lunes, 28 de enero de 2019

En 1927 Castellar abrió su primer grifo de agua potable en el casco urbano.

(A mi padre, Alfonso "el del agua", que durante la mayor parte de su vida estuvo al cargo del abastecimiento de agua a su pueblo, Castellar)


 
 Era una fría y ventosa madrugada de marzo de 1927. Un grupo reducido de concejales habían quedado con el Alcalde D. Juan de Dios, para abrir el grifo de la primera fuente pública del pueblo, situada a su entrada, por la carretera que conducía directamente al lugar de “El Caño” y al Santuario de  Consolación. No se había avisado a nadie más. El noventa por ciento de la población de Castellar se había opuesto al proyecto de subida de agua potable al pueblo. No fue fácil y la licitación de las obras tuvo que solventar varios problemas. Hay que tener en cuenta que en aquellos años, aquel proyecto parecía una autentica locura para la gente del pueblo llano e incluso para muchos con estudios, llegando a crear gran malestar por considerarlo como algo inútil.
            Tres años antes, en 1924, cuando Castellar contaba con casi seis mil habitantes, una corporación municipal dispuesta a implantar y modernizar servicios básicos del pueblo, había aprobado la redacción de un proyecto, que se comenzó en 1925, y la petición de una subvención para el abastecimiento de aguas a nuestro pueblo. Había sido idea de aquel alcalde, de profesión ingeniero, y prácticamente todos los concejales acogieron la idea con entusiasmo y muchas expectativas, al contrario que la mayoría del pueblo. Expectativas que no se verían defraudadas.
            El proyecto consistía en tejer una red de pozos artesanos, que terminaban irremediablemente en un pozo maestro, construido en el camino de Consolación y desde allí bajaba el agua, unos ochocientos metros de forma natural, por una galería de piedra desde ese lugar hasta un deposito colector, situado en el Caño, con una cota bastante más baja, donde ya existía una fuente natural.
          Anexionada a ese depósito se construyó una caseta elevadora de agua, con varias bombas hidráulicas, alimentadas por energía eléctrica, que podían funcionar por separado o conjuntamente. Desde allí se elevaba el agua hasta el depósito de distribución situado en la parte más alta del pueblo, en las eras del Perregular, a unos setecientos metros de la estación elevadora. Desde ese depósito el agua llegaría al pueblo, por tuberías instaladas para ese propósito, hasta una primera fuente situada a unos doscientos metros aproximadamente del depósito.
            Lo que se hizo aquella madrugada de marzo fue abrir esa fuente y cuando todos se convenciesen de que aquello funcionaba correctamente, el pueblo quedaría entusiasmado y se comenzarían los trabajos de instalación de la red de distribución de agua por todo el casco urbano. Antes se irían ampliando el número de fuentes públicas para hacer llegar el agua hasta los lugares más diversos del pueblo.
            Cuando D, Juan de Dios procedió a girar la llave de aquel primer grifo de latón, el agua comenzó a asomar lentamente, gota a gota, hasta que el chorro se hizo más fluido y constante. La euforia y alegría apenas se pudo acallar, a pesar del miedo a que vecinos del pueblo los tratasen de locos, pues ya en días anteriores amenazaron con apedrear, si se acercaban por la fuente,  a los que pensaban que aquello podía funcionar.
            Algunos se abrazaban ante la satisfacción indisimulable de D. Juan de Dios. Su proyecto meticuloso, estudiado y trabajado hasta el límite, había dado el resultado esperado. Apenas amanecía cuando, mientras esto sucedía, los muleros comenzaban a mover a sus animales camino del campo o de los abrevaderos de las fuentes que había en las afueras.
            Pronto se extendió la buena nueva y fueron muchos los vecinos y vecinas que se dirigieron hacía la fuente para comprobar el “milagro” del agua y la calle se llenaba de incrédulos curiosos que no daban crédito a lo que veían.
El entusiasmo fue indescriptible en los días siguientes. La conversión, ante la desconfianza inicial, fue total y todos pedían ya el agua cerca de sus casas. Por eso se dispuso la instalación de tuberías y de otras fuentes en distintas partes del pueblo –Glorieta, Calvario, Carretera de Villacarrillo, San Benito, etcétera- completándose por tanto hasta ocho fuentes más en sitios estratégicos, de forma que todos tuviesen acceso al agua con relativa facilidad.
            Aquellas obras iniciales costaron en total cuarenta y cuatro mil pesetas, con dos subvenciones distintas. Se podía considerar que Castellar fue el primer pueblo de la provincia de Jaén que canalizó el agua e hizo un proyecto de tal envergadura, incluso un poco antes que Jaén y Linares.
            Esa obra fue un motivo de orgullo para nuestra Corporación municipal y para todo el pueblo, a pesar de los graves obstáculos y reticencias añadidas de la entonces División Hidrográfica del Guadalquivir.
            Ese agua fue suficiente para abastecer al pueblo hasta avanzados los años sesenta en que se realizó, por la Confederación Hidrográfica, un nuevo proyecto para traer el agua desde el pantano del Dañador, siguiendo desde el Caño el mismo sistema y esquema del antiguo, una vez modernizado y construidos nuevos depósitos y una nueva estación elevadora.
            Aquel proyecto inicial fue una de las mayores y más ingentes obras locales del que es hijo predilecto de Castellar y quizás el más insigne de los castellariegos,  D. Juan de Dios González Carral.

(Los datos ha sido extraídos de los libros “Datos geográficos e históricos” de D. Juan de Dios González Carral, y de “150 años de Historia de Castellar” de D. Antonio Robledo Morales, así como de la transmisión oral de mi familia y especialmente de mi padre, Alfonso Anaya, que fue, como funcionario municipal, el encargado del sistema de abastecimiento de aguas del pueblo desde finales de la contienda civil hasta su jubilación en 1976.)

jueves, 17 de enero de 2019

Notas y curiosidades alrededor del día de San Antón.


 - Hogueras, gorrinos –“rito”-, vueltas y bendiciones.

En España hay tradiciones seculares, algunas locales y apenas conocidas si no es por los oriundos del lugar y de los pueblos más cercanos. Esas tradiciones se sostenían en aspectos religiosos indisolublemente mezclados con otros paganos, o también en supersticiones o creencias muy arcaicas. Otras tenían su base en la caridad o sea en la necesidad de atender a los que menos tenían y que en diversos momentos, hace años, eran mayoría en muchos pueblos de nuestro país.

San Antón o San Antonio Abad, ermitaño egipcio, cuya festividad se celebra el diecisiete de enero, está declarado como el patrón de los animales, y como veremos es una fiesta religiosa reconocida que como tantas otras, comparte aspectos paganos en los rituales populares.

Y es que San Antón da para mucho más de lo que creemos. Todos conocemos los sanantones, esas fogatas enormes –hogueras o luminarias- que se hacían y a veces se hacen en mi pueblo y en otros muchos de España y cuyo origen tienen diversas interpretaciones. Desde el broche final de la Navidad –ya se sabe: hasta San Antón Pascuas son- hasta otras que lo justifican en la necesidad de quemar todo lo sobrante de los trabajos agrícolas de esta época o en agradecimiento por sanar algún animal. Es difícil saberlo con exactitud. Suele ocurrir que en algún lugar y en algún momento siempre hay alguien osado que se le ocurre decir lo primero que se le viene en gana… y ya nos quedamos con esa justificación.

Pero hay una tradición, perdida y recuperada por épocas y poblaciones, sin duda muy original, como es la de “El gorrino de San Antón”. En mi pueblo se denominaba el “rito” de San Antón o el “rito” Antón y por más que he buscado no encuentro la acepción de rito empleada para un cerdo o para la cría de un cerdo. Por eso creo que lo mismo que la palabra sanantón deriva de la hoguera de San Antón, lo de “rito” debe provenir por el rito –ritual- de la matanza del cerdo o por el rito en sí de ese acto de suelta del cochino, como ahora veremos. De ahí se ha derivado que en ese rito, se le denomine “rito” al mismo cerdito.

El gorrino de San Antón era y es un cerdo que antiguamente en nuestro pueblo andaluz y en otros pueblos de Andalucía, la Mancha, Castilla, y Extremadura, se donaba y se dejaba en la calle, en libertad, y era alimentado entre toda la comunidad vecinal durante casi todo un año, para posteriormente rifarlo y el dinero obtenido se repartía entre los más necesitados o como en otros lugares se le sacrificaba y el pueblo hacía una fiesta, se compartía su carne, y la mayor parte se repartía entre los más pobres. En todo caso tanto la crianza como el destino del cerdo eran siempre el mismo: socorrer, en un acto de caridad, a los que más lo necesitaban. O sea que el gorrino al ser el símbolo material de un acto de caridad era respetado y cuidado por todos.
 
Como anticipaba, esta tradición se ha intentado recuperar hace no muchos años en algunos lugares, como en mi pueblo. No obstante me han contado  que alguna de las veces mas recientes que se ha soltado el “rito” de San Antón, este no ha llegado a su final pues alguien, por gracia, malicia o necesidad, se debió de apropiar de lo que era de toda la comunidad y fruto de una donación generosa.

Este marrano se bendecía y se solía marcar en las orejas. En otros lugares se le colocaba un adorno o una campanilla para distinguirlo de los demás cochinos que en determinadas horas del día podían andar por el pueblo. Se trataba de los cerdos de propiedad privada que los porqueros –recuerdo a Santos- iban recogiendo de casa en casa, conforme pasaban por las distintas calles. Por una módica cantidad los llevaban durante buena parte de la jornada al campo a los lugares más idóneos donde comer y solazarse. Era curioso ver como la inteligencia de estos animales les hacía dirigirse a sus destinos, a la vuelta, cuando apenas aparecían por las calles de sus dueños e incluso algunos empujaban al portón del patio, corral o casa y se introducían solos en ella.

El “rito” Antón, como se le llamaba y llama en mi pueblo, solía recorrer buena parte de sus calles y plazas durante los meses que permanecía en la calle. A veces se aquerenciaba en algún lugar o zona, hasta que decidía trasladarse. Los vecinos del pueblo le daban desde el berbajo típico hasta los desperdicios y sobras de comidas, incluidas mondas de frutas, etcétera. Todos sabemos que el cerdo es un animal omnívoro, por lo que su alimentación solía ser fácil. El berbajo, un alimento muy completo para los cerdos, es una mezcla de salvado, harina y a veces se le añadía restos de patatas y frutas o mondas de ellas.  También se le daba cobijo en las peores y frías noches de invierno  y en otras ocasiones se le echaba agua en las oquedades de algunos charcos para que se bañase en el barro.

En Madrid, también se celebra este día de otro modo, pues son muy conocidas y originarias –en otros lugares también se celebraban- las “vueltas de San Antón” que consistían en dar vueltas, en romería, alrededor de la Iglesia de San Antón, en la calle Hortaleza, para después bendecir a todos los animales que participen en ellas. Esta tradición sigue celebrándose, ahora en forma de desfile, y el padre Ángel les ha dado más relieve, incluso, en los últimos años al ser esta la Parroquia que está a cargo de Mensajeros de la Paz.












martes, 8 de enero de 2019

El día después de Reyes.


Aquel año el día 7 de enero caía en domingo. El día después no era, por tanto, día de escuela y a pesar de estar en plena recolección de aceituna muchos niños se quedaban bajo el cuidado de abuelos, parientes o vecinos. Otros desde temprano, con la escarcha helada bajo los pies, estaban ya en el tajo con los padres… o mejor con las madres, pues los críos hacían las labores de las mujeres de entonces en la aceituna.
            Juanito no; él era de los que se quedaba en su casa. Su madre enferma, con una salud delicada, muy a su pesar no iría ese año a la aceituna. Entrada la mañana se acercó hasta la Glorieta. Allí se encontró con otros niños, pocos, que estaban jugando con sus pistolas de mixtos o tirando de su carreta de juguete con el burrito o el caballo alazán delante, o montando en su patín –lo de los patines es muy antiguo- y los más favorecidos incluso con la bicicleta con ruedines, algo inalcanzable para la mayoría. Las niñas con sus diábolos -o diablos- nuevos y sus muñecas… ¡juguetes de niñas! se decía entonces sin reparar en las desigualdades.
En aquellos años se jugaba a la pelota, no al balón, con cualquier cosa, aunque fuese echa de trapos, papeles y cuerdas. Juanito llevaba una pelota nueva. Él, además de dos “velas” deslizándose por su nariz, tenía en una mano una pelota de mediano tamaño y de goma. El frío del día, a pesar del sol, hacía que los mocos de algunos críos aparecieran con facilidad. La manga del jerseicillo o la mano misma estaban para algo. No era fácil ver a un crío con un pañuelo en el bolsillo…algunos sí, pero pocos.
Era el día después de los Reyes y mientras unos lucían sus juguetes variados y nuevos, otros sólo tenían esa pelota de regalo de los Magos de Oriente. Y era mucho…  La llevaba cogida con la mano y como acunada  debajo de su brazo. Era su tesoro. Un juguete nuevo, al menos uno. En su casa todavía había quien dormía en colchones de paja y no en todas las habitaciones había luz eléctrica y eso que estábamos ya a principios de los sesenta.
Entre unos y otros, cada uno a los suyo, se organizaba una partida de distintos juegos, mientras Juanito botaba su flamante pelota e incitaba a alguno a chutarse sin demasiada respuesta. Mientras unos y otros jugueteaban apareció otro niño más con algo bajo el brazo. Era una pelota también, pero de cerca se veía ya mejor: un balón de “reglamento” en toda regla, de cuero y con colores blancos y negros en sus dibujos.
La admiración general fue como si viesen algo fulgurante. Casi todos los niños y alguna niña dejaron sus juguetes un poco de lado para acercarse en corro, y ver y tocar el balón de “reglamento”. Algo desconocido y solo visto en las estampas y en las fotos de los periódicos, o en el fútbol local, pero ahí solía ser uno bastante viejo y remendado, con múltiples cosidos con bramante. Este no, este era nuevo flamante y ni siquiera había recibido una sola patada. El afortunado niño explicaba que los Reyes se lo habían traído directamente desde Madrid.
Todos querían tocarlo y todos hubieran deseado jugar con él… Pero era un tesoro demasiado preciado como para emprenderla a patadas con el balón y con todos esos niños allí. Mejor esperar a que se despejara la plaza… y así se lo pidió su primo al dueño del balón.
Juanito miraba su pelota colorada y a pesar de todo era feliz, mientras la echaba al suelo y le daba alguna patadita que otra. Los demás niños reaccionaron y pensaron, incitados por la visión del verdadero balón, que mejor jugar al fútbol aunque fuese con una pelota de goma. Unos cuantos se pusieron a pasarse la pelota y a chutar a Juanito que hacía de portero. En la barbacana, al lado mismo, el dueño del balón y su primo miraban a los demás, mientras acariciaban el regalo de cuero, esperando que todos se fuesen a comer a casa. Entonces sería el momento de que los dos solos se pusiesen a juguetear con su premio especial, aquel balón de reglamento” y madrileño.
Sudorosos a pesar del frío y olvidados ya de los mocos, los demás recogieron sus juguetes y Juanito su pelota y se marcharon para sus casas. Iba satisfecho de que su pelota hubiese servido para jugar con todos los que quisieron y así pudo compartirla con los demás.
En casa le esperaba otro regalo de Reyes: el tren de cuerda, con locomotora y tres vagones, del año pasado, que los Magos le habían arreglado de forma precisa y lo habían puesto de nuevo en funcionamiento como un regalo más de ese año. Era su tren de los sueños…aunque fuese repetido. Con la pelota algo polvorienta ya, colocada en el centro, armó el círculo que formaban las vías, dio cuerda al trenecillo y lo puso en marcha mientras lo miraba extasiado, dando vueltas y más vueltas. ¡Qué buenos habían sido con él “sus” Reyes Magos! pensaba mientras se limpiaba la nariz con sus jersey.



viernes, 4 de enero de 2019

Los Reyes Magos y “La Campana” como almacén de juguetes.


En la infancia y preadolescencia creo que hay tres fases con respecto a los Reyes Magos, que no se cumplen del todo, o sí, dependiendo de cada persona. La primera es cuando apenas se tiene el recuerdo y escuchamos hablar de los Reyes; generalmente estamos un poco descolocados y los vemos como personajes de un cuento o como algo que se mezcla entre lo real y lo irreal; la segunda es cuando ya, más conscientes, creemos firmemente en ellos, pensamos que es una fantasía de la vida y aunque nos perturba, a veces, no dudamos de esa maravillosa historia; la tercera etapa es cuando tras descubrir que los Reyes Magos solo son una ilusión y que realmente no existen pretendemos prolongar la creencia en el tiempo, pues nos cuesta despegarnos de esa maravillosa y fantástica historia. Algunas personas lo prolongan hasta la adolescencia e incluso hay quien de mayor todavía se coloca esa noche, al lado de la cama o en la mesita de noche, los regalos.
En Castellar vivíamos la festividad de los Reyes, en mi familia, con mucha ilusión, pero con un punto de desesperanza e inquietud. Imagino que como en la mayoría. No eran tiempos boyantes. La vida estaba conformada de otra manera y no siempre los Reyes Magos eran todo lo Magos que esperábamos y deseábamos. La cruda realidad era que muchas niñas y niños de entonces vivían muy alejados de estos sueños, algunos viviendo en cortijos y otros dependiendo, ellos y sus familias, de la caridad y de la beneficencia.
En medio de aquella situación surgía algo especial para los que “La Campana”, aquel histórico comercio, era el gran almacén de juguetes, y por tanto de sueños e ilusiones, donde se suponía que los Magos de Oriente hacían acopio de todos ellos para repartirlos, seguramente de una manera un tanto injusta en aquellos años, pero hacían lo que podían. A “La Campana” le acompañaban, como almacenes de ilusión, la tienda de Pedro o el “estanco de arriba” y en menor parte y con otras cosas la Droguería.
            Las huellas de nuestras naricillas pegadas en los cristales de los escaparates, de unos y otros, certificaban que allí irían los Reyes Magos a recoger nuestras peticiones, o al menos parte de ellas. La cristalera de “La Campana” se llevaba la palma… porque también las palmas de nuestras manos infantiles se quedaban marcadas en el frío vidrio. Desde días antes a la festividad de Reyes el escaparate de ese comercio que destacaba, sobre todos, estaba lleno de expectación… y las ilusiones se reflejaban en los rostros infantiles de quienes protagonizábamos aquellas visitas repetidas una y otra vez.
A cargo de “La Campana” estaban Antonio-Darío-, Manuel, Paco, Desi… todos ellos “vendían”, nunca mejor dicho, las bondades de los distintos juguetes…y lo hacían con un estilo tan peculiar como era el de esa familia. Antonio, además, ponía ese punto de humor casi permanente en su vida, mientras salía a la calle para mandarnos para casa cuando veía que ya éramos demasiados los extasiados ante la tienda. Conmigo tenía una consideración distinta, aquella que provenía de la amistad entre nuestras familias, con aquel diminutivo y sonoro “¡Nin!” -diminutivo del diminutivo- con el que me llamaba.
En casa nos cuidábamos de escribir correctamente una carta a los Magos, aún a sabiendas de que podía diferir en todo o al menos en buena parte de la realidad que luego llegaría a nuestros hogares. La advertencia de nuestra familia era clara: “tú escribe que ya los Reyes decidirán lo que es mejor y más apropiado para ti…” En mi caso con todos mis hermanos mayores, se preparaba una cierta parafernalia la noche anterior. Se ponían los zapatos limpios y colocaditos, al lado de la chimenea, y alguna cosa más –lo de la copa fue posterior, al menos en mi familia- algún polvorón o un vaso de agua para los camellos, que como vemos también eran Magos pues con un vaso tenían para los tres…y les sobraba.
El día de Reyes, que comenzaba cuando apenas el alba clareaba siempre aparecía alguna nota, cuya letra me resultaba algo conocida, pues parece que uno de los reyes –mi preferido era y es Baltasar- le dictaba a mi hermano Julio unas líneas con unos consejillos adecuados para el rendimiento escolar y el comportamiento en casa. Y luego aparecían al lado los juguetes. Era como una aparición divina y la incredulidad ante lo que veíamos era palpable.
Ahí podía haber de todo. Nuevo, seminuevo una vez arreglado, y algunas repeticiones, aparte del material escolar, como lápices de colores, un plumier… e incluso, a veces, una cartera.
Los juguetes nuevos desprendían un olor característico y maravilloso… Sí, sí… no es ninguna tontería. El olor de los juguetes –creo que al contrario de ahora todo olía entonces- era especial; y no digamos el del material escolar que nos fascinaba y transportaba en ese mundo mitad realidad, mitad fantasía.
Entre aquellos juguetes que más ilusión me hacían, o me hicieron, estaba un cine Nic, ya reciclado de mis hermanos, con sus películas de papel tratado, de las cuales mis hermanos Alfonso y Julio, especialmente el primero, se convirtieron en especialistas creando nuevas películas –había una sencilla técnica de tratamiento del papel con los dibujos- que repetíamos una y mil veces. Posteriormente un nuevo cine, este sí era nuevo, pedido a través del catálogo de Galerías Preciados, hizo mis delicias al ser más moderno. Creo recordar que era de la casa Payá.
Hablaba de Galerías Preciados porque en aquellos años recibíamos en mi casa los catálogos de esos grandes almacenes que nos servían para orientarnos con los juguetes. Ni que decir tiene que luego algunos de los que venían de “La Campana” no solían ser tan sofisticados, ni terminados, como los que habíamos visto en el referido catalogo, pero eso apenas se notaba.
Otro de los juguetes que más ilusión me causaron era un tren, de cuerda claro. El cine y los trenes eran mis juguetes preferidos, junto con los “Juegos Reunidos” y las arquitecturas de madera,
aunque también aquellas escopetillas de tapones de corcho o pistolas de mixtos, que al ser de chapa y no muy precisas te cogían algún pellizco que otro en los dedos o en la mano, al manejarlas. Y así podría describir algunos juguetes más como un precioso barco de chapa multicolor, imitación del Titanic, de mis hermanos… etcétera. Un sinfín de anécdotas y sucedidos que sin duda conformaban ese día en una jornada tan especial están en el recuerdo de cada uno en unos años en que todo era tan distinto a hoy.
Las desilusiones que también llegaban, al no encontrar lo que esperábamos, se diluían inmediatamente por un mecanismo interior automático que las niñas y los niños de entonces, no sé si los de ahora, teníamos. O bien por una nota de SS. MM. explicativa al efecto que nos congraciaba de nuevo con ellos y es que nuestra capacidad de superación a la frustración era grande.
Ya en años posteriores, en la década de los setenta, en Castellar surgió otra gran ilusión, la de la Cabalgata de Reyes, que se inició con el Movimiento Junior de las Juventudes de Acción Rural Católica, o sea en el Club Parroquial, y que consiguieron, por vez primera en el pueblo, movilizar y unir anhelos y esperanzas para convertir en realidad, por unas horas, aquello con lo que tantas niñas y niños del pueblo soñamos: sus Reyes Magos.