Era una fría y ventosa madrugada
de marzo de 1927. Un grupo reducido de concejales habían quedado con el Alcalde
D. Juan de Dios, para abrir el grifo de la primera fuente pública del pueblo, situada
a su entrada, por la carretera que conducía directamente al lugar de “El Caño”
y al Santuario de Consolación. No se
había avisado a nadie más. El noventa por ciento de la población de Castellar
se había opuesto al proyecto de subida de agua potable al pueblo. No fue fácil
y la licitación de las obras tuvo que solventar varios problemas. Hay que tener
en cuenta que en aquellos años, aquel proyecto parecía una autentica locura
para la gente del pueblo llano e incluso para muchos con estudios, llegando a
crear gran malestar por considerarlo como algo inútil.Tres años antes, en 1924, cuando Castellar contaba con casi seis mil habitantes, una corporación municipal dispuesta a implantar y modernizar servicios básicos del pueblo, había aprobado la redacción de un proyecto, que se comenzó en 1925, y la petición de una subvención para el abastecimiento de aguas a nuestro pueblo. Había sido idea de aquel alcalde, de profesión ingeniero, y prácticamente todos los concejales acogieron la idea con entusiasmo y muchas expectativas, al contrario que la mayoría del pueblo. Expectativas que no se verían defraudadas.
El
proyecto consistía en tejer una red de pozos artesanos, que terminaban
irremediablemente en un pozo maestro, construido en el camino de Consolación y
desde allí bajaba el agua, unos ochocientos metros de forma natural, por una
galería de piedra desde ese lugar hasta un deposito colector, situado en el
Caño, con una cota bastante más baja, donde ya existía una fuente natural.
Anexionada
a ese depósito se construyó una caseta elevadora de agua, con varias bombas
hidráulicas, alimentadas por energía eléctrica, que podían funcionar por
separado o conjuntamente. Desde allí se elevaba el agua hasta el depósito de distribución
situado en la parte más alta del pueblo, en las eras del Perregular, a unos
setecientos metros de la estación elevadora. Desde ese depósito el agua
llegaría al pueblo, por tuberías instaladas para ese propósito, hasta una
primera fuente situada a unos doscientos metros aproximadamente del depósito.
Lo
que se hizo aquella madrugada de marzo fue abrir esa fuente y cuando todos se convenciesen
de que aquello funcionaba correctamente, el pueblo quedaría entusiasmado y se
comenzarían los trabajos de instalación de la red de distribución de agua por
todo el casco urbano. Antes se irían ampliando el número de fuentes públicas
para hacer llegar el agua hasta los lugares más diversos del pueblo.
Cuando
D, Juan de Dios procedió a girar la llave de aquel primer grifo de latón, el
agua comenzó a asomar lentamente, gota a gota, hasta que el chorro se hizo más
fluido y constante. La euforia y alegría apenas se pudo acallar, a pesar del miedo
a que vecinos del pueblo los tratasen de locos, pues ya en días anteriores amenazaron
con apedrear, si se acercaban por la fuente,
a los que pensaban que aquello podía funcionar.
Algunos
se abrazaban ante la satisfacción indisimulable de D. Juan de Dios. Su proyecto
meticuloso, estudiado y trabajado hasta el límite, había dado el resultado
esperado. Apenas amanecía cuando, mientras esto sucedía, los muleros comenzaban
a mover a sus animales camino del campo o de los abrevaderos de las fuentes que
había en las afueras.
Pronto
se extendió la buena nueva y fueron muchos los vecinos y vecinas que se dirigieron
hacía la fuente para comprobar el “milagro” del agua y la calle se llenaba de
incrédulos curiosos que no daban crédito a lo que veían.
El entusiasmo
fue indescriptible en los días siguientes. La conversión, ante la desconfianza
inicial, fue total y todos pedían ya el agua cerca de sus casas. Por eso se
dispuso la instalación de tuberías y de otras fuentes en distintas partes del
pueblo –Glorieta, Calvario, Carretera de Villacarrillo, San Benito, etcétera- completándose
por tanto hasta ocho fuentes más en sitios estratégicos, de forma que todos
tuviesen acceso al agua con relativa facilidad.
Aquellas
obras iniciales costaron en total cuarenta y cuatro mil pesetas, con dos
subvenciones distintas. Se podía considerar que Castellar fue el primer pueblo
de la provincia de Jaén que canalizó el agua e hizo un proyecto de tal
envergadura, incluso un poco antes que Jaén y Linares.
Esa
obra fue un motivo de orgullo para nuestra Corporación municipal y para todo el
pueblo, a pesar de los graves obstáculos y reticencias añadidas de la entonces
División Hidrográfica del Guadalquivir.
Ese
agua fue suficiente para abastecer al pueblo hasta avanzados los años sesenta
en que se realizó, por la Confederación Hidrográfica, un nuevo proyecto para
traer el agua desde el pantano del Dañador, siguiendo desde el Caño el mismo
sistema y esquema del antiguo, una vez modernizado y construidos nuevos
depósitos y una nueva estación elevadora.
Aquel
proyecto inicial fue una de las mayores y más ingentes obras locales del que es
hijo predilecto de Castellar y quizás el más insigne de los
castellariegos, D. Juan de Dios González
Carral.
(Los datos ha sido extraídos de
los libros “Datos geográficos e históricos” de D. Juan de Dios González Carral,
y de “150 años de Historia de Castellar” de D. Antonio Robledo Morales, así
como de la transmisión oral de mi familia y especialmente de mi padre, Alfonso
Anaya, que fue, como funcionario municipal, el encargado del sistema de
abastecimiento de aguas del pueblo desde finales de la contienda civil hasta su
jubilación en 1976.)









