lunes, 11 de octubre de 2021

Curiosidades y algunas anécdotas de los cines en Castellar.

 


 

    Como es sabido y he referido en varios artículos anteriores, en Castellar, a finales de los sesenta y muy primeros de los setenta, llegaron a coexistir en verano hasta cinco cines. Colomer, con su estupenda sala; Mariquita, con su hijo Ciriaco, en su gran terraza de verano, y su sala de invierno; Colomer con su terraza de verano, en la Avda. de José López y el Cine Avenida, la gran novedad durante unos pocos años, situado en los corralones de la viuda de D. Lucas, donde inmediatamente después se construyó el Parque anexo a la Glorieta.

 Cine Avenida, cine de verano.

     Comenzaremos con este magnífico espacio del Cine Avenida, lugar que por sus características, hubo que acondicionar especialmente, alisando suelos que se cubrieron con gravilla a la vez que se subieron las paredes del solar con cañizo para impedir la visión desde fuera y desde los más diversos lugares. La pantalla, panorámica y gigante, en aquel momento, comparada con las de los demás, llamaba la atención por su espectacularidad. Un sonido estéreo muy potente inundaba no sólo el cine sino toda la zona. Lo regentaron D. Francisco Sanjuán y D. José Vicent.

         En este cine se instaló una barra, a modo de ambigú, y se completó el recinto con sillas de madera, de tijera, que permitía, en cualquier momento, ampliar el aforo dadas sus grandes dimensiones. Este fue su punto flaco  y de ahí surgieron sus principales anécdotas pues las sillas, no de muy buena calidad y bastante ligeras,  no siempre soportaban el peso de los castellariegos y fueron varios los casos en los que la silla colapsó con la consiguiente costalada del espectador o espectadora. Era fácil y divertido, antes nos reíamos por poco, ver a los usuarios probando las sillas con esmero, antes de acomodarse y buscando la más segura. Era todo un trabajo.

     Otra curiosidad de este cine consistía en que había personas que, desde fuera, no veían la pantalla, claro está, pero si escuchaban las películas, como si de una novela radiofónica se tratase, desde los alrededores del recinto.


 Cines de Colomer: sala y cine de verano.

 La estupenda sala del magnífico cine de Colomer -era de un nivel superior- también funcionaba en verano. Ni que decir tiene que estaba refrigerado. En invierno solía haber una buena calefacción. 

          Un verano ya de principios de los setenta, arriesgó proyectando dos cintas: Romeo y Julieta y la Celestina. Películas calificadas por la Iglesia como "granas", o sea gravemente peligrosas.  

La Guardia Civil, según se decía y se comentaba ampliamente, aunque nunca se pudo confirmar,  entró, en algún momento y algún día, y expulsó del recinto a más de un menor de 21 años que era en lo que estaba situada la mayoría de edad. No se dejaba, de por sí, entrar a nadie menor y a veces se pedía el carné. A pesar de que ni de lejos alcanzaba esa edad, conseguí, con parte de mi pandilla de entonces, ver esas dos películas que nos parecieron, para aquellos tiempos, bastante fuertes pero nos encantaron. 

D. Miguel, tiempos ha, tuvo un empleado ocasional, llamado Bartolo, que a veces pasaba por la sala esparciendo ambientador antes de empezar las proyecciones. Un día no debió acudir y el propietario del cine pasó, él mismo, por los pasillos con el envase del ambientador cuando ya se estaban apagando las luces. Una buena señora no lo reconoció y agarrándole del brazo le espetó: "joer... Bartolillo échame colonia..."  La cara del propietario fue todo un poema. 

Colomer que era un hombre muy educado, elegante y correcto en las formas, cuando murió el marido de Dª. Maria,  conocida por Mariquita, suspendió sus funciones de cine por respeto y luto, tanto el día del fallecimiento como un par de días más. Dª. María, como la llamaba siempre Colomer, el día después del suceso, colocó su cartelera para dar cine. Ella alegaba que la vida seguía y había que dar de comer a su familia. Eran dos formas totalmente distintas de entender la vida y el espectáculo.

 La terraza de verano de D. Miguel Colomer era bastante más pequeña pero coqueta. La recuerdo con sus paredes muy blancas, muy limpia y con pequeños detalles  del gusto natural del propietario. Uno de los veranos me vi todas las películas de toros que proyectó y que ese año fueron varias. En ese cine de verano solía poner películas folclóricas, taurinas y en general películas que llegaban a todos y que eran más ligeras y entretenidas para la mayoría. Las mejores cintas las reservaba para su sala.


 

El cine de D. Ciriaco Aragón, conocido como el cine de "Mariquita" y su magnifica terraza de verano.

 El cine terraza de D. Ciriaco Aragón,  el hijo de Mariquita, era muy atractivo por tratarse de un recinto ajardinado, con muchas plantas y muy fresco. En ella proyectaba algunos folletones como el muy conocido "El derecho de nacer". Su sala de invierno, muy popular, no tenía, ni mucho menos, las comodidades de la de Colomer. Sus butacas eran más incomodas y algunas no estaban ni fijadas en el suelo, por lo que servían para sacarlas, como alternativa, a la terraza en verano. No solía abrir su sala los días que eran estrictamente de verano. 

La calefacción principal, en esta sala, provenía de una gran estufa  que le daba un aspecto un tanto rural y a la vez romántico. La parte posterior de la pantalla debía estar situada próxima a la vivienda. Un día se fue la luz, nada raro en el pueblo, y tras la pantalla se veía una especie de llama. La gente se apuró y D. Maria salió rápidamente a tranquilizar y explicar que no era nada. Sólo se trataba de una vela, pues su hija estaba durmiendo al nene allí detrás, puesto que estaban de obra. 

Dª María, Mariquita, debía ser una mujer con buenos sentimientos que conocía las necesidades de mucha gente. Por eso dejaba pasar a bastantes niños o adolescentes a cambio de que hiciesen algún pequeño trabajo en sus cines. Era lo que se decía colarse, con el beneplácito de la dueña. Eso sí, se hacía de rogar. Colocar algunas sillas u ordenar o ayudar en algo era lo que solía encomendarse a cambio de ver la película gratis. Alguno de mis hermanos y sus amigos, cuando eran críos, entraron así, alguna vez, gratis al cine. Esto también lo practicaban en alguno de los otros cines, pero quizás en menor medida.

  

La importancia de los cines en Castellar.

 No me cansaré de repetir la importancia de los cines en la vida social y cultural de Castellar  y de manera especial el cine de Colomer; hombre preocupado por la cultura y que consiguió que este pueblo, en una época oscura, brillase con luz propia, no solo con el cine, sino también con el teatro: la mítica compañía de Julio Arroyo y Manuel de Benito y con los espectáculos anuales de los "cantaores", por ejemplo. En otros lugares escribo más expresamente de todo esto.

 

(Dejo los enlaces de mis escritos sobre cines, de forma directa o indirecta, en los que ya, desde hace muchos años, pedía, en algunos de ellos, un homenaje o reconocimiento público y oficial para D. Miguel Colomer, como podréis apreciar.)

 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10208775529724190&id=1191158371

 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10208775529724190&id=1191158371

 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10216394508553899&id=1191158371

 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10215749539870085&id=1191158371

 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10216394508553899&id=1191158371

 

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10212811858989899&id=1191158371

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 7 de junio de 2021

“Alfonso, muere en acto de servicio, en Torrejón de Ardoz, en 1958”. II parte.

 (Parte II y última, dividida en epígrafes para una mejor comprensión).

        -     La pensión de “orfandad” que le podía quedar a mi madre.


 
Era por el año 1989. María Dolores estaba destinada en el Ministerio de Hacienda (clases pasivas) y me comenta que mi madre –mi padre ya no estaba entre nosotros- tenía derecho a una pensión por el fallecimiento en acto de servicio de mi hermano Alfonso. No se tramitaba de oficio, había que solicitarla y aportar una importante cantidad de documentación. No teníamos ninguna… y a mi madre, ya mayor, queríamos evitarle recordar algo tan doloroso. Se lo comenté y me preguntó emocionada si ella tenía que hacer algo especial. Le dije que no se preocupase y que ya la iríamos informando. La tranquilicé mientras la animaba para que no pensase en ello, indicándole que nosotros nos encargaríamos de todo.

             Comenzaba un largo camino que duró más de un año para conseguir la documentación precisa de aquel suceso, del que no teníamos constancia alguna oficial y del que tan pocas cosas sabíamos… Sólo lo que nos habían dicho y contado, de palabra, las autoridades militares y el testimonio de mi amigo Ángel, que nunca le llegué a contar a mi madre con detalle.

           

    -         La llegada a Castellar con mi hermano Alfonso, muerto, y los días posteriores. 

De aquel 13 de mayo de 1958, no recuerdo a la hora a la que llegamos a Castellar con el féretro de mi hermano. Sólo tengo la percepción de que tuvimos que esperar bastantes horas en Madrid, para preparar su traslado y que viajamos desde allí con varios vehículos del Ejército del Aire y un grupo de soldados pertenecientes a la Escuadrilla de Alfonso.

            A la llegada, alguien se hizo cargo de mí, e imagino que sería mi tía Martina, cuando un enorme gentío, difícil de describir y de imaginar en los tiempos actuales, esperaba la comitiva en los alrededores y a las puertas del edificio donde vivíamos. Trasladado por sus compañeros y por otros militares, llevaron la caja mortuoria hasta una habitación cercana a nuestra vivienda y que estaba situada justo enfrente de la oficina de telégrafos, que también la albergaba ese edificio municipal. Era una habitación que mi padre utilizaba para despacho de sus otros trabajos como el de representación de seguros, además de su empleo como funcionario municipal. Allí instalaron lo que sería la capilla ardiente y a mi hermano solo se le podía ver el rostro por un pequeño cristal que tenía el ataúd y que permaneció abierto a veces.

         Sus amigos de siempre lo velaron y estuvieron a su lado, junto con el resto de la familia, mientras, en otras habitaciones de mi casa y del edificio, así como en los alrededores, la gente se agolpaba incluso durante la noche. Era un joven muy conocido y querido, como lo eran mis padres. Al tratarse de una familia también conocida como él, y especialmente mi padre, el duelo del entierro, con una gran parte del pueblo, fue algo tremendo y sobrecogedor, para nosotros, como lo fueron los días, las semanas, los meses y los años posteriores. Aquella noche y el día del entierro, en mi casa no cabía ya nadie y el resto del edificio de las escuelas, en su planta baja, se encontraba atestado de gente, del mismo modo que en la calle y después en la iglesia y hasta en el cementerio. 

           Desde la iglesia mi hermano fue llevado hasta el Cementerio Municipal situado a tres kilómetros del centro del pueblo, a hombros de sus amigos, entre los que se encontraba, confirmado por él, Juan Villaldea, hijo del celebre y querido maestro de Castellar e imaginamos que Gustavo y otros. 

        Aquellas vivencias resultaron muy duras para toda la familia y amigos, y a partir de esos momentos mi vida, tan corta aún, cambió por completo. Me vistieron de luto riguroso y la vida, en parte y en el concepto más amplio, se acabó también un poco para todos nosotros. Fueron días muy duros, en los que el pueblo entero estaba impresionado por aquel accidente de tan fatales consecuencias para mi hermano y para nosotros como daño colateral. Aquel luto y aquella nueva manera de vivir, con miedos, zozobra y tristeza perduró, como he dicho, semanas, meses e incluso años. Solo la juventud de mis otros dos hermanos, Julio y José María, y la fuerza y el carácter de mi madre nos hicieron renacer poco a poco de aquel durísimo golpe.


        - Los motivos de que Alfonso se fuese a Madrid, en el año 1957, como voluntario al Servicio Militar.

           No podía imaginar mi hermano, cuando meses antes había salido rumbo a Madrid, que volvería de aquella manera. Su enorme afición a los aviones y especialmente a la mecánica de sus motores, le hizo, desde muy joven, pensar en marcharse a Torrejón, como voluntario, para hacer la mili y allí prepararse adecuadamente con el objeto de alcanzar la profesión de mecánico de aeronaves. 

      Alfonso escribía pequeñas novelas y narraciones, alguna conservo, y aunque no había terminado bachiller –como hermano mayor, siempre estaba ayudando a mi padre en todo- era, como digo, muy aficionado a escribir y también tocaba la armónica, de la que era un entusiasta. En su maleta llevaba dos de ellas cuando se marchó y en la maleta nos las devolvieron junto con otros objetos personales. 

            Sus proyectos de futuro, habían provocado, en mi casa, alguna que otra discusión, pues mi madre no quería que su hijo, en el año 1957, se fuese a Madrid, tan lejos entonces, a hacer el servicio militar y a aprender un oficio, en una base aérea.  De alguna manera mi padre lo apoyó siempre y mi madre terminó cediendo, animada por el hecho de que en Madrid tenía a mi tía Martina y a mi tío Manuel, hermano de mi padre. Eso la tranquilizaba en parte. Sólo en parte.

 


- Algunas de las consecuencias del fallecimiento de mi hermano. 

            Mi madre estuvo algunos años sin salir de casa. Ni a la puerta de la calle. Sólo a misa, preferentemente a misa temprana, y con un enorme manto negro que le cubría hasta por debajo de la cintura. Mi padre se ocupaba, junto con mis otros dos hermanos, de los recados y de las compras. Esta situación hizo que yo estuviese mucho con mi padre y que me llevase a tantos sitios con él de la mano. Mi luto riguroso también duró, al menos, un par de años, pero, a pesar de todo, mi infancia transcurrió, con un fondo de tristeza, pero agradable. Y es que tenía otros hermanos muy jóvenes. José María, un ser humano excepcional, era especialmente alegre, y estaba a nuestro lado mi madre que fue capaz de superar aquel tremendo dolor por sus otros hijos. Crecí con el permanente recuerdo de mi hermano Alfonso, al que me achacaban gran parecido: “Dios te ha dejado su retrato” le decían a mi madre refiriéndose a mi, no sin exageración, al comprobar la realidad, y con el único ánimo de consolarla. 

            Mi hermano Julio ya no fue a la mili, lo que le facilitó que pudiese ejercer de maestro con poco más de dieciocho años, tal y como aquel Teniente General le había prometido a mis padres. Viajó a Madrid, con mi padre y mi tía, y se volvió con la cartilla y licenciado a Castellar, en apenas dos o tres días, lo que tardaron en hacerle los tramites y sin pisar un cuartel o una base. Solo tuvo que ir a la Calle Quintana, el edificio de la Primera Región Aérea, lugar donde estaban ubicados el despacho y la vivienda del Teniente General, y donde quince años después hice la mili como voluntario del Ejército del Aire. 


        Mi hermano José María y yo, si tuvimos que hacer la mili, puesto que habían cambiado los mandos de aquellos días y de aquel año aciago. La hicimos ambos como voluntarios, con siete años de diferencia, y con buenos destinos propiciados por aquel Cabo Primero, Magariño,  -luego Sargento Magariño por la ley creada a tal efecto para los cabos primeros que se encontraban en la misma situación que él- al que ya he mencionado antes, asistente del Teniente General, que a su manera trató de hacernos de la forma más agradable posible nuestra estancia en el Ejército… y lo logró, aunque las circunstancias de José María fuesen, por desgracia, muy distintas al final de su servicio militar.

 

- Cuando buscamos toda la documentación del expediente del fallecimiento de mi hermano y nos encontramos muchas y desagradables sorpresas. 

            Tuvieron que pasar muchos años para descubrir un gran número de detalles de los que mis padres ni siquiera supieron nada, respecto a la muerte de mi hermano. El conocimiento de la posibilidad de una pensión, ya narrado, nos llevó a buscar todo el expediente, no sin cierta dificultad, de aquel trágico suceso.  Recordé que cuando estaba haciendo la mili, Magariño me había señalado una sala de archivo de causas judiciales en un ala del edificio de la calle Quintana y me dijo: “Antonito -así me llamaba él- ahí tiene que estar el expediente completo del juzgado que llevó la causa de tu hermano Alfonso”. Miré, muy por encima, la sala y era un recinto con grandes estanterías metálicas, repleto de legajos y carpetas con numerosísimos expedientes judiciales. No supe que hacer ante aquello y preferí olvidarlo. 

           Conté a varios amigos militares, amigos de mi estancia de doce años en el Ministerio de Defensa, la necesidad de obtener esa documentación y recordé aquellas palabras de Magariño mostrándome la sala donde estaba aquel expediente judicial. Un sábado por la mañana, con uno de estos amigos, nos dirigimos a aquel lugar donde había hecho la mili hacía dieciséis años. Solicitamos permiso al Teniente Coronel Auditor que estaba de guardia aquel día y nos pusimos a la búsqueda. Una o dos horas bastaron para encontrar lo que era una causa judicial, y no un mero expediente. Una gran carpeta con cientos y cientos de folios y documentación, con el nombre de Alfonso Anaya Marín. Mi amigo y yo comentamos, con lo poco que habíamos visto que aquello había tenido mucha más importancia de la que había trascendido y con todo el legajo nos fuimos al despacho del Teniente Coronel. Este alegrándose de que lo hubiésemos encontrado tan rápido, comenzó a pasar folios, carpetillas, documentos. Poco a poco le fue cambiando el semblante y comenzó a hacerme una serie de preguntas, algunas de las cuales, las más importantes, transcribo:

 -                          ¿Usted sabia que se había celebrado un juicio por la muerte de su hermano, la de otro compañero y de varios heridos graves más?

-                          ¿Sabía que el imputado era uno de sus compañeros, quedando probado que fue el que provocó la explosión y al que se le condenó a varios años de prisión militar, por imprudencia temeraria con resultado de muertes y daños materiales?

-                          ¿Le comunicaron a su padre, en algún momento, la celebración de este juicio, este fallo y además una indemnización que el juez impuso, por la muerte de su hermano, al soldado condenado? 

           Al ser todas mis respuestas negativas, el Teniente Coronel, que no salía de su asombro, al igual que mi amigo, me comentó que quizás mis padres si supieran algo. Le aseguré que no, que mis padres no nos hubiesen ocultado algo así y que jamás se habló en mi casa de juicio alguno y menos de condena o indemnización de ningún tipo. Tampoco se recibió comunicación oficial alguna, ni directa ni indirectamente. En ese momento el mando militar me dijo que se quedaba con todo el legajo en su despacho y que lo pidiese oficialmente y por escrito a través del Gobierno Militar de Madrid. Él se ocuparía de que llegase todo a mi poder en el menor tiempo posible para tramitar la pensión. Tardó varios meses.

  

- Lo que figuraba en aquellos cientos de folios. 

            La sorpresa, tremenda, y más grande si cabe, surgió cuando comprobamos personalmente, en los
cientos de folios escritos para la causa, cuantas cosas eran totalmente desconocidas por mi familia. Mi madre falleció, años después sin llegar a enterarse de todas estas circunstancias que preferimos ocultarle. Tampoco mi hermano mayor quiso saber demasiado por lo que me encargué prácticamente de todo con la ayuda de María Dolores. 

            Una de las primeras sorpresas es que a mi hermano le hicieron la autopsia y que mis padres nunca llegaron a saber. Resultaba, como era lógico, que ante el accidente se abriese un expediente judicial de oficio para depurar responsabilidades y por lo tanto ese acto forense era necesario e ineludible. Del mismo modo se instruyó una causa militar por imprudencia temeraria con resultado de muertos y heridos, contra el soldado autor material de la acción que provocó la explosión. Este, como estrategia de su defensa, culpaba de todo a los dos fallecidos, entre los cuales estaba mi hermano, pero los hechos probados y el testimonio abrumador de los demás compañeros vivos, eran contrarios a esa teoría, y esto llevó, en un juicio militar, a que se condenase a este joven a, creo recordar, siete años de prisión, y a una indemnización de setenta y cinco mil pesetas de entonces para mis padres. Lo que equivalía a una cantidad aproximada de un millón y medio de pesetas en el año que obteníamos y leíamos esos documentos. Teniendo en cuenta el nivel de vida de 1958, resultaba una apreciable cantidad. 

          Lo peor de todo es que mis padres nunca tuvieron conocimiento de aquel procedimiento judicial, ni de nada que se le pareciese. Ni se les notificó cualquier cuestión relativa a la indemnización, ni a la condena y menos, claro, lo relativo al indulto inmediatamente posterior a la condena. Sólo había que pasar una hoja y una fecha para comprobarlo, y de la también inmediata declaración de insolvencia de esta persona. Prácticamente todo se hizo casi a la vez. Resultó muy dolorosa la lectura detallada de todos los documentos de aquella amplia causa. 

Conviene situar los hechos en la época y en los años que aquello sucedía y decir, que este soldado que había sido condenado e indultado inmediatamente, era, cuando menos, paisano y bastante conocido del Teniente General, según averiguaciones posteriores.


        - El final: la resolución que dio lugar a una pensión para mi madre y mis dudas sobre la forma de hacer justicia en aquel caso.      


Defensa aprobó la muerte de mi hermano en acto de servicio y con un amigo militar organizamos la forma de llevar a mi madre a Torrejón, para firmar una documentación, que la generosidad, la compasión y la profesionalidad de un juez militar lo redujo a una sola ocasión, cuando deberían ser varias. Ella nunca llegó a saber que estuvo en la base donde su hijo sufrió un accidente provocado por un compañero y de donde salió herido de muerte, pues lo hicimos todo de forma que no llegó a hacerse idea de donde estaba  siquiera. Para ella sólo fueron unos edificios militares, con oficinas y poco más. Murió sin enterarse absolutamente de nada de lo que había sucedido en torno a la muerte de su hijo Alfonso, del mismo modo que murieron mi padre y mi hermano José María. 

            Mi madre sólo disfrutó unos pocos años, siete, de aquella pensión oficial que le fue concedida. Y en aquellos momentos dudé y mucho si llevar toda la documentación, parte importante de la cual conservo, a un abogado, al que sólo consulté por teléfono, para intentar que se hiciese finalmente la justicia que creo que no se había hecho. Al no tener conocimiento mis padres de nada, ni figurar documento alguno donde se les diese traslado de las actuaciones judiciales, se podía considerar algo muy especial y bastante irregular, pero tras localizar, incluso, el domicilio y el teléfono de la persona que cometió aquella tremenda imprudencia con resultado de dos muertes y varios heridos muy graves, me eché para atrás al comprobar que su vida transcurría con su familia y con sus hijos y que seguía viviendo y desarrollando su profesión en aquel pueblecito cantabro tan encantador y típico, de donde también era originario el Teniente General, que me sostuvo en brazos en el hospital y que tan bien se había portado con nosotros en aquellos terribles momentos.  Pedí consejo a amigos y familiares, y tras escuchar las opiniones, decidí dejar que quedase todo como estaba. Todavía, a día de hoy, no estoy seguro de si hice bien o mal, o si hubiese conseguido algo… No lo sé. Pero fue mi decisión y solo mía. Nunca sabré con certeza lo que hubiese sido 

          -Madrid- Castellar, mayo de 2021-

  

jueves, 27 de mayo de 2021

Alfonso, muere en acto de servicio, en Torrejón de Ardoz, en 1958. I


Apenas llevaba unos días destinado en Getafe, en un establecimiento militar del Ejército del Aire, a principios de los años ochenta. Había pedido, como funcionario de la Administración Militar, un destino en el Cuartel General del Aire, en Moncloa. Sin embargo, por distintas causas, terminé en ese lugar algo alejado de Madrid.

        Allí, ya me había instalado en la Secretaria Técnica, en un destino muy apetecible, con dos excelentes compañeros. Una mañana apareció en aquel despacho un empleado, un mecánico conductor, que tras presentarse me preguntó, sin más preámbulos, si mi último apellido era Marín. Le contesté que sí y me volvió  a interrogar refiriéndose a si tuve un hermano mayor, llamado Alfonso, que murió en Torrejón, durante el servicio militar.

    Me quedé atónito ante esa pregunta. Al contestarle afirmativamente le dije:

 -  ¿Lo conoció usted?

- ¿Nos sentamos?- me dijo, puesto que me había puesto de pié para saludarlo.

- No sé si te haré bien al contarte esto, pero creo que deberías saber que yo llevé a tu hermano, gravemente herido,  en una camioneta, hasta el hospital del Aire tras el terrible accidente de Torrejón, cuando explosionó un avión con varios soldados dentro, mientras intentaban limpiar una gran mancha de gasolina.

 - En la base - prosiguió- no había en ese momento ambulancias suficientes y a algunos, como tú hermano, los trasladamos en camionetas  A Alfonso lo llevé yo. Mi vehículo se averió en el traslado, en plena carretera, y tuvimos que esperar, bastante tiempo a otro,  con tu hermano muy grave. Aquello fue angustioso para mí y nunca lo olvidaré. ¡Él fue muy valiente al soportar todo eso en su estado! Tengo, veintitantos años después, las imágenes en mi cabeza. Cuando llegamos al hospital iba muy mal. Luego me contaron que murió. ¡Pobrecito!

     A Ángel, que así se llamaba aquel buen hombre que luego fue mi amigo, se le quebró la voz, mientras yo no era capaz de reaccionar. No sabía si él tenía que consolarme a mi o yo a él. Mis dos compañeros contemplaban la escena sin salir de su asombro y consternados.

      No se cuantos segundos duró aquel silencio. Ángel se levantó y me dijo:

- ¡Dame un abrazo!

      Nos lo dimos, se dio media vuelta y mientras se marchaba me indicó que allí estaba para lo que necesitase y que le preguntara cuanto quisiera, pero me advirtió que no sabía mucho más.

Inevitablemente, mi encuentro con Ángel me llevó, en aquellos días, a recordar, casi paso a paso, lo que había sucedido bastantes años antes.


     Un día de mayo, algo caluroso, en 1958,  terminando los rosarios de la Virgen, acabábamos de comenzar a comer en mi casa. Eran sobre las dos y en la radio se habían escuchado los acordes, tan conocidos,  del comienzo del "parte oficial", el único que era posible escuchar. Mis padres y mis dos hermanos,  conmigo, sentados en la mesa para comer. Mientras, mi hermano José María, con once años, jugueteaba y me hacia rabiar. Como siempre mi padre tuvo que llamarnos la atención. Yo iba a cumplir cinco años en un par de meses. Mi otro hermano Julio apenas tenía diecisiete y Alfonso, en Madrid haciendo el servicio militar como voluntario, veinte.

      El locutor emitía el parte radiado, mientras comíamos en una habitación comedor, al lado de la cocina, de una vivienda que estaba ubicada en el interior del edificio municipal que albergaba, entonces, las escuelas nacionales, en la calle de la Villa, esquina con la Glorieta. En realidad eran dos edificios unidos, que antes habían sido cuartel de la Guardia Civil. Por la hora que era estaba todo en silencio, cuando llegó hasta la casa llamando a mi padre, a voces, la vecina de enfrente, Lola, la mujer de Rafael.

      Esos vecinos tenían teléfono, pues él se dedicaba, entre otros trabajos, a tareas bancarias. Le dijo a mi padre que se diese prisa. Era una conferencia de Madrid. Allí teníamos a mi hermano mayor haciendo la mili, a mis tíos y  a mi tía Martina que trabajaba con la familia Sanjuán, propietarios del cortijo de Consolación, en el piso que estos tenían en la capital.

      La llamada resultaba un tanto extraña, por lo poco habitual. Mi madre, preocupada, salió tras de mi padre.  Volvieron, a los pocos minutos,  con Lola y Rafael. La llamada había sido del Ejército del Aire. Mi padre estaba demudado, mi madre llorando, aunque contenida. Mi hermano había tenido un accidente en Torrejón, lo habían llevado al Hospital del Aire y estaba grave. No sabían más.

      A partir de ahí, en esa tarde, que debió de ser muy larga, tengo algunos recuerdos. Uno de mis hermanos avisó a la familia del pueblo, mientras mi padre ponía una conferencia a su hermano Manuel en Madrid y también a mi tía Martina, a la que ya habían avisado antes, por ser el contacto de Alfonso en Madrid.

      Mis padres decidieron que salían esa noche para la capital en el primer tren disponible que no era otro que el Correo de las once de la noche y que llegaba a Madrid a las siete  de la mañana del día siguiente. Para eso había que coger, a última hora de la tarde, la “Alsina” hasta Vilches.

      Mi madre siempre tuvo claro, mientras me abrazaba, que yo iría con ellos. Mis tíos de Castellar insistían en que me quedase allí, pero sólo se quedaron mis otros dos hermanos y en mi casa. Así fue como, con cuatro años, viajé a Madrid en un tren correo, dormitando y sentados en unos duros bancos de madera. Antes pasamos por casa de mi tía Celestina y su familia que vivían en la estación de Vilches, mientras esperábamos el tren que llegó con algo de retraso.

       La noche se me hizo larga y apenas dormí,  casi siempre en brazos de mi madre y a ratos con mi padre. Al llegar a Madrid,  no se cómo nos recogieron, creo que en un taxi, y nos llevaron a casa de mis tíos. Mi estado entre dormido y aturdido me ha impedido recordar bien esos momentos.

      Sí recuerdo la casa de mis tíos y después un autobús de dos pisos que me parecía enorme. Subimos por una estrecha escalera al piso de arriba para sentarnos.  Íbamos, desde una calle al lado del Retiro, donde vivían mis tíos, camino del hospital del Aire, que estaba en la calle de la Princesa. Supongo ahora, por el trayecto,  que sería el autobús número 2. No terminaba de entender mucho y solo sabía aferrarme, asustado,  a los brazos de mi padre y de mi madre.

      En el hospital nunca me dejaron pasar a la habitación de mi hermano y por tanto no lo vi. Había una sala al lado, casi contigua, con sofás y sillones, de color verde oscuro, donde mi familia y yo pasamos muchas horas... más de un día. Ellos, mis padres sobre todo y mi tía Martina, sí entraban con bastante frecuencia a ver a mi hermano Alfonso. 

     Por las caras y lo que escuchaba la situación era muy crítica. Con mis escasos cinco años entendía que aquello era una situación terrible. En un momento que alguien dejó la puerta entreabierta pude ver la cama de mi hermano y su rostro y su figura casi inerte, aunque, todavía, podía hablar con mis padres y mi tía. No sólo eran las quemaduras sino también el humo inhalado.

      Hasta aquella sala nos llevaban comida y bebidas. Había un cierto trasiego de militares que nos visitaban continuamente y soldados que nos atendían. El Coronel jefe de la base de Torrejón, Mariano Cuadra Medina, apenas se movió de allí, de nuestro lado. Años más tarde, también él perdió un hijo muy joven en un accidente, cuando este pilotaba un caza. Llegó a Teniente General y fue Ministro del Aire quince años después.

      A veces me sacaban de allí hasta un patio muy tranquilo, lleno de árboles y bancos. También fuimos a una capilla para rezar. A media tarde llegaron el Teniente General Castro Garnica, Capitán General de la Primera Región Aérea, y su mujer. Estuvieron allí prácticamente toda aquella noche. Una de las primeras cosas que hizo el general, tras ver a mi hermano y hablar con mis padres, fue cogerme en brazos durante largo rato, hablar conmigo y tratar de distraerme. Del general decían que era un hombre excepcional. Le acompañaba, a veces, su asistente personal, el Cabo Primero Magariño, toda una institución en el Ejército del Aire y que después hizo amistad con mis padres e incluso visitó nuestro pueblo, como invitado de mi familia, años después, en un par de ocasiones.

       Castro Garnica le hizo a mi madre una promesa especial tras saber que sus otros hijos éramos varones: "mientras yo pueda ninguno de sus otros tres hijos tendrá que venir al Ejercito, excepto que ellos quieran hacerlo voluntariamente. A este se lo llevará usted licenciado y con su cartilla debajo del brazo"  Se equivocó ahí el buen general. Nos lo llevamos, sí, pero muerto. Las gravísimas quemaduras del accidente y la afectación de sus pulmones, hicieron que al clarear el día siguiente mi hermano falleciese. Pocos días después fallecería otro soldado más y el resto de heridos se recuperó, incluso el que por una imprudencia temeraria grave provocó el accidente. Este era nacido en la misma población que el Teniente General.

  (Continuará en los próximos días)