martes, 8 de enero de 2019

El día después de Reyes.


Aquel año el día 7 de enero caía en domingo. El día después no era, por tanto, día de escuela y a pesar de estar en plena recolección de aceituna muchos niños se quedaban bajo el cuidado de abuelos, parientes o vecinos. Otros desde temprano, con la escarcha helada bajo los pies, estaban ya en el tajo con los padres… o mejor con las madres, pues los críos hacían las labores de las mujeres de entonces en la aceituna.
            Juanito no; él era de los que se quedaba en su casa. Su madre enferma, con una salud delicada, muy a su pesar no iría ese año a la aceituna. Entrada la mañana se acercó hasta la Glorieta. Allí se encontró con otros niños, pocos, que estaban jugando con sus pistolas de mixtos o tirando de su carreta de juguete con el burrito o el caballo alazán delante, o montando en su patín –lo de los patines es muy antiguo- y los más favorecidos incluso con la bicicleta con ruedines, algo inalcanzable para la mayoría. Las niñas con sus diábolos -o diablos- nuevos y sus muñecas… ¡juguetes de niñas! se decía entonces sin reparar en las desigualdades.
En aquellos años se jugaba a la pelota, no al balón, con cualquier cosa, aunque fuese echa de trapos, papeles y cuerdas. Juanito llevaba una pelota nueva. Él, además de dos “velas” deslizándose por su nariz, tenía en una mano una pelota de mediano tamaño y de goma. El frío del día, a pesar del sol, hacía que los mocos de algunos críos aparecieran con facilidad. La manga del jerseicillo o la mano misma estaban para algo. No era fácil ver a un crío con un pañuelo en el bolsillo…algunos sí, pero pocos.
Era el día después de los Reyes y mientras unos lucían sus juguetes variados y nuevos, otros sólo tenían esa pelota de regalo de los Magos de Oriente. Y era mucho…  La llevaba cogida con la mano y como acunada  debajo de su brazo. Era su tesoro. Un juguete nuevo, al menos uno. En su casa todavía había quien dormía en colchones de paja y no en todas las habitaciones había luz eléctrica y eso que estábamos ya a principios de los sesenta.
Entre unos y otros, cada uno a los suyo, se organizaba una partida de distintos juegos, mientras Juanito botaba su flamante pelota e incitaba a alguno a chutarse sin demasiada respuesta. Mientras unos y otros jugueteaban apareció otro niño más con algo bajo el brazo. Era una pelota también, pero de cerca se veía ya mejor: un balón de “reglamento” en toda regla, de cuero y con colores blancos y negros en sus dibujos.
La admiración general fue como si viesen algo fulgurante. Casi todos los niños y alguna niña dejaron sus juguetes un poco de lado para acercarse en corro, y ver y tocar el balón de “reglamento”. Algo desconocido y solo visto en las estampas y en las fotos de los periódicos, o en el fútbol local, pero ahí solía ser uno bastante viejo y remendado, con múltiples cosidos con bramante. Este no, este era nuevo flamante y ni siquiera había recibido una sola patada. El afortunado niño explicaba que los Reyes se lo habían traído directamente desde Madrid.
Todos querían tocarlo y todos hubieran deseado jugar con él… Pero era un tesoro demasiado preciado como para emprenderla a patadas con el balón y con todos esos niños allí. Mejor esperar a que se despejara la plaza… y así se lo pidió su primo al dueño del balón.
Juanito miraba su pelota colorada y a pesar de todo era feliz, mientras la echaba al suelo y le daba alguna patadita que otra. Los demás niños reaccionaron y pensaron, incitados por la visión del verdadero balón, que mejor jugar al fútbol aunque fuese con una pelota de goma. Unos cuantos se pusieron a pasarse la pelota y a chutar a Juanito que hacía de portero. En la barbacana, al lado mismo, el dueño del balón y su primo miraban a los demás, mientras acariciaban el regalo de cuero, esperando que todos se fuesen a comer a casa. Entonces sería el momento de que los dos solos se pusiesen a juguetear con su premio especial, aquel balón de reglamento” y madrileño.
Sudorosos a pesar del frío y olvidados ya de los mocos, los demás recogieron sus juguetes y Juanito su pelota y se marcharon para sus casas. Iba satisfecho de que su pelota hubiese servido para jugar con todos los que quisieron y así pudo compartirla con los demás.
En casa le esperaba otro regalo de Reyes: el tren de cuerda, con locomotora y tres vagones, del año pasado, que los Magos le habían arreglado de forma precisa y lo habían puesto de nuevo en funcionamiento como un regalo más de ese año. Era su tren de los sueños…aunque fuese repetido. Con la pelota algo polvorienta ya, colocada en el centro, armó el círculo que formaban las vías, dio cuerda al trenecillo y lo puso en marcha mientras lo miraba extasiado, dando vueltas y más vueltas. ¡Qué buenos habían sido con él “sus” Reyes Magos! pensaba mientras se limpiaba la nariz con sus jersey.



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