jueves, 27 de diciembre de 2018

El catálogo de Galerías Preciados y otras modernidades.


A veces pienso que lo único que nos podía unir a la modernidad en aquellos años eran los catálogos de Galerías Preciados, bueno si es que a lo que teníamos en España se le podía llamar modernidad, cosa que dudo mucho.
            Aparte de aquellos catálogos, lo que más nos acercaba a otro mundo, en aquel pueblo de calles de tierra o piedras, de escuelas unitarias por sexos y mandilones, estufas caseras de brasas, luces apenas perceptibles y bastantes tabernas, eran los libros, revistas y periódicos que mi padre recibía, como “corresponsal” de prensa. Claro que todo dentro de un orden pues la censura más férrea no cejaba en su empeño.
            El Cine, con sus arriesgados mentores, Colomer y la familia Aragón, intentaba poner su granito de arena, pero era difícil ver una película completa, sin cortes ni censuras… Así como el teatro con la compañía de Luis Arroyo y Manuel de Benito, castellariegos por antonomasia. Y además los espectáculos de cante, por la aceituna, con las primeras figuras del plantel, encorsetadas por el régimen de entonces, y que aprovechaban algunos resquicios legales y de tolerancia para distraerse en el casino, o Circulo de Labradores, que venía a ser los mismo con distintos nombres, mientras llegaba la función.
            La radio, ese otro contacto con el mundo exterior tan directo, salía a las ondas con toda la programación e información controlada. Los anuncios, casi todos musicales, nos dejaban intuir que existía otro mundo distinto al del pueblo y era aquel de grandes ciudades como Madrid, con sus comercios y sus fiestas.
            En ocasiones se utilizaba el teléfono para cosas importantes, aunque estaba el telégrafo para las más urgentes y casi siempre portadoras de malas noticias. Las comunicaciones telefónicas no eran óptimas y a veces costaba muchas horas conseguir una comunicación con Madrid u otra ciudad a través de aquellas conferencias largas y especiales, repletas de interferencias. Ni que decir tiene que telefónica era el mayor centro de información del pueblo, pues se escuchaban “confidencial e involuntariamente” las conversaciones más dispares. El cura del pueblo, a través del confesionario, no tenía, ni mucho menos, la información de telefónica.
            Los viajes, muy escasos, siempre nos llevaban a otro mundo y normalmente se ceñían a la provincia; Úbeda para compras muy especiales o a algún famoso oculista; Linares o Baeza para exámenes de estudios y la capital, Jaén, para especialistas médicos, sobre todo. No hace falta decir las horas que se podían tardar en recorrer cincuenta o cien kilómetros… Lo que había más allá era casi inalcanzable y solo a través de trenes desde Vilches, en viajes que duraban desde ocho o diez horas, hasta casi un día incluso, se podía llegar a esa otra España que nos parecía tan lejana, aunque en el fondo tan parecida.
            Por eso el catálogo de Galerías me parecía una conexión muy directa con lo exterior y lejano. Nos llegaban en cada estación del año y en ocasiones algunos especiales, como los de las rebajas. Los diferentes productos inalcanzables en el pueblo, las modas de ropa, zapatos, complementos, con esos y esas modelos de amplia sonrisa cómplice, y sobre todo lo último en juguetes, en Navidades, nos lo ofrecía ese catálogo en el que no había sino que rellenar un impreso y a contra reembolso lo recibías, en unos días, con gran curiosidad por el cartero, según el tamaño. Cuando llegaba un paquete de Galerías era una fiesta en mi casa y lo primero que hacía era oler su interior, para sentir que llegaba algo nuevo, distinto, de fuera, de lejos… Recuerdo aquel mi primer reloj Cauny de cadete, que sustituía por fin a uno usado y "heredado" de mis hermanos. No parecía real, tanto que yo parecía vivir para el reloj, en vez del reloj para mi.
            Y es que las Navidades eran un paréntesis en aquella empobrecida y bella monotonía del pueblo. Los ambientes, ayudados por ese tan especial de la recolección aceitunera, cambiaban y las celebraciones navideñas, tan humildes y sencillas como entrañables, llenas de cánticos y de polvorones nos llevaban directamente a esperar el día de Reyes, aquellos Reyes tan pobres, pero tan ilusionantes, que nos arreglaban juguetes antiguos, nos repetían trenecillos reparados y revestían y pintaban muñecas a las hermanas a la vez que nos regalaban aquellas escopetillas de chapa y corchos, cuyo gatillo nos solía enganchar, con cierto dolor, los dedillos de nuestra infancia.
            Cuando llegaba un juguete de Galerías, pocos desde luego, se escondía el paquete, entre cortinas, armarios o baúles, una vez comprobado su contenido, para hacerlo aparecer en aquella mañana de Reyes y convertirlo en el día más feliz de nuestra vida de aquel año o incluso de muchos años. Y es que Papá Noel, San Nicolás o Santa Claus eran personajes prácticamente desconocidos para nosotros y que nos quedaban tan lejos que había que hasta volar para verlos. Y nuestros únicos vuelos, entonces, estaban en los sueños, en nuestros sueños, pues si algo se podía hacer en nuestro pueblo andaluz, entonces, era eso… soñar y soñar.

           

martes, 18 de diciembre de 2018

“La aceituna” de antes.


En este tiempo, o quizás  un poco más adelante, porque “la aceituna” se empezaba avanzado diciembre, nuestro pueblo y su fisonomía urbana, cambiaban por completo. Habían terminado las matanzas, pasado San Martín, y pronto empezaba el trasiego de tantas personas, manchegas y manchegos, que llegaban desplazados hasta nosotros y que de alguna manera nos anunciaban que empezaba la recolección.
Entonces venían de fuera, de la vecina región manchega, y sobre todo de las provincias más cercanas. Mujeres y hombres, que componían una parte importante de la mano de obra. Jóvenes y mayores, con niños incluidos, familias enteras en fin, que se ubicaban en cortijos, casas o locales, más o menos acondicionados para acogerles y en todo caso destinados para esa misión que no siempre cumplían con lo mínimos requisitos necesarios.
            Todo el conjunto, en aquellos años iban hasta los niños a la recolección de la aceituna, conformaba un variopinto paisaje humano que unido a los jornaleros y jornaleras locales, componían los diferentes “tajos” a cuyo frente se encontraba el “aperaor” o aperador que dirigía, controlaba y vigilaba todas las labores.
Las mujeres vestían con unos grandes “sayones” y pañuelos a la cabeza, en su mayoría. Ellas cogían la aceituna que caía en el suelo e iban preparadas para ello, cuando no se utilizaban calzones por parte de las mujeres, o en todo caso se ponían siempre una falda encima cubriendo una prenda tan masculina para la época, como el pantalón. Ellos vareaban las ramas de olivo haciendo caer la aceituna al suelo o en los
mantones. El pleitero, llamado así porque se hacia cargo de transportar a hombros las cestas de pleita hasta la criba, donde se limpiaba parcialmente el fruto origen del aceite y después se cargaba en los serones de los animales de carga, sacos o capachos, y con posterioridad en los primeros remolques de tractores, cuando estos aparecieron.
Las calles eran un hervidero por las mañanas y al atardecer. A primera hora, apenas al alba, los animales y las cuadrillas marchaban andando, o montados, camino del campo, camino de los olivares, hasta que surgieron los primeros tractores y todo fue cambiando lentamente.
Los atardeceres estaban llenos de vida y olores. Las aceituneras hacían la compra para preparar las “meriendas” –así se llamaba a la comida o el almuerzo en el campo- del día siguiente, mientras el mercado de abastos, la plaza, se llenaba y el transito en las calles, de personas y tractores, mulos y burros,  era intenso y nada tenía que ver con el de otras fechas invernales.
Si llovía y no había aceituna, el trasiego también era grande, aunque distinto, pues se aprovechaba para hacer otros menesteres que impedía la recolección diaria y se reparaban o preparaban aperos. Los hombres, además, formaban corrillos por las esquinas o a las puertas de los bares dando al pueblo otro ambiente distinto, mientras las mujeres lavaban, cocinaban y hacían las compras.
El olor a orujo y aceite se mezclaba en el ambiente pues había fábricas o almazaras que estaban en pleno casco urbano, y algunas en el centro, mientras los vapores se escapaban por las rendijas de las ventanas o una puerta entreabierta desde el interior del molino, donde los serranos, los trabajadores, se afanaban en moler la aceituna y exprimirla para obtener el preciado aceite.
Todo un cuadro pictórico, emotivo, lleno de duro trabajo y sentimientos dispares, incluidos los amores aceituneros, era aquello en lo que se convertía nuestro pueblo por unas semanas o unos meses, dependiendo de la duración de las cosechas.
Siempre, este trabajo que hoy sigue siendo tan duro o más, en determinados aspectos, que aquel parecido pero no igual de hace años, ha despertado bellas poesías y bonitas canciones, con diferentes matices… en algún caso real y sufrida como es “la aceituna”.
Conforme avanzaba la recolección, ya casi al final, cuando el dinero fluía más o menos, llegaban los espectáculos de cantaores, donde las primeras figuras de la copla y el cante flamenco actuaban en el teatro cine de Colomer. Era como un colofón a esa recolección dura, pintoresca, que llenaba la vida castellariega de una estampa multicolor y festiva en parte, a pesar de la crudeza de aquellos inviernos, y de un trabajo nunca suficientemente reconocido. Pero lo de los cantaores era tan especial que merece un relato aparte.

“Tú cogiendo aceituna, yo vareando; de ramita en ramita, te voy mirando. El querer que te tuve fue aceitunero se acabó la aceituna, ya no te quiero.”

jueves, 6 de diciembre de 2018

Jacinto y Petra, pequeña historia de una amistad.



 Petra fue a Castellar, la primera vez, con algo más de dos meses. Desde entonces, hace ya más de tres años, la casa de Jacinto que con tanto cariño nos abrió para ella, es su propia casa también, de la misma forma que la suya de Madrid o sea la de José María.

            A partir de ahí se acostumbró a que casi siempre que vamos con ella al pueblo recibe una visita que le pone muy contenta. Jacinto padre, ya mayor y en silla de ruedas, se ha convertido en uno de sus mejores amigos y alicientes allí. Ni que decir tiene que Jacinto no estaba acostumbrado a tener una perrita así en casa, tan cerca, ni como Petra ni como ninguna.
            Al principio uno y otra se mostraban un poco recelosos, pero ahora Petra presume orgullosa de su amistad con el padre de Jacinto y sale a recibirlo, cada día, hasta el zaguán, mientras su hijo lo entra en casa, abriendo las puertas de par en par y sin importarle a ella lo que pase en la calle. Inmediatamente, Petra, toma posiciones delante y alrededor de la silla de ruedas, mientras avanza por el portal en pequeña procesión, moviendo agitada su rabo y con su peculiar cadencia de caderas, parándose a su lado cuando Jacinto la llama por su nombre varias veces y le toca la cabeza con una leve y casi imperceptible caricia, pero suficiente para ella, que siente el contacto de los dedos y de la mano, mayor y algo temblorosa, de este su amigo que Petra protege y quiere.
            Cuando tras ese pequeño desfile colocamos a Jacinto en la mesa, en su sillón, ella está atenta a todos los movimientos, asoma su cabecilla por entre los brazos de la butaca y hasta que él no se sienta no para, como si quisiera supervisar el perfecto acomodo de nuestro amigo. Tras esta operación, ella también toma asiento, delante o al lado de él, según que sea en el patio –en el buen tiempo- o en el interior, el acomodo. Nos mira a todos, satisfecha, y permanece allí un rato, hasta que se echa muy cerca de Jacinto, haciendo ver que él es su protegido y su amigo también. En muchas ocasiones los dos dormitan a la vez… o al menos cierran los ojos descansando.
            En el tiempo en el que Jacinto está con nosotros, es frecuente verla permaneciendo a su lado, bien deambulando a su alrededor o asomando su cabeza, inesperadamente, entre sus piernas y apoyando el hocico en su cuerpo o en el trozo libre del asiento de su butaca. Él le recrimina cariñosamente esta osadía y ella, tras permanecer unos segundos así, inmóvil contemplándolo, baja su cabeza y se vuelve a colocar a su lado. Es una muestra más de su cariño por él.
Cuando llega la tarde o la noche y hay que despedirlo, se incorpora de inmediato para intervenir en la colocación en la silla de ruedas, atenta a todos los detalles y a su salida, situándose a su lado portal adelante en comitiva para que Jacinto, nuevamente, alargue el brazo y le vuelva a tocar su cabeza,  a la vez que se despide de ella llamándola afectuosamente por su nombre. Petra, al llegar ante la puerta de la calle,  se queda en la cancela, asomada, despidiéndolo, bien hasta el día siguiente o bien hasta otra ocasión.
            Ella sabe muy bien que a Jacinto lo protegemos todos y quiere ser la primera en hacerlo y demostrárselo. Está claro que la amistad y el cariño entre ellos crecen cada día… y que uno y otra quieren seguir viéndose a menudo.


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miércoles, 14 de noviembre de 2018


La matanza del cochino.

 A todo cerdo le llega su San Martín* dice el refrán y juro que no me estoy refiriendo a nadie en particular, sino realmente a los cerdos como animal omnívoro y a su matanza.
En Castellar eran fechas muy peculiares las de la matanza, y digo eran porque por la natural evolución de la vida en el pueblo y la modernización de algunas de sus costumbres, ya no se hacen las matanzas a la antigua.
Quienes podían “mataban” y esto no era siempre signo de ostentación o de riqueza, pues había gente y familias con pocos recursos que criaban animales y por lo tanto cerdos y así podían hacer su matanza que tan bien les venía para subsistir buena parte del resto del año. Aunque había quienes dada su situación, su carencia de recursos, les era imposible siquiera hacer una matanza.
Y es que esto que se convertía en todo un acontecimiento y ritual familiar no era sino una previsión de la alimentación de una familia, pues del cerdo se aprovechaba y así se sigue haciendo de manera industrial, prácticamente todo.
Recuerdo aquel olor, o mejor olores característicos, que impregnaban las calles del pueblo. Las “matanzas” se iban produciendo poco a poco pero de forma consecutiva, llegando a prácticamente todas las zonas. El aire se impregnaba de olor a
cebolla cocida, a especies matanceras y el característico de los embutidos impregnaba el ambiente y el aire de la villa, ayudado a veces por las condiciones atmosféricas de niebla o viento.
 El quejido de los cochinos parecía, a veces, interminable. Ese chillido, no era gruñido, que empezaba vigoroso y terminaba débil hasta que se apagaba lenta y gradualmente. No siempre nos gustaba demasiado a los más críos. Y es que he de confesar que a mí en particular no me gustaban las matanzas. No disfrutaba con ellas y ni siquiera me divertía con las vejigas de los cerdos que se usaban para construir la zambomba de la ya próxima Navidad.
Debía de ser un niño raro, seguramente, pero no me gustaban demasiado. Nunca me lo pasé bien viviendo toda esa parafernalia, esa especie de liturgia, que se montaba en torno a la matanza. Ni siquiera en esos momentos al lado del hogaril con el humo de los cigarros liados de los hombres y aquel tocinillo tan especial que se asaba en las brasas… Y mira que me gustaba y siempre me ha gustado ese bocado… Pero había algo que no se muy bien explicar que me llevaba a rechazar la matanza. Y no eran remilgos por el sacrificio del cerdo, no, pues eso desde que nacíamos estaba prácticamente asumido, pero aquel pequeño espectáculo familiar y a la vez perfecto escenario de trabajo que se montaba no me resultaba agradable.
El ambiente creado por aquellos olores mezclados entre sí, el vapor del agua hirviendo mientras borboteaba, los calderos en el fuego y la carne despiezada no terminaron nunca de acomodarse ni congraciarse con mis sentidos. Recuerdo las matanzas, sobre todo en casa de mis tíos y primos, en las que todas y todos disfrutaban de lo lindo… menos yo… y mira que me esforzaba.
Mi tía Martina –que me miraba y me comprendía apartándome cuando podía del centro del ritual- era una reputada matancera y como tal le avisaban familiares y amistades, para ayudar y trabajar en esa labor artesanal que exigía conocimientos, destreza, dedicación y también esfuerzo. En casi todas las familias sobresalía alguien a quien se le daba especialmente bien esas labores… y ese alguien estaba presente en todas las matanzas del circulo familiar y de amistades.
            En este rito tan familiar y cercano entonces, pero a la vez tan especial, las labores estaban repartidas: los hombre se afanaban en todo lo concerniente a la preparación del cochino o cochinos, a veces eran más de uno, de su matanza e incluso en ocasiones de pelar al cerdo que tras depositarlo en una artesa se escaldaba con agua muy caliente. Las mujeres se ocupaban prácticamente de todo lo demás, que no era poco.
La bonita costumbre de regalar un plato de “ajo” de morcilla o de chorizo –picadillo en otras partes- y a veces algo más, al vecindario, a los compromisos y personas mas allegadas a la familia, era algo entrañable y que al contrario de la matanza en sí, me resultaba atractivo y por supuesto el regalo del ajo era muy apetecible.
Desde hace años esa enorme mezcla de olor, color y sabor que era una matanza, ese rito ancestral y antropológico, que en su momento constituyó parte de nuestra etnografía no se produce ya en las calles y plazas castellariegas, pero si está y estará en su recuerdo y en su historia.
Y es que sin recuerdos y vivencias personales difícilmente se podría escribir la verdadera historia de un pueblo, con sus cerdos incluidos, y ni siquiera la de la humanidad.

(* Día de San Martín: 11 de noviembre)
La fotografía que corresponde a una matanza en Castellar, está tomada del libro de Antonio Robledo “150 años de historia”.

jueves, 8 de noviembre de 2018



El castigo del colegio y el premio del cine.


Nunca me gustó demasiado el colegio, sobre todo en el tramo final de la niñez a la preadolescencia, aunque tampoco lo aborrecía. No entendía que tuviese que estudiar cosas que me gustaban poco y otras que sencillamente apenas me interesaban. Tampoco me gustaban algunos profesores e imagino que el sentimiento sería mutuo. Lo aceptaba todo como mejor podía e intentaba sacar las partes mas positivas de aquello que indudablemente las tenía.
            Los sábados a medio día –en aquella época había clase los sábados por la mañana-  nos leían la lista de arrestados para ir el domingo a estudio de cuatro a ocho de la tarde. Los motivos eran diversos: desde mal comportamiento, que te viesen hablando o distraído en las horas de estudio o que sacásemos menos de un cuatro en alguna asignatura si el profesor te preguntaba. En aquellos años el régimen del centro era bastante duro.
            El otoño y el invierno eran especiales en aquel histórico colegio, de largos salones de estudio y añejas clases, con horarios de mañana y tarde. Desde aquellos salones, a través de sus grandes ventanales, veíamos la lluvia y sentíamos el viento azotar los cristales. Esas estaciones eran entonces un tanto lluviosas e incluso muy frías. La luz se encendía muy pronto, si no había algún apagón, y las tardes, sobre todo, se hacían largas, teniendo en cuenta que teníamos pocas asignaturas  para ir a clase en esas horas.
Aquellas tardes tristes y lánguidas, pero a la vez atractivas y románticas, procuraba terminar de estudiar lo más rápido posible los temas del día siguiente y los ejercicios que tuviese que hacer, para ponerme a escribir y a fantasear con historias varias plasmándolas en un papel, incluso ilustrándolo con dibujos y a veces atreviéndome con algunos ripios. Sin duda esas actividades me llamaban más la atención que el estudio y los ejercicios de algunas asignaturas y sobre todo si aquel tiempo revuelto acompañaba la tarde entre los ventanales, por cuyas rendijas se colaba el aire e incluso alguna gota de lluvia.
            Desde por la mañana los sábados era un día de nervios e intranquilidad. Algunos ya sabían que tendrían que ir castigados el domingo. Otros no, pues el profesor no decía la nota o el motivo hasta esa misma mañana, cuando se leía la lista de arrestados.
            Nunca me gustaron aquellos castigos… siempre me parecieron injustos puesto que ni siquiera nos daban lugar para una explicación. Mi hermano que era maestro y estudiaba entonces pedagogía me decía que esos métodos eran antipedagógicos, lo cual no me consolaba demasiado.
            Los domingos que tenía que cumplir el castigo, ya digo que a veces de forma injusta, sobre todo los señalados por una falta en el estudio, hablar o distraerse, mis padres planeaban algo para hacerlo más llevadero. Iban a la puerta del colegio, pues si nos portábamos bien nos quitaban media hora del castigo, según el profesor que nos controlaba y que también resultaba castigado por turno, y me esperaban con un bocadillo liado en papel de estraza y con las entradas del cine que estaba al lado del centro, preparadas. 
            Según la hora de salida, a veces llegábamos empezada la función… Menos mal que entre el Nodo y los trailers casi siempre veíamos la película desde el comienzo. Y es que siempre fui muy aficionado al cine, y pensaba a veces, en tardes como esas, que en él se aprendía más que en el colegio. Había películas que me fascinaban y casi todas me gustaban… las del oeste, las grandes superproducciones históricas, las de humor, las policíacas, las románticas… a la mayor parte les veía algún punto de interés especial.
            Ni que decir tiene que algunas eran clasificadas por la censura para mayores aunque sin reparos, porque el dueño del cine, persona culta, tenía la suficiente sensibilidad como para los domingos programar películas que no fuesen muy “fuertes”. Como mucho aptas para jóvenes. Así podíamos ir mayores y niños, a partir de cierta edad, que nos “colábamos” de la mano de padres o familiares.
            Eran aquellos domingos de castigo un tanto especiales, pues con el castigo iba un premio y no pequeño para compensar: el de ir al cine. Mientras en el descanso de la película –lo hacían en medio de ella, para cambiar el rollo del film- me tomaba el bocadillo con una gaseosa que mi padre solícito me compraba.
            Con todo esto el lunes comenzaba la semana con mejor sabor de boca, aunque ya siempre pensando en ese sábado fatídico en el que te podía “tocar”, a veces parecía una rifa, dos premios a la vez: el malo de ir al estudio y el bueno de ver el cine con mis padres y con mi bocadillo de magro de jamón que tanto me gustaba.      

            Nota: La fotografía del claustro y patio se corresponde con el recinto del colegio objeto del relato, no así la otra fotografía que nada tiene que ver con el centro, aunque tiene cierto parecido, en la escenografía, con alguna de las clases de aquel colegio.)

miércoles, 31 de octubre de 2018




DÍAS DE TODOS LOS SANTOS Y LOS DIFUNTOS.

Ni siquiera la conozco demasiado y nunca me ha gustado especialmente la fiesta de Halloween, importada de otros países, aparte del inusitado interés comercial que despierta en los más variados ámbitos del negocio. Está claro que no goza en nuestro país de tradición alguna, pero si de aceptación quizás mayoritaria y que aumenta años tras año, sobre todo en las generaciones más jóvenes.
            Hemos cambiado la noche del día de los Santos tan cercana y mezclada con la del recuerdo a los difuntos, por un ritual distinto, más festivo, divertido y un poco carnavalesco… por lo que puedo apreciar.
            Los niños se pasean por las calles de mi pueblo y de tantos, más o menos disfrazados, llamando a las casas de los vecinos, familiares o amigos, diciendo aquello de “truco o trato” que nunca entendí demasiado bien y que siempre he resuelto sin responder y ofreciendo una moneda, pensando que era lo acertado ante mi desconocimiento.
            He investigado un poco sobre esa frase citada, en su origen “trick-or-treat”, que siempre me inquietó y realmente parece que puede tener varios significados pero parece ser que haciendo una traducción menos literal y más correcta desde el punto de vista popular, podríamos llevar su significado a algo así como “travesura o recompensa", lo cual de alguna manera lo suaviza. Aún así me cuesta comprender algo que me resulta ajeno.
            Lo que seguramente sí hemos conseguido es algo más, un paso más y ya son muchos, en desmitificar y alejar la muerte y sobre todo en ver todo lo próximo a ella como algo banal y festivo, aunque se siguen visitando los cementerios y se siguen llevando ramos y flores a nuestros familiares y amigos fallecidos. Pero nada que ver estos días con los de hace unas décadas. Aquellos en los que desde día antes se preparaba todo lo necesario para ir al cementerio y recordar y honrar a nuestros muertos.
            Recuerdo como, cada año en mi casa, se preparaba una enorme corona de flores formada con alambre y jazmines y en la que se insertaban abundantes crisantemos cultivados en nuestros patios, de diferentes colores, en una labor artesanal y muy cuidada. A la vez se limpiaban y preparaban los faroles, fabricados por el hojalatero local, con chapa y cristales, en los que se conseguía la llama interior con un poco de aceite y una torcida.
            Todo ello se llevaba hasta el camposanto en la festividad de todos los Santos, muy a primera hora, y con verdadero respeto y esmero se colocaban en el “sitio” o tumba familiar. A la vez se dejaban colocadas en casa, durante estos dos días, las conocidas y tradicionales mariposas encendidas, luces todas ellas que brillaban para las ánimas benditas del purgatorio… Después ya no se supo siquiera si existía el purgatorio.
            Lo cierto es que todo esto rodeaba estos días de un halo un tanto misteriosos y mágico, impregnado siempre de las bases del cristianismo que vivíamos en familia, aunque creo que por suerte para mí e incluso para mi pueblo, nunca derivamos a la superstición y las fantasías de otros lugares y poblaciones de España, que a veces producen cierto escalofrío.
            Ahora por tanto mezclamos Halloween con la tradición de la visita a los cementerios, aunque eso sí, en vez de las luces de los faroles y las mariposas por los difuntos, brillan más las luces de las fiestas de las discotecas alimentadas con la música y las bebidas, que nos hacen olvidar que la muerte es algo tan real como la vida que disfrutamos y que por mucho que lo intentemos nunca la podremos burlar con nada, ni con luces de fiestas y ni siquiera con las frases “truco o trato”  o lo que es parecido “travesura o recompensa”.
            Seguiré como si tal cosa, ofreciendo sin rechistar una moneda al niño que llame en la noche a nuestra puerta… porque las flores ya están en el cementerio, como hace tantos años y a la discoteca no iré en estos días.
             


viernes, 26 de octubre de 2018


LAS MARIMANTAS EN CASTELLAR.

(marimanta
De Mari, apóc. de María, y manta.
1. f. coloq. Fantasma o figura con que se mete miedo a los niños.)

Cuando el invierno se acercaba y el viento frío comenzaba a azotar la colina donde se encuentra Castellar, casi todos los años ocurría un fenómeno extraño e inquietante. Como si la misma naturaleza las crease, aparecían las marimantas cuando se echaba la noche, por algunas de las calles del pueblo, entonces poco alumbradas y con el suelo de tierra y barro o como mucho empedradas.
            Surgían tratando de emular algún espíritu o fantasma, de blanco o con colores claros, la cabeza tapada y en la mayoría de los casos con una simple sábana por la cabeza y el cuerpo. Andaban por determinadas zonas del pueblo y casi nunca pasaban por las calles más céntricas, entonces en torno al Ayuntamiento y la Colegiata, aunque si tenían que hacerlo era con rapidez dirigiéndose a sus hábitats más específicos, en la mayoría de las ocasiones por determinadas calles que tenían poco transito e iluminación.
            Los chiquillos, ya preadolescentes, volvíamos del colegio, después de las ocho de la tarde un poco azorados y apretando el paso, a veces con miedo, sobre todo si teníamos que pasar por algunas zonas especialmente solitarias. Y no… no es que las marimantas hicieran nada a nadie en especial y menos a los niños, aunque según la definición de la RAE sea esta una figura que se utiliza para “meter miedo a los niños”.
            No parecía ser ese el objeto de las marimantas en nuestro pueblo. Nunca vi alguna, aunque mi padre y mi madre me contaban, tratando de quitarle importancia que no había que tenerles miedo y que aquellas que aparecían lo hacían para resolver algún asunto pendiente familiar o, casi siempre, un lío amoroso.
            Cuando alguna aparecía, el rumor se corría por el pueblo: “hay una marimanta en la calle tal…” Y se procuraba ir con cierta precaución, aunque mi padre me contaba que más de una noche alguna le pidió fuego para un cigarrillo. Él que en muchas ocasiones tenía que madrugar considerablemente y en otras trasnochar por motivos de trabajo, solía verlas, cuando esta o estas aparecían. No eran ni tantas como a veces nos decían, ni tan pocas como para que fuesen producto de la imaginación
            Otras veces se anunciaba y no debía ser real, pues nadie conseguía verla o verlas. Era una forma de gastar una broma macabra para amedrentar a los más miedosos.
            Había ocasiones en que estas figuras de apariencia irreal, pero muy reales, no dejaban pasar por un lugar determinado y si te cruzabas con ella o ellas te indicaban que te marchases para otro sitio y dieses un rodeo.
            También se rumoreaba que la marimanta de la calle tal o cual no era sino un amante o pretendiente de alguien que seguramente estaba casada o casado y en difícil disposición de acceder a lo que se deseaba.
            En otros momentos se decía que a fulanito o menganita le salía una marimanta… Estaba claro que era por algún tema familiar o muy personal y trataban de amedrentar para conseguir lo que de una manera o de otra perseguían.
            En todo caso, en aquellos años de retraso y escasez, no dejaba de ser un elemento más, alarmante en el pueblo y que nos hacía pasar algunas noche del otoño e invierno con cierta preocupación, cuando la luz natural se esfumaba y empezaban a alumbrar aquellas bombillas sujetas en postes u otras en cables de pared a pared, que se bamboleaban con el viento y contribuían a crear sombras fantasmagóricas que los críos de mi época sin duda magnificábamos.
            Pero las marimantas existieron durante muchos años… aunque con el avance de los pueblos, la mejora del urbanismo y de las condiciones de vida de sus habitantes fueron esfumándose y regresando al lugar de donde nunca debieron salir… de aquel viejo baúl que contenía sábanas blancas zurcidas y envejecidas, a veces por el dolor, a veces por el rencor o el puro interés y otras por incontenibles sentimientos de pasión.     
           
           

jueves, 25 de octubre de 2018


Hoy comienzo este blog que alimentaré y perfeccionaré poco a poco y que como veis titulo “Castellar y otras historias”. He querido que el nombre de mi pueblo esté en el título. Castellar es una villa jaenera de tres mil quinientos habitantes. Situado en una colina de la comarca del Condado, cerca de Despeñaperros y de la tierra de Don Quijote y en algunas cosas hermanado con esos lugares, aunque sin perder su carácter puramente andaluz. Desde él se pueden ver y sentir los vientos de las sierras de Cazorla, Mágina y nuestra particular sierra del Oro, en las estribaciones de Sierra Morena.
            Sólo aspiro a que sea este un blog sencillo y con algo de “intimidad”, donde pueda escribir sobre temas directa o indirectamente relacionados con mi pueblo y otros quizás no tanto.
            Desde que salí de Castellar con dieciocho años para situarme en Madrid ha sido muy raro el mes en el que por un motivo u otro no haya vuelto a mi pueblo, aunque solo fuese para pasar un fin de semana. Ahí tengo numerosas vivencias y recuerdos, unos más antiguos que otros y unos mejores que otros, y allí he pasado momentos felices y también de profunda tristeza. En él se formó mi familia y nacimos mis hermanos y yo. Murieron y están enterrados mis familiares. En él me educaron y estudié, viví una infancia feliz, a pesar de las carencias, crecí y conocí el amor y la verdadera amistad, esa que a veces es tan importante o más que la familia misma.
           Mis amigos y amigas o quienes simplemente me conocen saben que de alguna manera mi alma va unida e irá ya para siempre al nombre de Castellar.
            Si algo no debe perder nunca de vista un ser humano son sus orígenes, sus raíces y es por eso que termino con este párrafo de mi pregón de fiestas del año 2010 –censurado posteriormente todo él, por cierto – y en el que pude expresar mis sentimientos por y para mi pueblo.

“Son muchos los ejemplos de la literatura que podríamos poner sobre el hombre que no tiene raíces o que vaga en busca de ellas. Varios autores como Sartre o Camus, se ocupan  de mostrarnos cómo el hombre que no encuentra el fin del fin de sus orígenes, que no es capaz de ver el lugar físico donde un día más o menos lejano vio la luz, tampoco lo encuentra psicológicamente. En casi todos ellos se habla de que ese hombre o esa mujer serán seres desarraigados a los que les faltará algo en su vida. Aunque uno es de donde es, y a menudo es de donde vive en cada momento de su vida, sin embargo la historia personal de cada individuo no se puede hacer desde el momento tal o cual, nos guste o no, la biografía ha de dibujarse completa y la del hombre y mujer tiene que serlo, por tanto, desde su origen. En la vida de cada uno es importante no olvidar nunca de dónde se viene.”