Aquel año el día 7 de enero caía
en domingo. El día después no era, por tanto, día de escuela y a pesar de estar
en plena recolección de aceituna muchos niños se quedaban bajo el cuidado de
abuelos, parientes o vecinos. Otros desde temprano, con la escarcha helada bajo
los pies, estaban ya en el tajo con los padres… o mejor con las madres, pues
los críos hacían las labores de las mujeres de entonces en la aceituna.
Juanito
no; él era de los que se quedaba en su casa. Su madre enferma, con una salud
delicada, muy a su pesar no iría ese año a la aceituna. Entrada la mañana se
acercó hasta la Glorieta. Allí se encontró con otros niños, pocos, que estaban
jugando con sus pistolas de mixtos o tirando de su carreta de juguete con el
burrito o el caballo alazán delante, o montando en su patín –lo de los patines
es muy antiguo- y los más favorecidos incluso con la bicicleta con ruedines,
algo inalcanzable para la mayoría. Las niñas con sus diábolos -o diablos- nuevos
y sus muñecas… ¡juguetes de niñas! se decía entonces sin reparar en las
desigualdades.
En aquellos
años se jugaba a la pelota, no al balón, con cualquier cosa, aunque fuese echa
de trapos, papeles y cuerdas. Juanito llevaba una pelota nueva. Él, además de
dos “velas” deslizándose por su nariz, tenía en una mano una pelota de mediano
tamaño y de goma. El frío del día, a pesar del sol, hacía que los mocos de
algunos críos aparecieran con facilidad. La manga del jerseicillo o la mano misma estaban para algo. No era fácil ver
a un crío con un pañuelo en el bolsillo…algunos sí, pero pocos.
Era el día
después de los Reyes y mientras unos lucían sus juguetes variados y nuevos,
otros sólo tenían esa pelota de regalo de los Magos de Oriente. Y era
mucho… La llevaba cogida con la mano y
como acunada debajo de su brazo. Era su
tesoro. Un juguete nuevo, al menos uno. En su casa todavía había quien dormía
en colchones de paja y no en todas las habitaciones había luz eléctrica y eso
que estábamos ya a principios de los sesenta.
Entre unos y
otros, cada uno a los suyo, se organizaba una partida de distintos juegos,
mientras Juanito botaba su flamante pelota e incitaba a alguno a chutarse sin
demasiada respuesta. Mientras unos y otros jugueteaban apareció otro niño más
con algo bajo el brazo. Era una pelota también, pero de cerca se veía ya mejor:
un balón de “reglamento” en toda regla, de cuero y con colores blancos y negros
en sus dibujos.
La admiración general
fue como si viesen algo fulgurante. Casi todos los niños y alguna niña dejaron
sus juguetes un poco de lado para acercarse en corro, y ver y tocar el balón de
“reglamento”. Algo desconocido y solo visto en las estampas y en las fotos de
los periódicos, o en el fútbol local, pero ahí solía ser uno bastante viejo y
remendado, con múltiples cosidos con bramante. Este no, este era nuevo flamante
y ni siquiera había recibido una sola patada. El afortunado niño explicaba que
los Reyes se lo habían traído directamente desde Madrid.
Todos querían
tocarlo y todos hubieran deseado jugar con él… Pero era un tesoro demasiado
preciado como para emprenderla a patadas con el balón y con todos esos niños
allí. Mejor esperar a que se despejara la plaza… y así se lo pidió su primo al
dueño del balón.
Juanito miraba
su pelota colorada y a pesar de todo era feliz, mientras la echaba al suelo y
le daba alguna patadita que otra. Los demás niños reaccionaron y pensaron,
incitados por la visión del verdadero balón, que mejor jugar al fútbol aunque
fuese con una pelota de goma. Unos cuantos se pusieron a pasarse la pelota y a
chutar a Juanito que hacía de portero. En la barbacana, al lado mismo, el dueño
del balón y su primo miraban a los demás, mientras acariciaban el regalo de
cuero, esperando que todos se fuesen a comer a casa. Entonces sería el momento
de que los dos solos se pusiesen a juguetear con su premio especial, aquel balón
de reglamento” y madrileño.
Sudorosos a
pesar del frío y olvidados ya de los mocos, los demás recogieron sus juguetes y
Juanito su pelota y se marcharon para sus casas. Iba satisfecho de que su
pelota hubiese servido para jugar con todos los que quisieron y así pudo compartirla
con los demás.
En casa le
esperaba otro regalo de Reyes: el tren de cuerda, con locomotora y tres
vagones, del año pasado, que los Magos le habían arreglado de forma precisa y
lo habían puesto de nuevo en funcionamiento como un regalo más de ese año. Era
su tren de los sueños…aunque fuese repetido. Con la pelota algo polvorienta ya,
colocada en el centro, armó el círculo que formaban las vías, dio cuerda al
trenecillo y lo puso en marcha mientras lo miraba extasiado, dando vueltas y
más vueltas. ¡Qué buenos habían sido con él “sus” Reyes Magos! pensaba mientras
se limpiaba la nariz con sus jersey.
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