domingo, 14 de abril de 2019

De aquellas semanas santas de Castellar


No, no eran semanas santas de playa y sierra, apenas lo eran de turismo urbano. No eran días de grandes desplazamientos, aquellos en los años cincuenta o sesenta del siglo pasado, sino que se vivían en el entorno más cercano. Aquellos días de marzo o abril transcurrían de forma muy distinta.
Eran años de Bula en Cuaresma cuando esta se representaba como una mujer de semblante severo y mayor, con siete pies (por las siete semanas que abarca), con una cesta de pescados y verduras y un bacalao salado en la mano. El ayuno y la abstinencia los viernes de Cuaresma se podía así soslayar obteniendo un documento –Bula- que se pagaba más o menos generosamente, según posibilidades, al párroco del pueblo.
      Eran muy pocos y privilegiados los que se desplazaban en Semana Santa, o los que hacían algún tipo de turismo que en todo caso tenía un fuerte componente religioso o de representaciones evangélicas en esos días. Jueves Santo, hasta no hace mucho, era laborable hasta el medio día. Y es que en realidad las vacaciones de una semana o diez días solo eran para escolares y estudiantes.
            Y en esas estaba quien esto escribe, en un pueblecito donde todavía había casas sin luz eléctrica, donde el agua corriente no llegaba a todos los domicilios y donde parte de sus calles periféricas eran de tierra –barro en invierno- y como mucho empedradas de aquella manera.
           Al llegar la Semana Santa, todo estaba muy descrito. Días de potajes, bacalao y verduras… y todo ello quienes lo tuviesen. Pero se endulzaba, también quienes podían, con los roscos y dulces típicos de Semana Santa que desde días antes se preparaban en casa y se llevaban al horno en unas bandejas de lata –las latas de los dulces- preparadas para ese cometido. Era la parte más lúdica de esos días. Pero había otras que también veremos.
         En los días previos y desde el Viernes de Dolores se cumplía con el precepto pascual de confesar y comulgar, al menos una vez al año. Para eso se formaban colas en los confesionarios y circulaba cierta inquietud en aquellos menos propicios a ese cumplimiento obligado. Entonces, como ahora, aunque en distinta proporción había quienes eran creyentes, quienes lo eran a medias y quienes no lo eran. Estos últimos lo tenían peor, sin duda, aunque generalmente se hacía la vista gorda y se camuflaban entre las festividades de aquellos días.
           Las procesiones eran distintas, al menos en mi pueblo. Sencillamente eran más pobres y menos lucidas, comparándolas con las de ahora. Apenas iban adornadas con flores y la austeridad se traslucía en los pasos e imágenes. Todo era bastante más improvisado y espontáneo y solo las notas de la música religiosa de la banda municipal ponían una nota de color y armonía en el aire castellariego… aunque fuesen marchas de Semana Santa.


          Había, como anunciábamos, también otras actividades lúdicas, casi clandestinas, que consistían en juegos de azar –siempre el juego- como las cartas, las “chapas” o el menos conocido fuera y no por eso menos importante del Lito, reclamado por algunos como juego autóctono de Castellar, aunque la verdad es que existe de manera muy parecida en algunos otros pueblos, en los que se le conoce como el “Chito” también, aparte de otras varias acepciones. Estos juegos se practicaban en las afueras del pueblo –en las eras, entre otros lugares- y preferentemente al amanecer y en la mañana del Viernes Santo. Ni que decir tiene que su aliciente era la apuesta y el dinero de por medio.
 El Lito consistía en la colocación de una pieza de madera cilíndrica – que da nombre al juego- en el suelo, de pie, a la que se le colocaban monedas encima y se lanzaba un disco metálico  -mueca- con el fin de derribarlo. Según como quedasen los discos colocados con respecto al Lito se ganaba o se perdía. No obstante había alguna variante.
            Los adolescentes y jóvenes no sé muy bien el motivo, aprovechábamos estos días para fumar a escondidas con la complicidad que da el campo y las zonas rurales. Era como si mayores y jóvenes quisiésemos llevar la contraría a tanta norma de buena conducta aparente impuesta obligatoriamente esos días.
         Otra costumbre muy curiosa que hemos escuchado de nuestro tío Fernando, pero que desconocíamos, era la de llevar las burras y los burros a las eras, para la monta. Esto se hacía, parece ser, en Jueves Santo… sin que sepamos el motivo de la elección de la fecha. Seguramente por el descanso obligado en esos días.
            Todas estas actividades se hacían, aparte de cómo costumbres heredadas, como alternativas al cierre de los bares el Jueves y Viernes Santo, y que paulatinamente se fue reduciendo solo al Viernes Santo, aunque siempre existió la picaresca que algunos practicaron de apagar las luces y cerrar las puertas cuando pasaban las procesiones, pero mantenerlo entreabierto el resto del día. Eso sí, siempre con cierto cuidado.
            Parecido era lo que solía ocurrir con el Casino –llamado de distintas formas a lo largo de su historia- y en el que a veces de forma un tanto reservada se jugaba discretamente en esos días festivos y de penitencia.
        Los dulces caseros, los churros de Carmen o Juana y el anís, en sus diferentes marcas tradicionales, junto con el bacalao en sus más diversas formas constituían la base gastronómica en esa santa semana.

                               

- Las fotos en blanco y negro proceden del libro  referido a Castellar, "150 años de Historia" de Antonio Robledo.

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