lunes, 17 de junio de 2019

La primera comunión


En estos días atrás ha sido, de nuevo, el tiempo de las primeras comuniones. Todavía queda el último acto al que los nuevos comulgantes asistirán con sus mejores galas: el día del Corpus.
            Nada que ver las primeras comuniones de antes a las de ahora. Actualmente las bodas, las comuniones y los bautizos se diferencian poco, en cuanto a boato. Sobre todo las dos primeras. En muy pocos casos se utiliza ya la sencilla túnica que a todas y todos igualaba y se ha vuelto a los trajes tan peripuestos que se utilizaban también hace muchos años. Los que podían claro…
            Las comuniones en algunos momentos fueron, como tantas cosas y por desgracia, un ejemplo de desigualdad. No todo el mundo podía pagar esos caros trajes y en los pueblos se notaba mucho. Algunas familias lo pasaban regular para hacer frente a una comunión digamos “normal”. En Castellar, en las chicas, casi todas iban parecidas con aquellos vestidos pomposos de color blanco o marfil. En los niños había trajes más o menos llamativos, otros de marinerito, elegantes pero discretos, y otros mucho más sencillos. Los zapatos eran especiales y generalmente blancos. También los había, trajes y zapatos, heredados y prestados… Esto, lo del prestado, ayudaba a muchas familias.
Los complementos para la ceremonia eran importantes, pues además del libro de misa y el rosario, indispensables, figuraba también un lazo de adorno, con bordados dorados relativos al sacramento por recibir, en uno de los brazos. En mi caso, el libro y el rosario me los regaló mi madrina, Nati, una de las hijas de Bienvenido, el de la tienda, y de Marina, con cuya familia manteníamos una estrecha relación.
            Como banquete no había tal y sólo los que podían hacían una merienda con chocolate, dulces y algún bizcocho, de Concha la dulcera, que a veces era un regalo de alguien querido, invitando a la familia más próxima y a los amigos más íntimos. Ese fue mi caso. Luego se fue pasando a una comida un tanto especial en la casa familiar y de la comida a las celebraciones de ahora en restaurantes, cada vez más parecidas a la celebración de una boda.
            En unas determinadas épocas los padres acompañaban a los hijos en el sacramento de la comunión y en otras los niños comulgan independientemente de que lo hagan o no los padres o acompañantes y desde luego no a la vez que ellos. Recuerdo que en ese día, sin duda muy importante para mí y para los que nos consideramos cristianos, me acompañaron mi madre y mi tía Martina, situadas a uno y otro lado de mi entonces frágil figura.
            Era una etapa de nuestras vidas aquella en la que eran frecuentes los “mareos”, así llamábamos a las lipotimias, en esas ceremonias en las iglesias, con olor a velas e incienso. Alguien, ante mi curiosidad por tal cuestión, me explicó que era debido a que quizás la alimentación no era todo lo adecuada o abundante que el organismo requería, en quienes sufrían esas indisposiciones.
            Mi primera comunión, respecto a oraciones y enseñanzas del catecismo, fue todavía preconciliar -antes de la entrada en vigor del Concilio aperturista del Vaticano II- en el año 1961. Tuve una catequista callada y tímida, Tere, pero agradable y eficiente como pocas en su labor. El párroco del pueblo era D. Antonio Sánchez Romero, mucho más abierto de lo que pudiese parecer en algunas cuestiones. Hombre culto e inteligente y que daba la importancia precisa a determinados aspectos y de alguna manera nos hizo más fácil, a todas y todos, nuestra primera confesión y comunión.
No había regalos, al contrario que hoy, excepto los que he comentado, y a pesar de eso las niñas y niños teníamos la sensación de que aquello era un día y una ceremonia un tanto especiales. Algo que siempre recordarímos, por unos u otros motivos.
            Hasta hace alguna década, prácticamente todas las niñas y niños hacían la comunión. Ahora los padres, y en alguna medida los hijos, a pesar de su corta edad, tienen la libertad y la elección de seguir o no el camino de la religión. Al menos hasta que tengan un juicio mejor formado.
            Pronto, en el Corpus irán acompañando al Santísimo Sacramento, con toda la solemnidad de ese día importante, en su peregrinar por las calles y plazas de pueblos y ciudades. Alguno, después, seguirán creyendo… otros y otras, poco a poco irán alejándose de esas creencias y esos valores en los que se iniciaron. No por eso serán mejores ni peores unos y otros. Habrá de todo, como una sociedad diversa y plural que somos. Pero ahí quedan, cuando menos, las vivencias, un cierto aprendizaje en valores y los recuerdos que pueden y deben ser bonitos. Los míos, por suerte, lo son.
           

           


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