(Parte II y última, dividida en epígrafes para una mejor comprensión).
- La pensión de “orfandad” que le
podía quedar a mi madre.
Era por el año 1989. María
Dolores estaba destinada en el Ministerio de Hacienda (clases pasivas) y me
comenta que mi madre –mi padre ya no estaba entre nosotros- tenía derecho a una
pensión por el fallecimiento en acto de servicio de mi hermano Alfonso. No se
tramitaba de oficio, había que solicitarla y aportar una importante cantidad de
documentación. No teníamos ninguna… y a mi madre, ya mayor, queríamos evitarle
recordar algo tan doloroso. Se lo comenté y me preguntó emocionada si ella
tenía que hacer algo especial. Le dije que no se preocupase y que ya la iríamos
informando. La tranquilicé mientras la animaba para que no pensase en ello, indicándole que nosotros nos
encargaríamos de todo.
Comenzaba
un largo camino que duró más de un año para conseguir la documentación precisa
de aquel suceso, del que no teníamos constancia alguna oficial y del que tan
pocas cosas sabíamos… Sólo lo que nos habían dicho y contado, de palabra, las
autoridades militares y el testimonio de mi amigo Ángel, que nunca le llegué a
contar a mi madre con detalle.
-
La llegada a Castellar con mi hermano Alfonso, muerto,
y los días posteriores.
De aquel 13 de
mayo de 1958, no recuerdo a la hora a la que llegamos a Castellar
con el féretro de mi hermano. Sólo tengo la percepción de que tuvimos que
esperar bastantes horas en Madrid, para preparar su traslado y que viajamos
desde allí con varios vehículos del Ejército del Aire y un grupo de soldados
pertenecientes a la Escuadrilla de Alfonso.
A
la llegada, alguien se hizo cargo de mí, e imagino que sería mi tía Martina,
cuando un enorme gentío, difícil de describir y de imaginar en los tiempos
actuales, esperaba la comitiva en los alrededores y a las puertas del edificio
donde vivíamos. Trasladado por sus compañeros y por otros militares, llevaron
la caja mortuoria hasta una habitación cercana a nuestra vivienda y que estaba
situada justo enfrente de la oficina de telégrafos, que también la albergaba
ese edificio municipal. Era una habitación que mi padre utilizaba para despacho de sus otros trabajos como el de representación de seguros, además de su
empleo como funcionario municipal. Allí instalaron lo que sería la capilla
ardiente y a mi hermano solo se le podía ver el rostro por un pequeño cristal que
tenía el ataúd y que permaneció abierto a veces.
Sus
amigos de siempre lo velaron y estuvieron a su lado, junto con el resto de la
familia, mientras, en otras habitaciones de mi casa y del edificio, así como en
los alrededores, la gente se agolpaba incluso durante la noche. Era
un joven muy conocido y querido, como lo eran mis padres. Al tratarse de una familia
también conocida como él, y especialmente mi padre, el duelo del entierro, con
una gran parte del pueblo, fue algo tremendo y sobrecogedor, para nosotros, como lo fueron los
días, las semanas, los meses y los años posteriores. Aquella noche y el
día del entierro, en mi casa no cabía ya nadie y el resto del edificio de las escuelas,
en su planta baja, se encontraba atestado de gente, del mismo modo que en la calle y
después en la iglesia y hasta en el
cementerio.
Desde
la iglesia mi hermano fue llevado hasta el Cementerio Municipal situado a tres
kilómetros del centro del pueblo, a hombros de sus amigos, entre los que se
encontraba, confirmado por él, Juan Villaldea, hijo del celebre y querido maestro
de Castellar e imaginamos que Gustavo y otros.
Aquellas
vivencias resultaron muy duras para toda la familia y amigos, y a partir de
esos momentos mi vida, tan corta aún, cambió por completo. Me vistieron de luto
riguroso y la vida, en parte y en el concepto más amplio, se acabó también un
poco para todos nosotros. Fueron días muy duros, en los que el pueblo entero
estaba impresionado por aquel accidente de tan fatales consecuencias para mi
hermano y para nosotros como daño colateral. Aquel luto y aquella nueva manera
de vivir, con miedos, zozobra y tristeza perduró, como he dicho, semanas, meses
e incluso años. Solo la juventud de mis otros dos hermanos, Julio y José María,
y la fuerza y el carácter de mi madre nos hicieron renacer poco a poco de aquel
durísimo golpe.
- Los motivos de que Alfonso
se fuese a Madrid, en el año 1957, como voluntario al Servicio Militar.
No
podía imaginar mi hermano, cuando meses antes había salido rumbo a Madrid, que
volvería de aquella manera. Su enorme afición a los aviones y especialmente a
la mecánica de sus motores, le hizo, desde muy joven, pensar en marcharse a
Torrejón, como voluntario, para hacer la mili y allí prepararse adecuadamente
con el objeto de alcanzar la profesión de mecánico de aeronaves.
Alfonso
escribía pequeñas novelas y narraciones, alguna conservo, y aunque no había
terminado bachiller –como hermano mayor, siempre estaba ayudando a mi padre en
todo- era, como digo, muy aficionado a escribir y también tocaba la armónica,
de la que era un entusiasta. En su maleta llevaba dos de ellas cuando se marchó
y en la maleta nos las devolvieron junto con otros objetos personales.
Sus
proyectos de futuro, habían provocado, en mi casa, alguna que otra discusión,
pues mi madre no quería que su hijo, en el año 1957, se fuese a Madrid, tan
lejos entonces, a hacer el servicio militar y a aprender un oficio, en una base
aérea. De alguna manera mi padre lo
apoyó siempre y mi madre terminó cediendo, animada por el hecho de que en
Madrid tenía a mi tía Martina y a mi tío Manuel, hermano de mi padre. Eso la
tranquilizaba en parte. Sólo en parte.
- Algunas de
las consecuencias del fallecimiento de mi hermano.
Mi
madre estuvo algunos años sin salir de casa. Ni a la
puerta de la calle. Sólo a misa, preferentemente a misa temprana, y con un
enorme manto negro que le cubría hasta por debajo de la cintura. Mi padre se
ocupaba, junto con mis otros dos hermanos, de los recados y de las compras.
Esta situación hizo que yo estuviese mucho con mi padre y que me llevase a
tantos sitios con él de la mano. Mi luto riguroso también
duró, al menos, un par de años, pero, a pesar de todo, mi infancia transcurrió,
con un fondo de tristeza, pero agradable. Y es que tenía otros hermanos muy
jóvenes. José María, un ser humano excepcional, era especialmente alegre, y
estaba a nuestro lado mi madre que fue capaz de superar aquel tremendo dolor
por sus otros hijos. Crecí con el permanente recuerdo de mi hermano Alfonso, al
que me achacaban gran parecido: “Dios te ha dejado su retrato” le decían a mi
madre refiriéndose a mi, no sin exageración, al comprobar la realidad, y con el
único ánimo de consolarla.
Mi
hermano Julio ya no fue a la mili, lo que le facilitó que pudiese ejercer de
maestro con poco más de dieciocho años, tal y como aquel Teniente General le
había prometido a mis padres. Viajó a Madrid, con mi padre y mi tía, y se
volvió con la cartilla y licenciado a Castellar, en apenas dos o tres días, lo
que tardaron en hacerle los tramites y sin pisar un cuartel o una base. Solo tuvo
que ir a la Calle Quintana, el edificio de la Primera Región Aérea, lugar donde
estaban ubicados el despacho y la vivienda del Teniente General, y donde quince años después hice la mili
como voluntario del Ejército del Aire.
Mi hermano José María y yo, si tuvimos
que hacer la mili, puesto que habían cambiado los mandos de aquellos días y de
aquel año aciago. La hicimos ambos como voluntarios, con siete años de
diferencia, y con buenos destinos propiciados por aquel Cabo Primero, Magariño, -luego Sargento Magariño por la ley creada a
tal efecto para los cabos primeros que se encontraban en la misma situación que
él- al que ya he mencionado antes, asistente del Teniente General, que a su
manera trató de hacernos de la forma más agradable posible nuestra estancia en
el Ejército… y lo logró, aunque las circunstancias de José María fuesen, por
desgracia, muy distintas al final de su servicio militar.
- Cuando
buscamos toda la documentación del expediente del fallecimiento de mi hermano y
nos encontramos muchas y desagradables sorpresas.
Tuvieron
que pasar muchos años para descubrir un gran número de detalles de los que mis
padres ni siquiera supieron nada, respecto a la muerte de mi hermano. El
conocimiento de la posibilidad de una pensión, ya narrado, nos llevó a buscar
todo el expediente, no sin cierta dificultad, de aquel trágico suceso. Recordé que cuando estaba haciendo la mili,
Magariño me había señalado una sala de archivo de causas judiciales en un ala
del edificio de la calle Quintana y me dijo: “Antonito -así me llamaba él- ahí
tiene que estar el expediente completo del juzgado que llevó la causa de tu
hermano Alfonso”. Miré, muy por encima, la sala y era un recinto con grandes
estanterías metálicas, repleto de legajos y carpetas con numerosísimos
expedientes judiciales. No supe que hacer ante aquello y preferí olvidarlo.
Conté a varios
amigos militares, amigos de mi estancia de doce años en el Ministerio de
Defensa, la necesidad de obtener esa documentación y recordé aquellas palabras
de Magariño mostrándome la sala donde estaba aquel expediente judicial. Un
sábado por la mañana, con uno de estos amigos, nos dirigimos a aquel lugar
donde había hecho la mili hacía dieciséis años. Solicitamos permiso al Teniente
Coronel Auditor que estaba de guardia aquel día y nos pusimos a la búsqueda.
Una o dos horas bastaron para encontrar lo que era una causa judicial, y no un
mero expediente. Una gran carpeta con cientos y cientos de folios y
documentación, con el nombre de Alfonso Anaya Marín. Mi amigo y yo comentamos,
con lo poco que habíamos visto que aquello había tenido mucha más importancia
de la que había trascendido y con todo el legajo nos fuimos al despacho del
Teniente Coronel. Este alegrándose de que lo hubiésemos encontrado tan rápido,
comenzó a pasar folios, carpetillas, documentos. Poco a poco le fue cambiando
el semblante y comenzó a hacerme una serie de preguntas, algunas de las cuales,
las más importantes, transcribo:
-
¿Usted sabia que se había celebrado un juicio por la
muerte de su hermano, la de otro compañero y de varios heridos graves más?
-
¿Sabía que el imputado era uno de sus compañeros,
quedando probado que fue el que provocó la explosión y al que se le condenó a
varios años de prisión militar, por imprudencia temeraria con resultado de
muertes y daños materiales?
-
¿Le comunicaron a su padre, en algún momento, la
celebración de este juicio, este fallo y además una indemnización que el juez
impuso, por la muerte de su hermano, al soldado condenado?
Al ser todas
mis respuestas negativas, el Teniente Coronel, que no salía de su asombro, al
igual que mi amigo, me comentó que quizás mis padres si supieran algo. Le
aseguré que no, que mis padres no nos hubiesen ocultado algo así y que jamás se
habló en mi casa de juicio alguno y menos de condena o indemnización de ningún
tipo. Tampoco se recibió comunicación oficial alguna, ni directa ni
indirectamente. En ese momento el mando militar me dijo que se quedaba con todo
el legajo en su despacho y que lo pidiese oficialmente y por escrito a través
del Gobierno Militar de Madrid. Él se ocuparía de que llegase todo a mi poder
en el menor tiempo posible para tramitar la pensión. Tardó varios meses.
- Lo que
figuraba en aquellos cientos de folios.
La
sorpresa, tremenda, y más grande si cabe, surgió cuando comprobamos personalmente,
en los
cientos de folios escritos para la causa, cuantas cosas eran totalmente
desconocidas por mi familia. Mi madre falleció, años después sin llegar a
enterarse de todas estas circunstancias que preferimos ocultarle. Tampoco mi
hermano mayor quiso saber demasiado por lo que me encargué prácticamente de
todo con la ayuda de María Dolores.
Una
de las primeras sorpresas es que a mi hermano le hicieron la autopsia y que mis
padres nunca llegaron a saber. Resultaba, como era lógico, que ante el
accidente se abriese un expediente judicial de oficio para depurar
responsabilidades y por lo tanto ese acto forense era necesario e ineludible.
Del mismo modo se instruyó una causa militar por imprudencia temeraria con
resultado de muertos y heridos, contra el soldado autor material de la acción que
provocó la explosión. Este, como estrategia de su defensa, culpaba de todo a
los dos fallecidos, entre los cuales estaba mi hermano, pero los hechos
probados y el testimonio abrumador de los demás compañeros vivos, eran contrarios
a esa teoría, y esto llevó, en un juicio militar, a que se condenase a este
joven a, creo recordar, siete años de prisión, y a una indemnización de setenta
y cinco mil pesetas de entonces para mis padres. Lo que equivalía a una
cantidad aproximada de un millón y medio de pesetas en el año que obteníamos y leíamos
esos documentos. Teniendo en cuenta el nivel de vida de 1958, resultaba una
apreciable cantidad.
Lo peor de
todo es que mis padres nunca tuvieron conocimiento de aquel procedimiento
judicial, ni de nada que se le pareciese. Ni se les notificó cualquier cuestión
relativa a la indemnización, ni a la condena y menos, claro, lo relativo al
indulto inmediatamente posterior a la condena. Sólo había que pasar una hoja y
una fecha para comprobarlo, y de la también inmediata declaración de
insolvencia de esta persona. Prácticamente todo se hizo casi a la vez. Resultó
muy dolorosa la lectura detallada de todos los documentos de aquella amplia
causa.
Conviene
situar los hechos en la época y en los años que aquello sucedía y decir, que
este soldado que había sido condenado e indultado inmediatamente, era, cuando
menos, paisano y bastante conocido del Teniente General, según averiguaciones
posteriores.
- El final: la resolución que dio lugar a una pensión para
mi madre y mis dudas sobre la forma de hacer justicia en aquel caso.
Defensa aprobó
la muerte de mi hermano en acto de servicio y con un amigo militar organizamos
la forma de llevar a mi madre a Torrejón, para firmar una documentación, que la
generosidad, la compasión y la profesionalidad de un juez militar lo redujo a
una sola ocasión, cuando deberían ser varias. Ella nunca llegó a saber que
estuvo en la base donde su hijo sufrió un accidente provocado por un compañero y
de donde salió herido de muerte, pues lo hicimos todo de forma que no llegó a
hacerse idea de donde estaba siquiera. Para
ella sólo fueron unos edificios militares, con oficinas y poco más. Murió sin
enterarse absolutamente de nada de lo que había sucedido en torno a la muerte
de su hijo Alfonso, del mismo modo que murieron mi padre y mi hermano José María.
Mi
madre sólo disfrutó unos pocos años, siete, de aquella pensión oficial que le
fue concedida. Y en aquellos momentos dudé y mucho si llevar toda la
documentación, parte importante de la cual conservo, a un abogado, al que sólo
consulté por teléfono, para intentar que se hiciese finalmente la justicia que creo
que no se había hecho. Al no tener conocimiento mis padres de nada, ni figurar
documento alguno donde se les diese traslado de las actuaciones judiciales, se
podía considerar algo muy especial y bastante irregular, pero tras localizar,
incluso, el domicilio y el teléfono de la persona que cometió aquella tremenda
imprudencia con resultado de dos muertes y varios heridos muy graves, me eché
para atrás al comprobar que su vida transcurría con su familia y con sus hijos
y que seguía viviendo y desarrollando su profesión en aquel pueblecito cantabro
tan encantador y típico, de donde también era originario el Teniente General,
que me sostuvo en brazos en el hospital y que tan bien se había portado con
nosotros en aquellos terribles momentos.
Pedí consejo a amigos y familiares, y tras escuchar las opiniones, decidí
dejar que quedase todo como estaba. Todavía, a día de hoy, no estoy seguro de
si hice bien o mal, o si hubiese conseguido algo… No lo sé. Pero fue mi
decisión y solo mía. Nunca sabré con certeza lo que hubiese sido
-Madrid- Castellar, mayo de 2021-