miércoles, 14 de noviembre de 2018


La matanza del cochino.

 A todo cerdo le llega su San Martín* dice el refrán y juro que no me estoy refiriendo a nadie en particular, sino realmente a los cerdos como animal omnívoro y a su matanza.
En Castellar eran fechas muy peculiares las de la matanza, y digo eran porque por la natural evolución de la vida en el pueblo y la modernización de algunas de sus costumbres, ya no se hacen las matanzas a la antigua.
Quienes podían “mataban” y esto no era siempre signo de ostentación o de riqueza, pues había gente y familias con pocos recursos que criaban animales y por lo tanto cerdos y así podían hacer su matanza que tan bien les venía para subsistir buena parte del resto del año. Aunque había quienes dada su situación, su carencia de recursos, les era imposible siquiera hacer una matanza.
Y es que esto que se convertía en todo un acontecimiento y ritual familiar no era sino una previsión de la alimentación de una familia, pues del cerdo se aprovechaba y así se sigue haciendo de manera industrial, prácticamente todo.
Recuerdo aquel olor, o mejor olores característicos, que impregnaban las calles del pueblo. Las “matanzas” se iban produciendo poco a poco pero de forma consecutiva, llegando a prácticamente todas las zonas. El aire se impregnaba de olor a
cebolla cocida, a especies matanceras y el característico de los embutidos impregnaba el ambiente y el aire de la villa, ayudado a veces por las condiciones atmosféricas de niebla o viento.
 El quejido de los cochinos parecía, a veces, interminable. Ese chillido, no era gruñido, que empezaba vigoroso y terminaba débil hasta que se apagaba lenta y gradualmente. No siempre nos gustaba demasiado a los más críos. Y es que he de confesar que a mí en particular no me gustaban las matanzas. No disfrutaba con ellas y ni siquiera me divertía con las vejigas de los cerdos que se usaban para construir la zambomba de la ya próxima Navidad.
Debía de ser un niño raro, seguramente, pero no me gustaban demasiado. Nunca me lo pasé bien viviendo toda esa parafernalia, esa especie de liturgia, que se montaba en torno a la matanza. Ni siquiera en esos momentos al lado del hogaril con el humo de los cigarros liados de los hombres y aquel tocinillo tan especial que se asaba en las brasas… Y mira que me gustaba y siempre me ha gustado ese bocado… Pero había algo que no se muy bien explicar que me llevaba a rechazar la matanza. Y no eran remilgos por el sacrificio del cerdo, no, pues eso desde que nacíamos estaba prácticamente asumido, pero aquel pequeño espectáculo familiar y a la vez perfecto escenario de trabajo que se montaba no me resultaba agradable.
El ambiente creado por aquellos olores mezclados entre sí, el vapor del agua hirviendo mientras borboteaba, los calderos en el fuego y la carne despiezada no terminaron nunca de acomodarse ni congraciarse con mis sentidos. Recuerdo las matanzas, sobre todo en casa de mis tíos y primos, en las que todas y todos disfrutaban de lo lindo… menos yo… y mira que me esforzaba.
Mi tía Martina –que me miraba y me comprendía apartándome cuando podía del centro del ritual- era una reputada matancera y como tal le avisaban familiares y amistades, para ayudar y trabajar en esa labor artesanal que exigía conocimientos, destreza, dedicación y también esfuerzo. En casi todas las familias sobresalía alguien a quien se le daba especialmente bien esas labores… y ese alguien estaba presente en todas las matanzas del circulo familiar y de amistades.
            En este rito tan familiar y cercano entonces, pero a la vez tan especial, las labores estaban repartidas: los hombre se afanaban en todo lo concerniente a la preparación del cochino o cochinos, a veces eran más de uno, de su matanza e incluso en ocasiones de pelar al cerdo que tras depositarlo en una artesa se escaldaba con agua muy caliente. Las mujeres se ocupaban prácticamente de todo lo demás, que no era poco.
La bonita costumbre de regalar un plato de “ajo” de morcilla o de chorizo –picadillo en otras partes- y a veces algo más, al vecindario, a los compromisos y personas mas allegadas a la familia, era algo entrañable y que al contrario de la matanza en sí, me resultaba atractivo y por supuesto el regalo del ajo era muy apetecible.
Desde hace años esa enorme mezcla de olor, color y sabor que era una matanza, ese rito ancestral y antropológico, que en su momento constituyó parte de nuestra etnografía no se produce ya en las calles y plazas castellariegas, pero si está y estará en su recuerdo y en su historia.
Y es que sin recuerdos y vivencias personales difícilmente se podría escribir la verdadera historia de un pueblo, con sus cerdos incluidos, y ni siquiera la de la humanidad.

(* Día de San Martín: 11 de noviembre)
La fotografía que corresponde a una matanza en Castellar, está tomada del libro de Antonio Robledo “150 años de historia”.

jueves, 8 de noviembre de 2018



El castigo del colegio y el premio del cine.


Nunca me gustó demasiado el colegio, sobre todo en el tramo final de la niñez a la preadolescencia, aunque tampoco lo aborrecía. No entendía que tuviese que estudiar cosas que me gustaban poco y otras que sencillamente apenas me interesaban. Tampoco me gustaban algunos profesores e imagino que el sentimiento sería mutuo. Lo aceptaba todo como mejor podía e intentaba sacar las partes mas positivas de aquello que indudablemente las tenía.
            Los sábados a medio día –en aquella época había clase los sábados por la mañana-  nos leían la lista de arrestados para ir el domingo a estudio de cuatro a ocho de la tarde. Los motivos eran diversos: desde mal comportamiento, que te viesen hablando o distraído en las horas de estudio o que sacásemos menos de un cuatro en alguna asignatura si el profesor te preguntaba. En aquellos años el régimen del centro era bastante duro.
            El otoño y el invierno eran especiales en aquel histórico colegio, de largos salones de estudio y añejas clases, con horarios de mañana y tarde. Desde aquellos salones, a través de sus grandes ventanales, veíamos la lluvia y sentíamos el viento azotar los cristales. Esas estaciones eran entonces un tanto lluviosas e incluso muy frías. La luz se encendía muy pronto, si no había algún apagón, y las tardes, sobre todo, se hacían largas, teniendo en cuenta que teníamos pocas asignaturas  para ir a clase en esas horas.
Aquellas tardes tristes y lánguidas, pero a la vez atractivas y románticas, procuraba terminar de estudiar lo más rápido posible los temas del día siguiente y los ejercicios que tuviese que hacer, para ponerme a escribir y a fantasear con historias varias plasmándolas en un papel, incluso ilustrándolo con dibujos y a veces atreviéndome con algunos ripios. Sin duda esas actividades me llamaban más la atención que el estudio y los ejercicios de algunas asignaturas y sobre todo si aquel tiempo revuelto acompañaba la tarde entre los ventanales, por cuyas rendijas se colaba el aire e incluso alguna gota de lluvia.
            Desde por la mañana los sábados era un día de nervios e intranquilidad. Algunos ya sabían que tendrían que ir castigados el domingo. Otros no, pues el profesor no decía la nota o el motivo hasta esa misma mañana, cuando se leía la lista de arrestados.
            Nunca me gustaron aquellos castigos… siempre me parecieron injustos puesto que ni siquiera nos daban lugar para una explicación. Mi hermano que era maestro y estudiaba entonces pedagogía me decía que esos métodos eran antipedagógicos, lo cual no me consolaba demasiado.
            Los domingos que tenía que cumplir el castigo, ya digo que a veces de forma injusta, sobre todo los señalados por una falta en el estudio, hablar o distraerse, mis padres planeaban algo para hacerlo más llevadero. Iban a la puerta del colegio, pues si nos portábamos bien nos quitaban media hora del castigo, según el profesor que nos controlaba y que también resultaba castigado por turno, y me esperaban con un bocadillo liado en papel de estraza y con las entradas del cine que estaba al lado del centro, preparadas. 
            Según la hora de salida, a veces llegábamos empezada la función… Menos mal que entre el Nodo y los trailers casi siempre veíamos la película desde el comienzo. Y es que siempre fui muy aficionado al cine, y pensaba a veces, en tardes como esas, que en él se aprendía más que en el colegio. Había películas que me fascinaban y casi todas me gustaban… las del oeste, las grandes superproducciones históricas, las de humor, las policíacas, las románticas… a la mayor parte les veía algún punto de interés especial.
            Ni que decir tiene que algunas eran clasificadas por la censura para mayores aunque sin reparos, porque el dueño del cine, persona culta, tenía la suficiente sensibilidad como para los domingos programar películas que no fuesen muy “fuertes”. Como mucho aptas para jóvenes. Así podíamos ir mayores y niños, a partir de cierta edad, que nos “colábamos” de la mano de padres o familiares.
            Eran aquellos domingos de castigo un tanto especiales, pues con el castigo iba un premio y no pequeño para compensar: el de ir al cine. Mientras en el descanso de la película –lo hacían en medio de ella, para cambiar el rollo del film- me tomaba el bocadillo con una gaseosa que mi padre solícito me compraba.
            Con todo esto el lunes comenzaba la semana con mejor sabor de boca, aunque ya siempre pensando en ese sábado fatídico en el que te podía “tocar”, a veces parecía una rifa, dos premios a la vez: el malo de ir al estudio y el bueno de ver el cine con mis padres y con mi bocadillo de magro de jamón que tanto me gustaba.      

            Nota: La fotografía del claustro y patio se corresponde con el recinto del colegio objeto del relato, no así la otra fotografía que nada tiene que ver con el centro, aunque tiene cierto parecido, en la escenografía, con alguna de las clases de aquel colegio.)