo muy importante en el recinto de cine-teatro de D. Miguel Colomer. Se aprovechaba, de alguna manera, la bonanza de los jornales de la aceituna y el optimismo de los ingresos de la cosecha de aquellos que la tuviesen.
A veces también pasaba por Castellar y por ese recinto, alguna compañía de teatro, como la de nuestro paisano Julio Arroyo y su cuñado Manuel de Benito, actores reconocidos que intervinieron también en obras de televisión española en su día.
Todo ello se fraguaba gracias al enorme interés cultural de un hombre, D. Miguel Colomer Frigols, que con su magnifico espacio para cine y teatro nos facilitaba y nos acercaba, la cultura y el arte, en algunas de sus manifestaciones. Ni que decir tiene que siempre proyectaba películas de gran interés, a pesar de la censura de entonces y de todas las dificultades que había para el desarrollo de la cultura.
Castellar, aunque ahora parezca insólito, hubo veranos –en los años sesenta- en que llegó a tener abiertos a la vez cuatro cines: una sala cerrada, la de Colomer y un estupendo recinto de verano como era el de Ciriaco, el hijo de Dª María –Mariquita- que a su vez también disponía de otra sala cerrada. Además había dos cines más de verano, el de Colomer, algo más pequeño, pero coqueto y agradable al lado del corralón de Don Senén, y el cine Avenida, regentado por D. Francisco Sanjuán y D. José Muñoz Vicent, que durante unos años estuvo situado, con su pantalla panorámica, en buena parte de lo que hoy es el actual Parque de la Glorieta, al lado de las cocheras de la Viuda de don Lucas.
Pero toda esta historia venía a cuento por el gran acontecimiento que suponía, que en estos meses inmediatamente posteriores a la recolección de la aceituna, se ofrecieran en nuestro pueblo espectáculos como el de los cantaores de copla y flamenco y las representaciones de Julio Arroyo.
Por ese histórico escenario del cine-teatro de Miguel Colomer, desfilaron los mejores cantaores de nuestro país, desde la Niña la Puebla, hasta Pepe Marchena, pasando por Caracol o Juanito Valderrama y un número larguísimo de ellos que tardaríamos en nombrar.
El cine de Colomer es para muchos castellariegos y castellariegas un baúl enorme de recuerdos y, aparte de los personales, todos ellos son de un nivel cultural importante para un pueblo con los habitantes de Castellar. Esto era obra de su propietario y mentor, al que tuve la oportunidad de conocer y tratar,  durante los años del Club Juvenil, en los que a pesar de hacerle de alguna manera “la competencia”, lo llevaba con una exquisita educación e incluso nos ayudaba y colaboraba con nosotros en algunas cosas como la realización de obras de teatro o películas benéficas para causas que también lo eran.
En estos días en los que ya no irán los cantaores a mi pueblo y ni siquiera hay cine, si quiero tener un recuerdo para aquellos años, tan distintos a los de ahora, donde había mucha gente que estaban pasando bastantes necesidades básicas, pero en los que también teníamos hombres como Colomer que siempre tuvieron ese sentido y ese interés por la cultura y el arte, para transmitirlo con su cine, su teatro y sus espectáculos, a una población, que a pesar de las tremendas dificultades y carencias, nunca fue un pueblo triste y si interesado por la cultura en muchas de sus facetas.
La historia de la cultura y el arte en Castellar, a través de algunas de sus ramas, como éstas del cine, el teatro y el cante, nunca debería perderse y menos el recuerdo a hombres, como Miguel Colomer, que lucharon y defendieron, contra viento y marea, arriesgando a veces su propia economía, estos valores que hacían llegar una parte de la cultura a los vecinos y vecinas de nuestro pueblo  para que el ser humano progresara y fuese más libre cada día.

(Este enlace de Internet se corresponde con un artículo, sobre esta temática, publicado en la revista de las fiestas de hace bastantes años, cuando Antonio Robledo era alcalde, referido a nuestro pueblo y su historia:  http://www.amcastellar.org/adc/13cine_en_Castellar.html)

lunes, 28 de enero de 2019

En 1927 Castellar abrió su primer grifo de agua potable en el casco urbano.

(A mi padre, Alfonso "el del agua", que durante la mayor parte de su vida estuvo al cargo del abastecimiento de agua a su pueblo, Castellar)


 
 Era una fría y ventosa madrugada de marzo de 1927. Un grupo reducido de concejales habían quedado con el Alcalde D. Juan de Dios, para abrir el grifo de la primera fuente pública del pueblo, situada a su entrada, por la carretera que conducía directamente al lugar de “El Caño” y al Santuario de  Consolación. No se había avisado a nadie más. El noventa por ciento de la población de Castellar se había opuesto al proyecto de subida de agua potable al pueblo. No fue fácil y la licitación de las obras tuvo que solventar varios problemas. Hay que tener en cuenta que en aquellos años, aquel proyecto parecía una autentica locura para la gente del pueblo llano e incluso para muchos con estudios, llegando a crear gran malestar por considerarlo como algo inútil.
            Tres años antes, en 1924, cuando Castellar contaba con casi seis mil habitantes, una corporación municipal dispuesta a implantar y modernizar servicios básicos del pueblo, había aprobado la redacción de un proyecto, que se comenzó en 1925, y la petición de una subvención para el abastecimiento de aguas a nuestro pueblo. Había sido idea de aquel alcalde, de profesión ingeniero, y prácticamente todos los concejales acogieron la idea con entusiasmo y muchas expectativas, al contrario que la mayoría del pueblo. Expectativas que no se verían defraudadas.
            El proyecto consistía en tejer una red de pozos artesanos, que terminaban irremediablemente en un pozo maestro, construido en el camino de Consolación y desde allí bajaba el agua, unos ochocientos metros de forma natural, por una galería de piedra desde ese lugar hasta un deposito colector, situado en el Caño, con una cota bastante más baja, donde ya existía una fuente natural.
          Anexionada a ese depósito se construyó una caseta elevadora de agua, con varias bombas hidráulicas, alimentadas por energía eléctrica, que podían funcionar por separado o conjuntamente. Desde allí se elevaba el agua hasta el depósito de distribución situado en la parte más alta del pueblo, en las eras del Perregular, a unos setecientos metros de la estación elevadora. Desde ese depósito el agua llegaría al pueblo, por tuberías instaladas para ese propósito, hasta una primera fuente situada a unos doscientos metros aproximadamente del depósito.
            Lo que se hizo aquella madrugada de marzo fue abrir esa fuente y cuando todos se convenciesen de que aquello funcionaba correctamente, el pueblo quedaría entusiasmado y se comenzarían los trabajos de instalación de la red de distribución de agua por todo el casco urbano. Antes se irían ampliando el número de fuentes públicas para hacer llegar el agua hasta los lugares más diversos del pueblo.
            Cuando D, Juan de Dios procedió a girar la llave de aquel primer grifo de latón, el agua comenzó a asomar lentamente, gota a gota, hasta que el chorro se hizo más fluido y constante. La euforia y alegría apenas se pudo acallar, a pesar del miedo a que vecinos del pueblo los tratasen de locos, pues ya en días anteriores amenazaron con apedrear, si se acercaban por la fuente,  a los que pensaban que aquello podía funcionar.
            Algunos se abrazaban ante la satisfacción indisimulable de D. Juan de Dios. Su proyecto meticuloso, estudiado y trabajado hasta el límite, había dado el resultado esperado. Apenas amanecía cuando, mientras esto sucedía, los muleros comenzaban a mover a sus animales camino del campo o de los abrevaderos de las fuentes que había en las afueras.
            Pronto se extendió la buena nueva y fueron muchos los vecinos y vecinas que se dirigieron hacía la fuente para comprobar el “milagro” del agua y la calle se llenaba de incrédulos curiosos que no daban crédito a lo que veían.
El entusiasmo fue indescriptible en los días siguientes. La conversión, ante la desconfianza inicial, fue total y todos pedían ya el agua cerca de sus casas. Por eso se dispuso la instalación de tuberías y de otras fuentes en distintas partes del pueblo –Glorieta, Calvario, Carretera de Villacarrillo, San Benito, etcétera- completándose por tanto hasta ocho fuentes más en sitios estratégicos, de forma que todos tuviesen acceso al agua con relativa facilidad.
            Aquellas obras iniciales costaron en total cuarenta y cuatro mil pesetas, con dos subvenciones distintas. Se podía considerar que Castellar fue el primer pueblo de la provincia de Jaén que canalizó el agua e hizo un proyecto de tal envergadura, incluso un poco antes que Jaén y Linares.
            Esa obra fue un motivo de orgullo para nuestra Corporación municipal y para todo el pueblo, a pesar de los graves obstáculos y reticencias añadidas de la entonces División Hidrográfica del Guadalquivir.
            Ese agua fue suficiente para abastecer al pueblo hasta avanzados los años sesenta en que se realizó, por la Confederación Hidrográfica, un nuevo proyecto para traer el agua desde el pantano del Dañador, siguiendo desde el Caño el mismo sistema y esquema del antiguo, una vez modernizado y construidos nuevos depósitos y una nueva estación elevadora.
            Aquel proyecto inicial fue una de las mayores y más ingentes obras locales del que es hijo predilecto de Castellar y quizás el más insigne de los castellariegos,  D. Juan de Dios González Carral.

(Los datos ha sido extraídos de los libros “Datos geográficos e históricos” de D. Juan de Dios González Carral, y de “150 años de Historia de Castellar” de D. Antonio Robledo Morales, así como de la transmisión oral de mi familia y especialmente de mi padre, Alfonso Anaya, que fue, como funcionario municipal, el encargado del sistema de abastecimiento de aguas del pueblo desde finales de la contienda civil hasta su jubilación en 1976.)

jueves, 17 de enero de 2019

Notas y curiosidades alrededor del día de San Antón.


 - Hogueras, gorrinos –“rito”-, vueltas y bendiciones.

En España hay tradiciones seculares, algunas locales y apenas conocidas si no es por los oriundos del lugar y de los pueblos más cercanos. Esas tradiciones se sostenían en aspectos religiosos indisolublemente mezclados con otros paganos, o también en supersticiones o creencias muy arcaicas. Otras tenían su base en la caridad o sea en la necesidad de atender a los que menos tenían y que en diversos momentos, hace años, eran mayoría en muchos pueblos de nuestro país.

San Antón o San Antonio Abad, ermitaño egipcio, cuya festividad se celebra el diecisiete de enero, está declarado como el patrón de los animales, y como veremos es una fiesta religiosa reconocida que como tantas otras, comparte aspectos paganos en los rituales populares.

Y es que San Antón da para mucho más de lo que creemos. Todos conocemos los sanantones, esas fogatas enormes –hogueras o luminarias- que se hacían y a veces se hacen en mi pueblo y en otros muchos de España y cuyo origen tienen diversas interpretaciones. Desde el broche final de la Navidad –ya se sabe: hasta San Antón Pascuas son- hasta otras que lo justifican en la necesidad de quemar todo lo sobrante de los trabajos agrícolas de esta época o en agradecimiento por sanar algún animal. Es difícil saberlo con exactitud. Suele ocurrir que en algún lugar y en algún momento siempre hay alguien osado que se le ocurre decir lo primero que se le viene en gana… y ya nos quedamos con esa justificación.

Pero hay una tradición, perdida y recuperada por épocas y poblaciones, sin duda muy original, como es la de “El gorrino de San Antón”. En mi pueblo se denominaba el “rito” de San Antón o el “rito” Antón y por más que he buscado no encuentro la acepción de rito empleada para un cerdo o para la cría de un cerdo. Por eso creo que lo mismo que la palabra sanantón deriva de la hoguera de San Antón, lo de “rito” debe provenir por el rito –ritual- de la matanza del cerdo o por el rito en sí de ese acto de suelta del cochino, como ahora veremos. De ahí se ha derivado que en ese rito, se le denomine “rito” al mismo cerdito.

El gorrino de San Antón era y es un cerdo que antiguamente en nuestro pueblo andaluz y en otros pueblos de Andalucía, la Mancha, Castilla, y Extremadura, se donaba y se dejaba en la calle, en libertad, y era alimentado entre toda la comunidad vecinal durante casi todo un año, para posteriormente rifarlo y el dinero obtenido se repartía entre los más necesitados o como en otros lugares se le sacrificaba y el pueblo hacía una fiesta, se compartía su carne, y la mayor parte se repartía entre los más pobres. En todo caso tanto la crianza como el destino del cerdo eran siempre el mismo: socorrer, en un acto de caridad, a los que más lo necesitaban. O sea que el gorrino al ser el símbolo material de un acto de caridad era respetado y cuidado por todos.
 
Como anticipaba, esta tradición se ha intentado recuperar hace no muchos años en algunos lugares, como en mi pueblo. No obstante me han contado  que alguna de las veces mas recientes que se ha soltado el “rito” de San Antón, este no ha llegado a su final pues alguien, por gracia, malicia o necesidad, se debió de apropiar de lo que era de toda la comunidad y fruto de una donación generosa.

Este marrano se bendecía y se solía marcar en las orejas. En otros lugares se le colocaba un adorno o una campanilla para distinguirlo de los demás cochinos que en determinadas horas del día podían andar por el pueblo. Se trataba de los cerdos de propiedad privada que los porqueros –recuerdo a Santos- iban recogiendo de casa en casa, conforme pasaban por las distintas calles. Por una módica cantidad los llevaban durante buena parte de la jornada al campo a los lugares más idóneos donde comer y solazarse. Era curioso ver como la inteligencia de estos animales les hacía dirigirse a sus destinos, a la vuelta, cuando apenas aparecían por las calles de sus dueños e incluso algunos empujaban al portón del patio, corral o casa y se introducían solos en ella.

El “rito” Antón, como se le llamaba y llama en mi pueblo, solía recorrer buena parte de sus calles y plazas durante los meses que permanecía en la calle. A veces se aquerenciaba en algún lugar o zona, hasta que decidía trasladarse. Los vecinos del pueblo le daban desde el berbajo típico hasta los desperdicios y sobras de comidas, incluidas mondas de frutas, etcétera. Todos sabemos que el cerdo es un animal omnívoro, por lo que su alimentación solía ser fácil. El berbajo, un alimento muy completo para los cerdos, es una mezcla de salvado, harina y a veces se le añadía restos de patatas y frutas o mondas de ellas.  También se le daba cobijo en las peores y frías noches de invierno  y en otras ocasiones se le echaba agua en las oquedades de algunos charcos para que se bañase en el barro.

En Madrid, también se celebra este día de otro modo, pues son muy conocidas y originarias –en otros lugares también se celebraban- las “vueltas de San Antón” que consistían en dar vueltas, en romería, alrededor de la Iglesia de San Antón, en la calle Hortaleza, para después bendecir a todos los animales que participen en ellas. Esta tradición sigue celebrándose, ahora en forma de desfile, y el padre Ángel les ha dado más relieve, incluso, en los últimos años al ser esta la Parroquia que está a cargo de Mensajeros de la Paz.












martes, 8 de enero de 2019

El día después de Reyes.


Aquel año el día 7 de enero caía en domingo. El día después no era, por tanto, día de escuela y a pesar de estar en plena recolección de aceituna muchos niños se quedaban bajo el cuidado de abuelos, parientes o vecinos. Otros desde temprano, con la escarcha helada bajo los pies, estaban ya en el tajo con los padres… o mejor con las madres, pues los críos hacían las labores de las mujeres de entonces en la aceituna.
            Juanito no; él era de los que se quedaba en su casa. Su madre enferma, con una salud delicada, muy a su pesar no iría ese año a la aceituna. Entrada la mañana se acercó hasta la Glorieta. Allí se encontró con otros niños, pocos, que estaban jugando con sus pistolas de mixtos o tirando de su carreta de juguete con el burrito o el caballo alazán delante, o montando en su patín –lo de los patines es muy antiguo- y los más favorecidos incluso con la bicicleta con ruedines, algo inalcanzable para la mayoría. Las niñas con sus diábolos -o diablos- nuevos y sus muñecas… ¡juguetes de niñas! se decía entonces sin reparar en las desigualdades.
En aquellos años se jugaba a la pelota, no al balón, con cualquier cosa, aunque fuese echa de trapos, papeles y cuerdas. Juanito llevaba una pelota nueva. Él, además de dos “velas” deslizándose por su nariz, tenía en una mano una pelota de mediano tamaño y de goma. El frío del día, a pesar del sol, hacía que los mocos de algunos críos aparecieran con facilidad. La manga del jerseicillo o la mano misma estaban para algo. No era fácil ver a un crío con un pañuelo en el bolsillo…algunos sí, pero pocos.
Era el día después de los Reyes y mientras unos lucían sus juguetes variados y nuevos, otros sólo tenían esa pelota de regalo de los Magos de Oriente. Y era mucho…  La llevaba cogida con la mano y como acunada  debajo de su brazo. Era su tesoro. Un juguete nuevo, al menos uno. En su casa todavía había quien dormía en colchones de paja y no en todas las habitaciones había luz eléctrica y eso que estábamos ya a principios de los sesenta.
Entre unos y otros, cada uno a los suyo, se organizaba una partida de distintos juegos, mientras Juanito botaba su flamante pelota e incitaba a alguno a chutarse sin demasiada respuesta. Mientras unos y otros jugueteaban apareció otro niño más con algo bajo el brazo. Era una pelota también, pero de cerca se veía ya mejor: un balón de “reglamento” en toda regla, de cuero y con colores blancos y negros en sus dibujos.
La admiración general fue como si viesen algo fulgurante. Casi todos los niños y alguna niña dejaron sus juguetes un poco de lado para acercarse en corro, y ver y tocar el balón de “reglamento”. Algo desconocido y solo visto en las estampas y en las fotos de los periódicos, o en el fútbol local, pero ahí solía ser uno bastante viejo y remendado, con múltiples cosidos con bramante. Este no, este era nuevo flamante y ni siquiera había recibido una sola patada. El afortunado niño explicaba que los Reyes se lo habían traído directamente desde Madrid.
Todos querían tocarlo y todos hubieran deseado jugar con él… Pero era un tesoro demasiado preciado como para emprenderla a patadas con el balón y con todos esos niños allí. Mejor esperar a que se despejara la plaza… y así se lo pidió su primo al dueño del balón.
Juanito miraba su pelota colorada y a pesar de todo era feliz, mientras la echaba al suelo y le daba alguna patadita que otra. Los demás niños reaccionaron y pensaron, incitados por la visión del verdadero balón, que mejor jugar al fútbol aunque fuese con una pelota de goma. Unos cuantos se pusieron a pasarse la pelota y a chutar a Juanito que hacía de portero. En la barbacana, al lado mismo, el dueño del balón y su primo miraban a los demás, mientras acariciaban el regalo de cuero, esperando que todos se fuesen a comer a casa. Entonces sería el momento de que los dos solos se pusiesen a juguetear con su premio especial, aquel balón de reglamento” y madrileño.
Sudorosos a pesar del frío y olvidados ya de los mocos, los demás recogieron sus juguetes y Juanito su pelota y se marcharon para sus casas. Iba satisfecho de que su pelota hubiese servido para jugar con todos los que quisieron y así pudo compartirla con los demás.
En casa le esperaba otro regalo de Reyes: el tren de cuerda, con locomotora y tres vagones, del año pasado, que los Magos le habían arreglado de forma precisa y lo habían puesto de nuevo en funcionamiento como un regalo más de ese año. Era su tren de los sueños…aunque fuese repetido. Con la pelota algo polvorienta ya, colocada en el centro, armó el círculo que formaban las vías, dio cuerda al trenecillo y lo puso en marcha mientras lo miraba extasiado, dando vueltas y más vueltas. ¡Qué buenos habían sido con él “sus” Reyes Magos! pensaba mientras se limpiaba la nariz con sus jersey.



viernes, 4 de enero de 2019

Los Reyes Magos y “La Campana” como almacén de juguetes.


En la infancia y preadolescencia creo que hay tres fases con respecto a los Reyes Magos, que no se cumplen del todo, o sí, dependiendo de cada persona. La primera es cuando apenas se tiene el recuerdo y escuchamos hablar de los Reyes; generalmente estamos un poco descolocados y los vemos como personajes de un cuento o como algo que se mezcla entre lo real y lo irreal; la segunda es cuando ya, más conscientes, creemos firmemente en ellos, pensamos que es una fantasía de la vida y aunque nos perturba, a veces, no dudamos de esa maravillosa historia; la tercera etapa es cuando tras descubrir que los Reyes Magos solo son una ilusión y que realmente no existen pretendemos prolongar la creencia en el tiempo, pues nos cuesta despegarnos de esa maravillosa y fantástica historia. Algunas personas lo prolongan hasta la adolescencia e incluso hay quien de mayor todavía se coloca esa noche, al lado de la cama o en la mesita de noche, los regalos.
En Castellar vivíamos la festividad de los Reyes, en mi familia, con mucha ilusión, pero con un punto de desesperanza e inquietud. Imagino que como en la mayoría. No eran tiempos boyantes. La vida estaba conformada de otra manera y no siempre los Reyes Magos eran todo lo Magos que esperábamos y deseábamos. La cruda realidad era que muchas niñas y niños de entonces vivían muy alejados de estos sueños, algunos viviendo en cortijos y otros dependiendo, ellos y sus familias, de la caridad y de la beneficencia.
En medio de aquella situación surgía algo especial para los que “La Campana”, aquel histórico comercio, era el gran almacén de juguetes, y por tanto de sueños e ilusiones, donde se suponía que los Magos de Oriente hacían acopio de todos ellos para repartirlos, seguramente de una manera un tanto injusta en aquellos años, pero hacían lo que podían. A “La Campana” le acompañaban, como almacenes de ilusión, la tienda de Pedro o el “estanco de arriba” y en menor parte y con otras cosas la Droguería.
            Las huellas de nuestras naricillas pegadas en los cristales de los escaparates, de unos y otros, certificaban que allí irían los Reyes Magos a recoger nuestras peticiones, o al menos parte de ellas. La cristalera de “La Campana” se llevaba la palma… porque también las palmas de nuestras manos infantiles se quedaban marcadas en el frío vidrio. Desde días antes a la festividad de Reyes el escaparate de ese comercio que destacaba, sobre todos, estaba lleno de expectación… y las ilusiones se reflejaban en los rostros infantiles de quienes protagonizábamos aquellas visitas repetidas una y otra vez.
A cargo de “La Campana” estaban Antonio-Darío-, Manuel, Paco, Desi… todos ellos “vendían”, nunca mejor dicho, las bondades de los distintos juguetes…y lo hacían con un estilo tan peculiar como era el de esa familia. Antonio, además, ponía ese punto de humor casi permanente en su vida, mientras salía a la calle para mandarnos para casa cuando veía que ya éramos demasiados los extasiados ante la tienda. Conmigo tenía una consideración distinta, aquella que provenía de la amistad entre nuestras familias, con aquel diminutivo y sonoro “¡Nin!” -diminutivo del diminutivo- con el que me llamaba.
En casa nos cuidábamos de escribir correctamente una carta a los Magos, aún a sabiendas de que podía diferir en todo o al menos en buena parte de la realidad que luego llegaría a nuestros hogares. La advertencia de nuestra familia era clara: “tú escribe que ya los Reyes decidirán lo que es mejor y más apropiado para ti…” En mi caso con todos mis hermanos mayores, se preparaba una cierta parafernalia la noche anterior. Se ponían los zapatos limpios y colocaditos, al lado de la chimenea, y alguna cosa más –lo de la copa fue posterior, al menos en mi familia- algún polvorón o un vaso de agua para los camellos, que como vemos también eran Magos pues con un vaso tenían para los tres…y les sobraba.
El día de Reyes, que comenzaba cuando apenas el alba clareaba siempre aparecía alguna nota, cuya letra me resultaba algo conocida, pues parece que uno de los reyes –mi preferido era y es Baltasar- le dictaba a mi hermano Julio unas líneas con unos consejillos adecuados para el rendimiento escolar y el comportamiento en casa. Y luego aparecían al lado los juguetes. Era como una aparición divina y la incredulidad ante lo que veíamos era palpable.
Ahí podía haber de todo. Nuevo, seminuevo una vez arreglado, y algunas repeticiones, aparte del material escolar, como lápices de colores, un plumier… e incluso, a veces, una cartera.
Los juguetes nuevos desprendían un olor característico y maravilloso… Sí, sí… no es ninguna tontería. El olor de los juguetes –creo que al contrario de ahora todo olía entonces- era especial; y no digamos el del material escolar que nos fascinaba y transportaba en ese mundo mitad realidad, mitad fantasía.
Entre aquellos juguetes que más ilusión me hacían, o me hicieron, estaba un cine Nic, ya reciclado de mis hermanos, con sus películas de papel tratado, de las cuales mis hermanos Alfonso y Julio, especialmente el primero, se convirtieron en especialistas creando nuevas películas –había una sencilla técnica de tratamiento del papel con los dibujos- que repetíamos una y mil veces. Posteriormente un nuevo cine, este sí era nuevo, pedido a través del catálogo de Galerías Preciados, hizo mis delicias al ser más moderno. Creo recordar que era de la casa Payá.
Hablaba de Galerías Preciados porque en aquellos años recibíamos en mi casa los catálogos de esos grandes almacenes que nos servían para orientarnos con los juguetes. Ni que decir tiene que luego algunos de los que venían de “La Campana” no solían ser tan sofisticados, ni terminados, como los que habíamos visto en el referido catalogo, pero eso apenas se notaba.
Otro de los juguetes que más ilusión me causaron era un tren, de cuerda claro. El cine y los trenes eran mis juguetes preferidos, junto con los “Juegos Reunidos” y las arquitecturas de madera,
aunque también aquellas escopetillas de tapones de corcho o pistolas de mixtos, que al ser de chapa y no muy precisas te cogían algún pellizco que otro en los dedos o en la mano, al manejarlas. Y así podría describir algunos juguetes más como un precioso barco de chapa multicolor, imitación del Titanic, de mis hermanos… etcétera. Un sinfín de anécdotas y sucedidos que sin duda conformaban ese día en una jornada tan especial están en el recuerdo de cada uno en unos años en que todo era tan distinto a hoy.
Las desilusiones que también llegaban, al no encontrar lo que esperábamos, se diluían inmediatamente por un mecanismo interior automático que las niñas y los niños de entonces, no sé si los de ahora, teníamos. O bien por una nota de SS. MM. explicativa al efecto que nos congraciaba de nuevo con ellos y es que nuestra capacidad de superación a la frustración era grande.
Ya en años posteriores, en la década de los setenta, en Castellar surgió otra gran ilusión, la de la Cabalgata de Reyes, que se inició con el Movimiento Junior de las Juventudes de Acción Rural Católica, o sea en el Club Parroquial, y que consiguieron, por vez primera en el pueblo, movilizar y unir anhelos y esperanzas para convertir en realidad, por unas horas, aquello con lo que tantas niñas y niños del pueblo soñamos: sus Reyes Magos.