miércoles, 3 de junio de 2020

El secreto, hasta la tumba, de un amor prohibido. (Relato basado en hechos reales)



Transcurrían los años cuarenta en un pueblecito andaluz de aquella España dolorida y triste. Una guerra entre hermanos, la más cruel de las guerras, acababa de terminar. Muchos salieron del pueblo para escapar del hambre y la miseria. Otros también por miedo a represalias.
            Juana y Luis se habían casado hacía poco, apenas acabada la contienda, pero él tuvo que marcharse a una ciudad andaluza donde le ofrecieron un trabajo. Lo primero era coger y marcharse. Después ya verían. Eran muy jóvenes y podrían continuar juntos sus vidas. Allí, en el pueblo, les era imposible sobrevivir. Emigrar los dos era demasiada aventura.
            Se habían casado de una forma circunstancial. Se conocían desde niños y las familias se llevaban muy bien. Digamos que entre todos apañaron un casamiento al que no pusieron resistencia alguna los protagonistas. Al fin y al cabo y en aquellas circunstancias poco importaba. Eran jóvenes y basta… y además ante la perspectiva de que tuvieran que emigrar, sobre todo él, mejor casarse antes.
            Juana hacía vida con su familia y sobre todo con una de sus cuñadas. Compartían pequeñas cosas y hacían algunas de las faenas del hogar juntas, como ir hasta unas albercas cercanas a lavar la ropa. Las dos jóvenes reían y se afanaban. Carmen, su cuñada, estaba muy enamorada de su reciente marido y ya tenían dos preciosos pequeños.
            En ese ir y venir al lavadero se solían encontrar con gente del pueblo de lo más variado y en ocasiones coincidían con un guarda del campo. Joven, con los ojos “verdes como la albahaca” de la canción, destacaba por guapo y esbelto. Rafael iba y volvía de su trabajo de vigilante rural con un precioso caballo castaño.  Al principio solo era un cortés saludo, poco a poco la confianza se iba produciendo y Rafael se paraba con su caballo a hablar con las dos jóvenes… y de una manera especial con Juana. Uno y otra se caían bien, hablaban y se reían, mientras su cuñada asistía como invitada, día tras día, a la escena.
            Cuando volvían al pueblo Juana no perdía ocasión de hablar a Carmen del guarda campero. Y esta le advertía siempre, a veces con cierto enfado, que parase su entusiasmo y recordara que estaba casada y con su marido a bastantes kilómetros. El ímpetu juvenil de Juana se manifestaba día tras día en sus risas y en sus expresiones cada vez más cariñosas y cercanas a Rafael. Quizás fuese amor…
            Había días que Rafael las acompañaba hasta el lavadero y allí se apartaban  ambos, un poco alejados, y mientras corría el agua originando un rumor peculiar en la alberca en aquella primavera esplendorosa, se oían las risas y las conversaciones de los dos jóvenes, a veces enmudecidas durante eternos segundos por unos besos en los labios que variaban en profundidad.
            Disimulaban si, y en el pueblo apenas se veían, pero en el campo y en los alrededores del improvisado lavadero, daban rienda suelta a una relación que solo podía calificarse como una verdadera pasión. Juana era muy guapa y los dos se atraían hasta extremos que parecían insospechados, pero que eran reales. Sus ojos brillaban de una manera especial y sus cuerpos parecían hechos el uno para el otro. No podían mirarse frente a frente sin besarse, sin abrazarse, sin sentir como sus cuerpos jóvenes y apasionados temblaban, se compenetraban y entrelazaban hasta parecer uno solo.
            Carmen sufría en silencio con aquella situación que tanto le desbordaba y solo el trajín de su casa, su familia y el cariño a su marido y sus hijos le hacía olvidarse de lo que quiso pensar no sería más que un tonteo pasajero… sin más consecuencias.
            Mientras la joven pareja, cada vez más apasionada, se encontraba un día si y otro también, a escondidas en el campo, la cuñada de Juana se apartaba voluntariamente y quería ignorar lo que estaba sucediendo, puesto que era imposible que aquella le hiciese el más mínimo caso a sus advertencias.
            Juana salía con la excusa del lavadero casi todos los días e iba a encontrarse con Rafael. Cada vez llegaban un poco más lejos en su romance, hasta que durante unos días consumaron su amor con tanta pasión que los dos creyeron por un momento perder el sentido… Y lo habían perdido. Habían perdido el sentido de una realidad que era mucho más dura de lo que ambos creían. Su amor sin embargo parecía cubrirlo todo y les hacía ver, sobre todo a Juana, un mundo de rosas y perfumes muy alejado de aquella vida de la posguerra, pero sin saber nunca a donde le llevaría.
           
             Siempre que encontraban una mínima ocasión se abandonaban, entrelazados sus cuerpos y sus brazos. Carmen ya ni preguntaba, ni quería saber lo que realmente ocurría. Prefería ignorar algo que temía que pudiesen descubrir su propio marido o alguien de su familia. Lo que al principio era preocupación se había convertido en auténtico temor. Mientras, Juana, vivía días idílicos con su guarda enamorado, escondiendo su amor bajo cada árbol y cada olivo, entre retamas, en escondites naturales… de la misma forma que tenían escondida su pasión que solo dejaban florecer unos minutos o unas horas cada día.
            Sólo habían pasado varios meses, aunque el tiempo allí y entonces transcurría con mucha lentitud y poco más de tres desde que Juana había comenzado su verdadera aventura amorosa, cuando, llorando, llegó una mañana a casa de Carmen. Llevaba el miedo en su rostro reflejado y las lágrimas caían con desconsuelo sobre su cara y su camisilla, algo desabrochada, en aquel verano tan caluroso.
            Sin darle más vueltas le contó a su cuñada que no “manchaba” desde hacia un par de meses y que creía que estaba embarazada y sospechaba que esperaba un hijo de Rafael pues estaba teniendo síntomas inequívocos de ello. Síntomas que sus padres y suegros achacaban a la debilidad, a las carencias, al modo de vida… Ella no quiso ir al médico de beneficencia. Sabía que podía descubrir su secreto. Carmen pensó por un momento que toda la familia quedaría envuelta en un escándalo tan grande que su propio matrimonio, incluso, se vendría abajo. El desasosiego y el miedo al escándalo se apodero de ellas.
            Fueron un par de noches sin dormir las que Carmen pasó, excusándose ante su marido por no encontrarse demasiado bien, por estar con las “cosas” propias de la mujer y por las preocupaciones por la comida de los hijos, preocupaciones que ellos apenas tenían gracias al trabajo de él.
            Una mañana Carmen fue a buscar a Juana y la llevó hasta su casa. Se encerraron en una habitación y le dijo, sin miramientos, lo que ella creía que podría hacer. Era bien sencillo: coger la maleta e irse con su marido a la ciudad andaluza donde el trabajaba. La excusa era tan contundente como que una mujer tiene que estar al lado de su marido sin más y que ella debía mostrar ante la familia su hartazgo por esa lejanía. No había más que hablar ni discutir. La cara de sorpresa de Juana era tremenda, pero a la vez de alivio, pues sabía que si no querían sumir a toda la familia en ese escándalo tendría que abandonar su amor y su pasión personificados en Rafael y marcharse cuanto antes de allí. Juana besuqueaba a Carmen con las mejillas llenas de lágrimas, mientras le daba una y mil veces las gracias. Sería aquel un secreto que las dos cuñadas se llevarían a la tumba.
            No era precisa otra cosa que buscar alguna combinación con alguien que, del pueblo o de un pueblo cercano, viajase hasta la ciudad andaluza. Antes quiso despedirse de Rafael, sin decirle nada de lo que estaba ocurriendo, como si se fuesen a ver al día siguiente. Pero el beso de despedida supo más ardiente que nunca.
            A los pocos días Juana estaba con su marido, que lleno de sorpresa y alegría la recibió diciéndole que acaba de enviarle una última postal preciosa… Postal que la familia en el pueblo recibió y la colocó por encima del hogaril.
            La enamorada y apasionada joven ya estaba con su marido viviendo en un cuarto de una pensión que si antes Luis compartía con alguien, ahora ya era únicamente del matrimonio. Ella ayudaba en la fonda a todas las labores de la casa y recibía a cambio comida y algún vestido, mientras Luis seguía en su trabajo. Cuando volvieron, años después al pueblo, de paso para viajar a otra zona más prospera de España, llevaban una preciosa niña de dos años, que había nacido adelantándose un poco… aunque nadie supo entonces decir cuanto.
            Al volver la feliz pareja y su hija, Rafael se había casado y apenas se vieron si no era de lejos, mientras ambos esbozaban una sonrisa. Nunca él, ni nadie, supo que aquella niña, tan guapa, tan parecida a su padre, al guarda del campo de los ojos verdes, “como la albahaca” no era hija de Luis. Después la pareja tuvo más hijos… y lejos del pueblo formaron una familia y un hogar.
            Ninguna de las dos cuñadas que se sepa habían desvelado su secreto, aunque Carmen, unos meses antes de morir, llamó a uno de sus hijos para contarle esa historia y que él decidiese que hacer con ella, tantos y tantos años después.
            El hijo se lo contó a un buen amigo… y este quiso plasmarla de forma anónima, aunque real, en unas hojas de papel.