Por edad llegué un poco justo a
los futbolines de Clemente en Castellar. Lo suficiente para recordarlos, aunque
mis aficiones eran más de cine, lectura y conversación que de futbolín… Siempre
he sido un poco patoso para estas habilidades.
Los
futbolines, como los llamábamos en Castellar, o los recreativos o los salones
de juegos como los denominábamos en Madrid, cumplieron sin duda una importante
labor de cara a la juventud, respecto a las horas de ocio y diversión que a
veces eran difíciles de cubrir, no teniendo muchas más alternativas que los
bares, aunque eso sí, siempre nos quedaba el cine, los cines en nuestro caso,
que tanto nos apasionaban a muchos.
Se conocían aquellos
lugares por un ambiente bullicioso, un tanto juvenil, y la “atmósfera” especial
que dentro se respiraba. Muchos adolescentes que iban a esos recintos,
aprovechaban para fumar sus primeros cigarrillos. Normalmente se entraba a
partir de los dieciséis pero también nos colábamos, con el disimulo de los que
los regentaban, otros menores.
En
todo caso siempre era, como mínimo, un complemento en nuestras vidas, divertido
y ameno, aparte de despertar otras habilidades y destrezas. En aquella época
era una de las más importantes diversiones, incluso en las ciudades, y por eso
cuando llegué a Madrid, todavía existían gran numero de establecimientos que
disponían de futbolines, billares y mesas de ping-pong… De ahí el nombre de
“billares” que también se le daba en la capital. El billar lo practiqué muy
poco, algo más el futbolín y sobre todo el ping-pong.
Eran
varias horas las que pasábamos en los recreativos o billares madrileños. Algunos tenían buenas instalaciones y salones
importantes, incluso con dos plantas ocupadas. Recuerdo los que había cercanos
a la Puerta del Sol, especialmente un par de ellos por la zona de Espoz y Mina
o la calle de la Cruz. También recuerdo otro importante por Carabanchel, en Oporto,
pues tenía un amigo, de Madrid, que vivía por esa zona y a veces quedábamos
allí. Ni que decir tiene que existían muchos más. Ahora sería difícil encontrar
un establecimiento de estas mismas características en la capital y seguramente
no lo habrá.
Y
es que en los años setenta comenzaron a llegar las maquinas recreativas, desde
las de discos, en los bares, hasta las flipper o pimball que luego fueron
evolucionando a otras más modernas. Ni que decir tiene que estas maquinas se
empezaron a instalar en esos salones y fueron, al comienzo, un complemento. Poco
a poco aumentaron su número hasta convertirse en una de las primeras
atracciones de esos centros de reunión. En los años ochenta las maquinas
evolucionaron de forma aún más sofisticada.
En
Castellar aquellos futbolines se cerraron, aunque fueron sustituidos, durante
unos años, por las magnificas instalaciones recreativas del Club Parroquial, y
las maquinas de juegos se fueron instalando con bastante éxito en los bares.
Podemos recordar las primeras de ellas en el Mesón, mítico bar que hizo
historia, como centro también de reunión de jóvenes y no tan jóvenes.
Centros
de ocio y diversión, en fin, en aquellos años en pueblos y ciudades; lugares que
hoy han desaparecido prácticamente y que sin duda han dejado un cierto vacío en
tantas horas donde los jóvenes encontrábamos un lugar de encuentro, de
conversación, de juegos y diversión, muy distinto a los ordenadores, móviles,
maquinas de juegos personales, etcétera, de ahora.


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