lunes, 11 de octubre de 2021

Curiosidades y algunas anécdotas de los cines en Castellar.

 


 

    Como es sabido y he referido en varios artículos anteriores, en Castellar, a finales de los sesenta y muy primeros de los setenta, llegaron a coexistir en verano hasta cinco cines. Colomer, con su estupenda sala; Mariquita, con su hijo Ciriaco, en su gran terraza de verano, y su sala de invierno; Colomer con su terraza de verano, en la Avda. de José López y el Cine Avenida, la gran novedad durante unos pocos años, situado en los corralones de la viuda de D. Lucas, donde inmediatamente después se construyó el Parque anexo a la Glorieta.

 Cine Avenida, cine de verano.

     Comenzaremos con este magnífico espacio del Cine Avenida, lugar que por sus características, hubo que acondicionar especialmente, alisando suelos que se cubrieron con gravilla a la vez que se subieron las paredes del solar con cañizo para impedir la visión desde fuera y desde los más diversos lugares. La pantalla, panorámica y gigante, en aquel momento, comparada con las de los demás, llamaba la atención por su espectacularidad. Un sonido estéreo muy potente inundaba no sólo el cine sino toda la zona. Lo regentaron D. Francisco Sanjuán y D. José Vicent.

         En este cine se instaló una barra, a modo de ambigú, y se completó el recinto con sillas de madera, de tijera, que permitía, en cualquier momento, ampliar el aforo dadas sus grandes dimensiones. Este fue su punto flaco  y de ahí surgieron sus principales anécdotas pues las sillas, no de muy buena calidad y bastante ligeras,  no siempre soportaban el peso de los castellariegos y fueron varios los casos en los que la silla colapsó con la consiguiente costalada del espectador o espectadora. Era fácil y divertido, antes nos reíamos por poco, ver a los usuarios probando las sillas con esmero, antes de acomodarse y buscando la más segura. Era todo un trabajo.

     Otra curiosidad de este cine consistía en que había personas que, desde fuera, no veían la pantalla, claro está, pero si escuchaban las películas, como si de una novela radiofónica se tratase, desde los alrededores del recinto.


 Cines de Colomer: sala y cine de verano.

 La estupenda sala del magnífico cine de Colomer -era de un nivel superior- también funcionaba en verano. Ni que decir tiene que estaba refrigerado. En invierno solía haber una buena calefacción. 

          Un verano ya de principios de los setenta, arriesgó proyectando dos cintas: Romeo y Julieta y la Celestina. Películas calificadas por la Iglesia como "granas", o sea gravemente peligrosas.  

La Guardia Civil, según se decía y se comentaba ampliamente, aunque nunca se pudo confirmar,  entró, en algún momento y algún día, y expulsó del recinto a más de un menor de 21 años que era en lo que estaba situada la mayoría de edad. No se dejaba, de por sí, entrar a nadie menor y a veces se pedía el carné. A pesar de que ni de lejos alcanzaba esa edad, conseguí, con parte de mi pandilla de entonces, ver esas dos películas que nos parecieron, para aquellos tiempos, bastante fuertes pero nos encantaron. 

D. Miguel, tiempos ha, tuvo un empleado ocasional, llamado Bartolo, que a veces pasaba por la sala esparciendo ambientador antes de empezar las proyecciones. Un día no debió acudir y el propietario del cine pasó, él mismo, por los pasillos con el envase del ambientador cuando ya se estaban apagando las luces. Una buena señora no lo reconoció y agarrándole del brazo le espetó: "joer... Bartolillo échame colonia..."  La cara del propietario fue todo un poema. 

Colomer que era un hombre muy educado, elegante y correcto en las formas, cuando murió el marido de Dª. Maria,  conocida por Mariquita, suspendió sus funciones de cine por respeto y luto, tanto el día del fallecimiento como un par de días más. Dª. María, como la llamaba siempre Colomer, el día después del suceso, colocó su cartelera para dar cine. Ella alegaba que la vida seguía y había que dar de comer a su familia. Eran dos formas totalmente distintas de entender la vida y el espectáculo.

 La terraza de verano de D. Miguel Colomer era bastante más pequeña pero coqueta. La recuerdo con sus paredes muy blancas, muy limpia y con pequeños detalles  del gusto natural del propietario. Uno de los veranos me vi todas las películas de toros que proyectó y que ese año fueron varias. En ese cine de verano solía poner películas folclóricas, taurinas y en general películas que llegaban a todos y que eran más ligeras y entretenidas para la mayoría. Las mejores cintas las reservaba para su sala.


 

El cine de D. Ciriaco Aragón, conocido como el cine de "Mariquita" y su magnifica terraza de verano.

 El cine terraza de D. Ciriaco Aragón,  el hijo de Mariquita, era muy atractivo por tratarse de un recinto ajardinado, con muchas plantas y muy fresco. En ella proyectaba algunos folletones como el muy conocido "El derecho de nacer". Su sala de invierno, muy popular, no tenía, ni mucho menos, las comodidades de la de Colomer. Sus butacas eran más incomodas y algunas no estaban ni fijadas en el suelo, por lo que servían para sacarlas, como alternativa, a la terraza en verano. No solía abrir su sala los días que eran estrictamente de verano. 

La calefacción principal, en esta sala, provenía de una gran estufa  que le daba un aspecto un tanto rural y a la vez romántico. La parte posterior de la pantalla debía estar situada próxima a la vivienda. Un día se fue la luz, nada raro en el pueblo, y tras la pantalla se veía una especie de llama. La gente se apuró y D. Maria salió rápidamente a tranquilizar y explicar que no era nada. Sólo se trataba de una vela, pues su hija estaba durmiendo al nene allí detrás, puesto que estaban de obra. 

Dª María, Mariquita, debía ser una mujer con buenos sentimientos que conocía las necesidades de mucha gente. Por eso dejaba pasar a bastantes niños o adolescentes a cambio de que hiciesen algún pequeño trabajo en sus cines. Era lo que se decía colarse, con el beneplácito de la dueña. Eso sí, se hacía de rogar. Colocar algunas sillas u ordenar o ayudar en algo era lo que solía encomendarse a cambio de ver la película gratis. Alguno de mis hermanos y sus amigos, cuando eran críos, entraron así, alguna vez, gratis al cine. Esto también lo practicaban en alguno de los otros cines, pero quizás en menor medida.

  

La importancia de los cines en Castellar.

 No me cansaré de repetir la importancia de los cines en la vida social y cultural de Castellar  y de manera especial el cine de Colomer; hombre preocupado por la cultura y que consiguió que este pueblo, en una época oscura, brillase con luz propia, no solo con el cine, sino también con el teatro: la mítica compañía de Julio Arroyo y Manuel de Benito y con los espectáculos anuales de los "cantaores", por ejemplo. En otros lugares escribo más expresamente de todo esto.

 

(Dejo los enlaces de mis escritos sobre cines, de forma directa o indirecta, en los que ya, desde hace muchos años, pedía, en algunos de ellos, un homenaje o reconocimiento público y oficial para D. Miguel Colomer, como podréis apreciar.)

 

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lunes, 7 de junio de 2021

“Alfonso, muere en acto de servicio, en Torrejón de Ardoz, en 1958”. II parte.

 (Parte II y última, dividida en epígrafes para una mejor comprensión).

        -     La pensión de “orfandad” que le podía quedar a mi madre.


 
Era por el año 1989. María Dolores estaba destinada en el Ministerio de Hacienda (clases pasivas) y me comenta que mi madre –mi padre ya no estaba entre nosotros- tenía derecho a una pensión por el fallecimiento en acto de servicio de mi hermano Alfonso. No se tramitaba de oficio, había que solicitarla y aportar una importante cantidad de documentación. No teníamos ninguna… y a mi madre, ya mayor, queríamos evitarle recordar algo tan doloroso. Se lo comenté y me preguntó emocionada si ella tenía que hacer algo especial. Le dije que no se preocupase y que ya la iríamos informando. La tranquilicé mientras la animaba para que no pensase en ello, indicándole que nosotros nos encargaríamos de todo.

             Comenzaba un largo camino que duró más de un año para conseguir la documentación precisa de aquel suceso, del que no teníamos constancia alguna oficial y del que tan pocas cosas sabíamos… Sólo lo que nos habían dicho y contado, de palabra, las autoridades militares y el testimonio de mi amigo Ángel, que nunca le llegué a contar a mi madre con detalle.

           

    -         La llegada a Castellar con mi hermano Alfonso, muerto, y los días posteriores. 

De aquel 13 de mayo de 1958, no recuerdo a la hora a la que llegamos a Castellar con el féretro de mi hermano. Sólo tengo la percepción de que tuvimos que esperar bastantes horas en Madrid, para preparar su traslado y que viajamos desde allí con varios vehículos del Ejército del Aire y un grupo de soldados pertenecientes a la Escuadrilla de Alfonso.

            A la llegada, alguien se hizo cargo de mí, e imagino que sería mi tía Martina, cuando un enorme gentío, difícil de describir y de imaginar en los tiempos actuales, esperaba la comitiva en los alrededores y a las puertas del edificio donde vivíamos. Trasladado por sus compañeros y por otros militares, llevaron la caja mortuoria hasta una habitación cercana a nuestra vivienda y que estaba situada justo enfrente de la oficina de telégrafos, que también la albergaba ese edificio municipal. Era una habitación que mi padre utilizaba para despacho de sus otros trabajos como el de representación de seguros, además de su empleo como funcionario municipal. Allí instalaron lo que sería la capilla ardiente y a mi hermano solo se le podía ver el rostro por un pequeño cristal que tenía el ataúd y que permaneció abierto a veces.

         Sus amigos de siempre lo velaron y estuvieron a su lado, junto con el resto de la familia, mientras, en otras habitaciones de mi casa y del edificio, así como en los alrededores, la gente se agolpaba incluso durante la noche. Era un joven muy conocido y querido, como lo eran mis padres. Al tratarse de una familia también conocida como él, y especialmente mi padre, el duelo del entierro, con una gran parte del pueblo, fue algo tremendo y sobrecogedor, para nosotros, como lo fueron los días, las semanas, los meses y los años posteriores. Aquella noche y el día del entierro, en mi casa no cabía ya nadie y el resto del edificio de las escuelas, en su planta baja, se encontraba atestado de gente, del mismo modo que en la calle y después en la iglesia y hasta en el cementerio. 

           Desde la iglesia mi hermano fue llevado hasta el Cementerio Municipal situado a tres kilómetros del centro del pueblo, a hombros de sus amigos, entre los que se encontraba, confirmado por él, Juan Villaldea, hijo del celebre y querido maestro de Castellar e imaginamos que Gustavo y otros. 

        Aquellas vivencias resultaron muy duras para toda la familia y amigos, y a partir de esos momentos mi vida, tan corta aún, cambió por completo. Me vistieron de luto riguroso y la vida, en parte y en el concepto más amplio, se acabó también un poco para todos nosotros. Fueron días muy duros, en los que el pueblo entero estaba impresionado por aquel accidente de tan fatales consecuencias para mi hermano y para nosotros como daño colateral. Aquel luto y aquella nueva manera de vivir, con miedos, zozobra y tristeza perduró, como he dicho, semanas, meses e incluso años. Solo la juventud de mis otros dos hermanos, Julio y José María, y la fuerza y el carácter de mi madre nos hicieron renacer poco a poco de aquel durísimo golpe.


        - Los motivos de que Alfonso se fuese a Madrid, en el año 1957, como voluntario al Servicio Militar.

           No podía imaginar mi hermano, cuando meses antes había salido rumbo a Madrid, que volvería de aquella manera. Su enorme afición a los aviones y especialmente a la mecánica de sus motores, le hizo, desde muy joven, pensar en marcharse a Torrejón, como voluntario, para hacer la mili y allí prepararse adecuadamente con el objeto de alcanzar la profesión de mecánico de aeronaves. 

      Alfonso escribía pequeñas novelas y narraciones, alguna conservo, y aunque no había terminado bachiller –como hermano mayor, siempre estaba ayudando a mi padre en todo- era, como digo, muy aficionado a escribir y también tocaba la armónica, de la que era un entusiasta. En su maleta llevaba dos de ellas cuando se marchó y en la maleta nos las devolvieron junto con otros objetos personales. 

            Sus proyectos de futuro, habían provocado, en mi casa, alguna que otra discusión, pues mi madre no quería que su hijo, en el año 1957, se fuese a Madrid, tan lejos entonces, a hacer el servicio militar y a aprender un oficio, en una base aérea.  De alguna manera mi padre lo apoyó siempre y mi madre terminó cediendo, animada por el hecho de que en Madrid tenía a mi tía Martina y a mi tío Manuel, hermano de mi padre. Eso la tranquilizaba en parte. Sólo en parte.

 


- Algunas de las consecuencias del fallecimiento de mi hermano. 

            Mi madre estuvo algunos años sin salir de casa. Ni a la puerta de la calle. Sólo a misa, preferentemente a misa temprana, y con un enorme manto negro que le cubría hasta por debajo de la cintura. Mi padre se ocupaba, junto con mis otros dos hermanos, de los recados y de las compras. Esta situación hizo que yo estuviese mucho con mi padre y que me llevase a tantos sitios con él de la mano. Mi luto riguroso también duró, al menos, un par de años, pero, a pesar de todo, mi infancia transcurrió, con un fondo de tristeza, pero agradable. Y es que tenía otros hermanos muy jóvenes. José María, un ser humano excepcional, era especialmente alegre, y estaba a nuestro lado mi madre que fue capaz de superar aquel tremendo dolor por sus otros hijos. Crecí con el permanente recuerdo de mi hermano Alfonso, al que me achacaban gran parecido: “Dios te ha dejado su retrato” le decían a mi madre refiriéndose a mi, no sin exageración, al comprobar la realidad, y con el único ánimo de consolarla. 

            Mi hermano Julio ya no fue a la mili, lo que le facilitó que pudiese ejercer de maestro con poco más de dieciocho años, tal y como aquel Teniente General le había prometido a mis padres. Viajó a Madrid, con mi padre y mi tía, y se volvió con la cartilla y licenciado a Castellar, en apenas dos o tres días, lo que tardaron en hacerle los tramites y sin pisar un cuartel o una base. Solo tuvo que ir a la Calle Quintana, el edificio de la Primera Región Aérea, lugar donde estaban ubicados el despacho y la vivienda del Teniente General, y donde quince años después hice la mili como voluntario del Ejército del Aire. 


        Mi hermano José María y yo, si tuvimos que hacer la mili, puesto que habían cambiado los mandos de aquellos días y de aquel año aciago. La hicimos ambos como voluntarios, con siete años de diferencia, y con buenos destinos propiciados por aquel Cabo Primero, Magariño,  -luego Sargento Magariño por la ley creada a tal efecto para los cabos primeros que se encontraban en la misma situación que él- al que ya he mencionado antes, asistente del Teniente General, que a su manera trató de hacernos de la forma más agradable posible nuestra estancia en el Ejército… y lo logró, aunque las circunstancias de José María fuesen, por desgracia, muy distintas al final de su servicio militar.

 

- Cuando buscamos toda la documentación del expediente del fallecimiento de mi hermano y nos encontramos muchas y desagradables sorpresas. 

            Tuvieron que pasar muchos años para descubrir un gran número de detalles de los que mis padres ni siquiera supieron nada, respecto a la muerte de mi hermano. El conocimiento de la posibilidad de una pensión, ya narrado, nos llevó a buscar todo el expediente, no sin cierta dificultad, de aquel trágico suceso.  Recordé que cuando estaba haciendo la mili, Magariño me había señalado una sala de archivo de causas judiciales en un ala del edificio de la calle Quintana y me dijo: “Antonito -así me llamaba él- ahí tiene que estar el expediente completo del juzgado que llevó la causa de tu hermano Alfonso”. Miré, muy por encima, la sala y era un recinto con grandes estanterías metálicas, repleto de legajos y carpetas con numerosísimos expedientes judiciales. No supe que hacer ante aquello y preferí olvidarlo. 

           Conté a varios amigos militares, amigos de mi estancia de doce años en el Ministerio de Defensa, la necesidad de obtener esa documentación y recordé aquellas palabras de Magariño mostrándome la sala donde estaba aquel expediente judicial. Un sábado por la mañana, con uno de estos amigos, nos dirigimos a aquel lugar donde había hecho la mili hacía dieciséis años. Solicitamos permiso al Teniente Coronel Auditor que estaba de guardia aquel día y nos pusimos a la búsqueda. Una o dos horas bastaron para encontrar lo que era una causa judicial, y no un mero expediente. Una gran carpeta con cientos y cientos de folios y documentación, con el nombre de Alfonso Anaya Marín. Mi amigo y yo comentamos, con lo poco que habíamos visto que aquello había tenido mucha más importancia de la que había trascendido y con todo el legajo nos fuimos al despacho del Teniente Coronel. Este alegrándose de que lo hubiésemos encontrado tan rápido, comenzó a pasar folios, carpetillas, documentos. Poco a poco le fue cambiando el semblante y comenzó a hacerme una serie de preguntas, algunas de las cuales, las más importantes, transcribo:

 -                          ¿Usted sabia que se había celebrado un juicio por la muerte de su hermano, la de otro compañero y de varios heridos graves más?

-                          ¿Sabía que el imputado era uno de sus compañeros, quedando probado que fue el que provocó la explosión y al que se le condenó a varios años de prisión militar, por imprudencia temeraria con resultado de muertes y daños materiales?

-                          ¿Le comunicaron a su padre, en algún momento, la celebración de este juicio, este fallo y además una indemnización que el juez impuso, por la muerte de su hermano, al soldado condenado? 

           Al ser todas mis respuestas negativas, el Teniente Coronel, que no salía de su asombro, al igual que mi amigo, me comentó que quizás mis padres si supieran algo. Le aseguré que no, que mis padres no nos hubiesen ocultado algo así y que jamás se habló en mi casa de juicio alguno y menos de condena o indemnización de ningún tipo. Tampoco se recibió comunicación oficial alguna, ni directa ni indirectamente. En ese momento el mando militar me dijo que se quedaba con todo el legajo en su despacho y que lo pidiese oficialmente y por escrito a través del Gobierno Militar de Madrid. Él se ocuparía de que llegase todo a mi poder en el menor tiempo posible para tramitar la pensión. Tardó varios meses.

  

- Lo que figuraba en aquellos cientos de folios. 

            La sorpresa, tremenda, y más grande si cabe, surgió cuando comprobamos personalmente, en los
cientos de folios escritos para la causa, cuantas cosas eran totalmente desconocidas por mi familia. Mi madre falleció, años después sin llegar a enterarse de todas estas circunstancias que preferimos ocultarle. Tampoco mi hermano mayor quiso saber demasiado por lo que me encargué prácticamente de todo con la ayuda de María Dolores. 

            Una de las primeras sorpresas es que a mi hermano le hicieron la autopsia y que mis padres nunca llegaron a saber. Resultaba, como era lógico, que ante el accidente se abriese un expediente judicial de oficio para depurar responsabilidades y por lo tanto ese acto forense era necesario e ineludible. Del mismo modo se instruyó una causa militar por imprudencia temeraria con resultado de muertos y heridos, contra el soldado autor material de la acción que provocó la explosión. Este, como estrategia de su defensa, culpaba de todo a los dos fallecidos, entre los cuales estaba mi hermano, pero los hechos probados y el testimonio abrumador de los demás compañeros vivos, eran contrarios a esa teoría, y esto llevó, en un juicio militar, a que se condenase a este joven a, creo recordar, siete años de prisión, y a una indemnización de setenta y cinco mil pesetas de entonces para mis padres. Lo que equivalía a una cantidad aproximada de un millón y medio de pesetas en el año que obteníamos y leíamos esos documentos. Teniendo en cuenta el nivel de vida de 1958, resultaba una apreciable cantidad. 

          Lo peor de todo es que mis padres nunca tuvieron conocimiento de aquel procedimiento judicial, ni de nada que se le pareciese. Ni se les notificó cualquier cuestión relativa a la indemnización, ni a la condena y menos, claro, lo relativo al indulto inmediatamente posterior a la condena. Sólo había que pasar una hoja y una fecha para comprobarlo, y de la también inmediata declaración de insolvencia de esta persona. Prácticamente todo se hizo casi a la vez. Resultó muy dolorosa la lectura detallada de todos los documentos de aquella amplia causa. 

Conviene situar los hechos en la época y en los años que aquello sucedía y decir, que este soldado que había sido condenado e indultado inmediatamente, era, cuando menos, paisano y bastante conocido del Teniente General, según averiguaciones posteriores.


        - El final: la resolución que dio lugar a una pensión para mi madre y mis dudas sobre la forma de hacer justicia en aquel caso.      


Defensa aprobó la muerte de mi hermano en acto de servicio y con un amigo militar organizamos la forma de llevar a mi madre a Torrejón, para firmar una documentación, que la generosidad, la compasión y la profesionalidad de un juez militar lo redujo a una sola ocasión, cuando deberían ser varias. Ella nunca llegó a saber que estuvo en la base donde su hijo sufrió un accidente provocado por un compañero y de donde salió herido de muerte, pues lo hicimos todo de forma que no llegó a hacerse idea de donde estaba  siquiera. Para ella sólo fueron unos edificios militares, con oficinas y poco más. Murió sin enterarse absolutamente de nada de lo que había sucedido en torno a la muerte de su hijo Alfonso, del mismo modo que murieron mi padre y mi hermano José María. 

            Mi madre sólo disfrutó unos pocos años, siete, de aquella pensión oficial que le fue concedida. Y en aquellos momentos dudé y mucho si llevar toda la documentación, parte importante de la cual conservo, a un abogado, al que sólo consulté por teléfono, para intentar que se hiciese finalmente la justicia que creo que no se había hecho. Al no tener conocimiento mis padres de nada, ni figurar documento alguno donde se les diese traslado de las actuaciones judiciales, se podía considerar algo muy especial y bastante irregular, pero tras localizar, incluso, el domicilio y el teléfono de la persona que cometió aquella tremenda imprudencia con resultado de dos muertes y varios heridos muy graves, me eché para atrás al comprobar que su vida transcurría con su familia y con sus hijos y que seguía viviendo y desarrollando su profesión en aquel pueblecito cantabro tan encantador y típico, de donde también era originario el Teniente General, que me sostuvo en brazos en el hospital y que tan bien se había portado con nosotros en aquellos terribles momentos.  Pedí consejo a amigos y familiares, y tras escuchar las opiniones, decidí dejar que quedase todo como estaba. Todavía, a día de hoy, no estoy seguro de si hice bien o mal, o si hubiese conseguido algo… No lo sé. Pero fue mi decisión y solo mía. Nunca sabré con certeza lo que hubiese sido 

          -Madrid- Castellar, mayo de 2021-

  

jueves, 27 de mayo de 2021

Alfonso, muere en acto de servicio, en Torrejón de Ardoz, en 1958. I


Apenas llevaba unos días destinado en Getafe, en un establecimiento militar del Ejército del Aire, a principios de los años ochenta. Había pedido, como funcionario de la Administración Militar, un destino en el Cuartel General del Aire, en Moncloa. Sin embargo, por distintas causas, terminé en ese lugar algo alejado de Madrid.

        Allí, ya me había instalado en la Secretaria Técnica, en un destino muy apetecible, con dos excelentes compañeros. Una mañana apareció en aquel despacho un empleado, un mecánico conductor, que tras presentarse me preguntó, sin más preámbulos, si mi último apellido era Marín. Le contesté que sí y me volvió  a interrogar refiriéndose a si tuve un hermano mayor, llamado Alfonso, que murió en Torrejón, durante el servicio militar.

    Me quedé atónito ante esa pregunta. Al contestarle afirmativamente le dije:

 -  ¿Lo conoció usted?

- ¿Nos sentamos?- me dijo, puesto que me había puesto de pié para saludarlo.

- No sé si te haré bien al contarte esto, pero creo que deberías saber que yo llevé a tu hermano, gravemente herido,  en una camioneta, hasta el hospital del Aire tras el terrible accidente de Torrejón, cuando explosionó un avión con varios soldados dentro, mientras intentaban limpiar una gran mancha de gasolina.

 - En la base - prosiguió- no había en ese momento ambulancias suficientes y a algunos, como tú hermano, los trasladamos en camionetas  A Alfonso lo llevé yo. Mi vehículo se averió en el traslado, en plena carretera, y tuvimos que esperar, bastante tiempo a otro,  con tu hermano muy grave. Aquello fue angustioso para mí y nunca lo olvidaré. ¡Él fue muy valiente al soportar todo eso en su estado! Tengo, veintitantos años después, las imágenes en mi cabeza. Cuando llegamos al hospital iba muy mal. Luego me contaron que murió. ¡Pobrecito!

     A Ángel, que así se llamaba aquel buen hombre que luego fue mi amigo, se le quebró la voz, mientras yo no era capaz de reaccionar. No sabía si él tenía que consolarme a mi o yo a él. Mis dos compañeros contemplaban la escena sin salir de su asombro y consternados.

      No se cuantos segundos duró aquel silencio. Ángel se levantó y me dijo:

- ¡Dame un abrazo!

      Nos lo dimos, se dio media vuelta y mientras se marchaba me indicó que allí estaba para lo que necesitase y que le preguntara cuanto quisiera, pero me advirtió que no sabía mucho más.

Inevitablemente, mi encuentro con Ángel me llevó, en aquellos días, a recordar, casi paso a paso, lo que había sucedido bastantes años antes.


     Un día de mayo, algo caluroso, en 1958,  terminando los rosarios de la Virgen, acabábamos de comenzar a comer en mi casa. Eran sobre las dos y en la radio se habían escuchado los acordes, tan conocidos,  del comienzo del "parte oficial", el único que era posible escuchar. Mis padres y mis dos hermanos,  conmigo, sentados en la mesa para comer. Mientras, mi hermano José María, con once años, jugueteaba y me hacia rabiar. Como siempre mi padre tuvo que llamarnos la atención. Yo iba a cumplir cinco años en un par de meses. Mi otro hermano Julio apenas tenía diecisiete y Alfonso, en Madrid haciendo el servicio militar como voluntario, veinte.

      El locutor emitía el parte radiado, mientras comíamos en una habitación comedor, al lado de la cocina, de una vivienda que estaba ubicada en el interior del edificio municipal que albergaba, entonces, las escuelas nacionales, en la calle de la Villa, esquina con la Glorieta. En realidad eran dos edificios unidos, que antes habían sido cuartel de la Guardia Civil. Por la hora que era estaba todo en silencio, cuando llegó hasta la casa llamando a mi padre, a voces, la vecina de enfrente, Lola, la mujer de Rafael.

      Esos vecinos tenían teléfono, pues él se dedicaba, entre otros trabajos, a tareas bancarias. Le dijo a mi padre que se diese prisa. Era una conferencia de Madrid. Allí teníamos a mi hermano mayor haciendo la mili, a mis tíos y  a mi tía Martina que trabajaba con la familia Sanjuán, propietarios del cortijo de Consolación, en el piso que estos tenían en la capital.

      La llamada resultaba un tanto extraña, por lo poco habitual. Mi madre, preocupada, salió tras de mi padre.  Volvieron, a los pocos minutos,  con Lola y Rafael. La llamada había sido del Ejército del Aire. Mi padre estaba demudado, mi madre llorando, aunque contenida. Mi hermano había tenido un accidente en Torrejón, lo habían llevado al Hospital del Aire y estaba grave. No sabían más.

      A partir de ahí, en esa tarde, que debió de ser muy larga, tengo algunos recuerdos. Uno de mis hermanos avisó a la familia del pueblo, mientras mi padre ponía una conferencia a su hermano Manuel en Madrid y también a mi tía Martina, a la que ya habían avisado antes, por ser el contacto de Alfonso en Madrid.

      Mis padres decidieron que salían esa noche para la capital en el primer tren disponible que no era otro que el Correo de las once de la noche y que llegaba a Madrid a las siete  de la mañana del día siguiente. Para eso había que coger, a última hora de la tarde, la “Alsina” hasta Vilches.

      Mi madre siempre tuvo claro, mientras me abrazaba, que yo iría con ellos. Mis tíos de Castellar insistían en que me quedase allí, pero sólo se quedaron mis otros dos hermanos y en mi casa. Así fue como, con cuatro años, viajé a Madrid en un tren correo, dormitando y sentados en unos duros bancos de madera. Antes pasamos por casa de mi tía Celestina y su familia que vivían en la estación de Vilches, mientras esperábamos el tren que llegó con algo de retraso.

       La noche se me hizo larga y apenas dormí,  casi siempre en brazos de mi madre y a ratos con mi padre. Al llegar a Madrid,  no se cómo nos recogieron, creo que en un taxi, y nos llevaron a casa de mis tíos. Mi estado entre dormido y aturdido me ha impedido recordar bien esos momentos.

      Sí recuerdo la casa de mis tíos y después un autobús de dos pisos que me parecía enorme. Subimos por una estrecha escalera al piso de arriba para sentarnos.  Íbamos, desde una calle al lado del Retiro, donde vivían mis tíos, camino del hospital del Aire, que estaba en la calle de la Princesa. Supongo ahora, por el trayecto,  que sería el autobús número 2. No terminaba de entender mucho y solo sabía aferrarme, asustado,  a los brazos de mi padre y de mi madre.

      En el hospital nunca me dejaron pasar a la habitación de mi hermano y por tanto no lo vi. Había una sala al lado, casi contigua, con sofás y sillones, de color verde oscuro, donde mi familia y yo pasamos muchas horas... más de un día. Ellos, mis padres sobre todo y mi tía Martina, sí entraban con bastante frecuencia a ver a mi hermano Alfonso. 

     Por las caras y lo que escuchaba la situación era muy crítica. Con mis escasos cinco años entendía que aquello era una situación terrible. En un momento que alguien dejó la puerta entreabierta pude ver la cama de mi hermano y su rostro y su figura casi inerte, aunque, todavía, podía hablar con mis padres y mi tía. No sólo eran las quemaduras sino también el humo inhalado.

      Hasta aquella sala nos llevaban comida y bebidas. Había un cierto trasiego de militares que nos visitaban continuamente y soldados que nos atendían. El Coronel jefe de la base de Torrejón, Mariano Cuadra Medina, apenas se movió de allí, de nuestro lado. Años más tarde, también él perdió un hijo muy joven en un accidente, cuando este pilotaba un caza. Llegó a Teniente General y fue Ministro del Aire quince años después.

      A veces me sacaban de allí hasta un patio muy tranquilo, lleno de árboles y bancos. También fuimos a una capilla para rezar. A media tarde llegaron el Teniente General Castro Garnica, Capitán General de la Primera Región Aérea, y su mujer. Estuvieron allí prácticamente toda aquella noche. Una de las primeras cosas que hizo el general, tras ver a mi hermano y hablar con mis padres, fue cogerme en brazos durante largo rato, hablar conmigo y tratar de distraerme. Del general decían que era un hombre excepcional. Le acompañaba, a veces, su asistente personal, el Cabo Primero Magariño, toda una institución en el Ejército del Aire y que después hizo amistad con mis padres e incluso visitó nuestro pueblo, como invitado de mi familia, años después, en un par de ocasiones.

       Castro Garnica le hizo a mi madre una promesa especial tras saber que sus otros hijos éramos varones: "mientras yo pueda ninguno de sus otros tres hijos tendrá que venir al Ejercito, excepto que ellos quieran hacerlo voluntariamente. A este se lo llevará usted licenciado y con su cartilla debajo del brazo"  Se equivocó ahí el buen general. Nos lo llevamos, sí, pero muerto. Las gravísimas quemaduras del accidente y la afectación de sus pulmones, hicieron que al clarear el día siguiente mi hermano falleciese. Pocos días después fallecería otro soldado más y el resto de heridos se recuperó, incluso el que por una imprudencia temeraria grave provocó el accidente. Este era nacido en la misma población que el Teniente General.

  (Continuará en los próximos días)

 

 

 

miércoles, 3 de junio de 2020

El secreto, hasta la tumba, de un amor prohibido. (Relato basado en hechos reales)



Transcurrían los años cuarenta en un pueblecito andaluz de aquella España dolorida y triste. Una guerra entre hermanos, la más cruel de las guerras, acababa de terminar. Muchos salieron del pueblo para escapar del hambre y la miseria. Otros también por miedo a represalias.
            Juana y Luis se habían casado hacía poco, apenas acabada la contienda, pero él tuvo que marcharse a una ciudad andaluza donde le ofrecieron un trabajo. Lo primero era coger y marcharse. Después ya verían. Eran muy jóvenes y podrían continuar juntos sus vidas. Allí, en el pueblo, les era imposible sobrevivir. Emigrar los dos era demasiada aventura.
            Se habían casado de una forma circunstancial. Se conocían desde niños y las familias se llevaban muy bien. Digamos que entre todos apañaron un casamiento al que no pusieron resistencia alguna los protagonistas. Al fin y al cabo y en aquellas circunstancias poco importaba. Eran jóvenes y basta… y además ante la perspectiva de que tuvieran que emigrar, sobre todo él, mejor casarse antes.
            Juana hacía vida con su familia y sobre todo con una de sus cuñadas. Compartían pequeñas cosas y hacían algunas de las faenas del hogar juntas, como ir hasta unas albercas cercanas a lavar la ropa. Las dos jóvenes reían y se afanaban. Carmen, su cuñada, estaba muy enamorada de su reciente marido y ya tenían dos preciosos pequeños.
            En ese ir y venir al lavadero se solían encontrar con gente del pueblo de lo más variado y en ocasiones coincidían con un guarda del campo. Joven, con los ojos “verdes como la albahaca” de la canción, destacaba por guapo y esbelto. Rafael iba y volvía de su trabajo de vigilante rural con un precioso caballo castaño.  Al principio solo era un cortés saludo, poco a poco la confianza se iba produciendo y Rafael se paraba con su caballo a hablar con las dos jóvenes… y de una manera especial con Juana. Uno y otra se caían bien, hablaban y se reían, mientras su cuñada asistía como invitada, día tras día, a la escena.
            Cuando volvían al pueblo Juana no perdía ocasión de hablar a Carmen del guarda campero. Y esta le advertía siempre, a veces con cierto enfado, que parase su entusiasmo y recordara que estaba casada y con su marido a bastantes kilómetros. El ímpetu juvenil de Juana se manifestaba día tras día en sus risas y en sus expresiones cada vez más cariñosas y cercanas a Rafael. Quizás fuese amor…
            Había días que Rafael las acompañaba hasta el lavadero y allí se apartaban  ambos, un poco alejados, y mientras corría el agua originando un rumor peculiar en la alberca en aquella primavera esplendorosa, se oían las risas y las conversaciones de los dos jóvenes, a veces enmudecidas durante eternos segundos por unos besos en los labios que variaban en profundidad.
            Disimulaban si, y en el pueblo apenas se veían, pero en el campo y en los alrededores del improvisado lavadero, daban rienda suelta a una relación que solo podía calificarse como una verdadera pasión. Juana era muy guapa y los dos se atraían hasta extremos que parecían insospechados, pero que eran reales. Sus ojos brillaban de una manera especial y sus cuerpos parecían hechos el uno para el otro. No podían mirarse frente a frente sin besarse, sin abrazarse, sin sentir como sus cuerpos jóvenes y apasionados temblaban, se compenetraban y entrelazaban hasta parecer uno solo.
            Carmen sufría en silencio con aquella situación que tanto le desbordaba y solo el trajín de su casa, su familia y el cariño a su marido y sus hijos le hacía olvidarse de lo que quiso pensar no sería más que un tonteo pasajero… sin más consecuencias.
            Mientras la joven pareja, cada vez más apasionada, se encontraba un día si y otro también, a escondidas en el campo, la cuñada de Juana se apartaba voluntariamente y quería ignorar lo que estaba sucediendo, puesto que era imposible que aquella le hiciese el más mínimo caso a sus advertencias.
            Juana salía con la excusa del lavadero casi todos los días e iba a encontrarse con Rafael. Cada vez llegaban un poco más lejos en su romance, hasta que durante unos días consumaron su amor con tanta pasión que los dos creyeron por un momento perder el sentido… Y lo habían perdido. Habían perdido el sentido de una realidad que era mucho más dura de lo que ambos creían. Su amor sin embargo parecía cubrirlo todo y les hacía ver, sobre todo a Juana, un mundo de rosas y perfumes muy alejado de aquella vida de la posguerra, pero sin saber nunca a donde le llevaría.
           
             Siempre que encontraban una mínima ocasión se abandonaban, entrelazados sus cuerpos y sus brazos. Carmen ya ni preguntaba, ni quería saber lo que realmente ocurría. Prefería ignorar algo que temía que pudiesen descubrir su propio marido o alguien de su familia. Lo que al principio era preocupación se había convertido en auténtico temor. Mientras, Juana, vivía días idílicos con su guarda enamorado, escondiendo su amor bajo cada árbol y cada olivo, entre retamas, en escondites naturales… de la misma forma que tenían escondida su pasión que solo dejaban florecer unos minutos o unas horas cada día.
            Sólo habían pasado varios meses, aunque el tiempo allí y entonces transcurría con mucha lentitud y poco más de tres desde que Juana había comenzado su verdadera aventura amorosa, cuando, llorando, llegó una mañana a casa de Carmen. Llevaba el miedo en su rostro reflejado y las lágrimas caían con desconsuelo sobre su cara y su camisilla, algo desabrochada, en aquel verano tan caluroso.
            Sin darle más vueltas le contó a su cuñada que no “manchaba” desde hacia un par de meses y que creía que estaba embarazada y sospechaba que esperaba un hijo de Rafael pues estaba teniendo síntomas inequívocos de ello. Síntomas que sus padres y suegros achacaban a la debilidad, a las carencias, al modo de vida… Ella no quiso ir al médico de beneficencia. Sabía que podía descubrir su secreto. Carmen pensó por un momento que toda la familia quedaría envuelta en un escándalo tan grande que su propio matrimonio, incluso, se vendría abajo. El desasosiego y el miedo al escándalo se apodero de ellas.
            Fueron un par de noches sin dormir las que Carmen pasó, excusándose ante su marido por no encontrarse demasiado bien, por estar con las “cosas” propias de la mujer y por las preocupaciones por la comida de los hijos, preocupaciones que ellos apenas tenían gracias al trabajo de él.
            Una mañana Carmen fue a buscar a Juana y la llevó hasta su casa. Se encerraron en una habitación y le dijo, sin miramientos, lo que ella creía que podría hacer. Era bien sencillo: coger la maleta e irse con su marido a la ciudad andaluza donde el trabajaba. La excusa era tan contundente como que una mujer tiene que estar al lado de su marido sin más y que ella debía mostrar ante la familia su hartazgo por esa lejanía. No había más que hablar ni discutir. La cara de sorpresa de Juana era tremenda, pero a la vez de alivio, pues sabía que si no querían sumir a toda la familia en ese escándalo tendría que abandonar su amor y su pasión personificados en Rafael y marcharse cuanto antes de allí. Juana besuqueaba a Carmen con las mejillas llenas de lágrimas, mientras le daba una y mil veces las gracias. Sería aquel un secreto que las dos cuñadas se llevarían a la tumba.
            No era precisa otra cosa que buscar alguna combinación con alguien que, del pueblo o de un pueblo cercano, viajase hasta la ciudad andaluza. Antes quiso despedirse de Rafael, sin decirle nada de lo que estaba ocurriendo, como si se fuesen a ver al día siguiente. Pero el beso de despedida supo más ardiente que nunca.
            A los pocos días Juana estaba con su marido, que lleno de sorpresa y alegría la recibió diciéndole que acaba de enviarle una última postal preciosa… Postal que la familia en el pueblo recibió y la colocó por encima del hogaril.
            La enamorada y apasionada joven ya estaba con su marido viviendo en un cuarto de una pensión que si antes Luis compartía con alguien, ahora ya era únicamente del matrimonio. Ella ayudaba en la fonda a todas las labores de la casa y recibía a cambio comida y algún vestido, mientras Luis seguía en su trabajo. Cuando volvieron, años después al pueblo, de paso para viajar a otra zona más prospera de España, llevaban una preciosa niña de dos años, que había nacido adelantándose un poco… aunque nadie supo entonces decir cuanto.
            Al volver la feliz pareja y su hija, Rafael se había casado y apenas se vieron si no era de lejos, mientras ambos esbozaban una sonrisa. Nunca él, ni nadie, supo que aquella niña, tan guapa, tan parecida a su padre, al guarda del campo de los ojos verdes, “como la albahaca” no era hija de Luis. Después la pareja tuvo más hijos… y lejos del pueblo formaron una familia y un hogar.
            Ninguna de las dos cuñadas que se sepa habían desvelado su secreto, aunque Carmen, unos meses antes de morir, llamó a uno de sus hijos para contarle esa historia y que él decidiese que hacer con ella, tantos y tantos años después.
            El hijo se lo contó a un buen amigo… y este quiso plasmarla de forma anónima, aunque real, en unas hojas de papel.

jueves, 25 de julio de 2019

Soler: un gran tipo.


No sé el motivo muy bien, pero me ha venido a la cabeza un tipo de los que creo que ya no existen. Una persona o mejor un personaje un tanto especial.
            Soler era alguien de altura en su trabajo. Y digo lo de altura porque su labor como funcionario solo la desempeñaba entre los altos cargos. De coronel para arriba. No por su estatura que era todo lo contrario. Aquello era el Ministerio del Ejército en los años setenta, unos meses después de la muerte del dictador, a donde llegué, en mi primer destino, tras superar el periodo de prácticas que completaba el proceso selectivo como funcionario de la Administración Militar.
            De teniente coronel para arriba, Soler se dirigía a los mandos con un “mi” delante, aunque con mucha confianza. De capitán para abajo eliminaba el “mi”, pues aún siendo funcionario civil, decía que su categoría era como la de un comandante y que por tanto a los inferiores les hurtaba el famoso “mi”. Esta era una costumbre arraigada entre los funcionarios antiguos que los más nuevos y jóvenes no utilizábamos. A ningún mando le poníamos el “mi” puesto que nosotros no éramos militares.
            Apenas veintidós años y fui allí enviado, al Palacio de Buenavista, en Cibeles, para sustituir a un jefe de negociado a punto de jubilarse y con el tiempo justo para enseñarme en que consistía su trabajo… Y allí conocí a Soler. El día de mi llegada se presentó a sí mismo, con esa gorrilla a cuadros, característica suya, que se quitaba cada vez que entraba en un sitio cerrado, descubriendo su cabeza un tanto libre de cualquier atisbo de cabello. A las mujeres además, según comprobé después, hacia un ademán de besarles la mano. Muestra, entonces, de una vasta educación
            Se quitaba la gorra con un movimiento protocolario y se la colocaba debajo del brazo, como si se tratase de la gorra de plato de un general. Era con el que más se trataba Soler: con el Teniente General. Éste era además un mando especial pues tenía la medalla al mérito individual que era una condecoración de guerra excepcional y una de las más preciadas, sino la que más. Debía, por su colección de medallas, haber participado en serias batallas que mejor no recordar.  
            Soler le trataba con cierto desparpajo, como si se conociesen de antes. No era así.  Es que él se dedicaba a trabajos especiales muy relacionados con la jefatura y los mandos. Paraba poco en su despacho. Siempre estaba moviéndose de un lado para otro, haciendo gestiones oficiales y encargos delicados, entre generales de uno y otros ejércitos.
            Cuando se presentó ante mí con aquella voz, algo ronca, tan característica suya, mi atención se centró totalmente en esa persona tan peculiar. Se sentó con naturalidad, tras quitarse la gorra, y tras darme la bienvenida con un apretón de mano ceremonioso, empezó a examinarme sobre mi preparación, mi aptitud, mi origen y procedencia. Su conversación un tanto especial discurría con mucha fluidez y estaba plagada de anécdotas y recuerdos. Me di cuenta que se podía escribir algún libro de su vida e historias.
            No se había casado y vivía la noche madrileña entre Chicote y bares de postín. Me consta que adornaba sus historias para hacerlas más interesantes. Simplemente su caminar por un lugar de Madrid, por ejemplo entre el Ministerio del Ejército, donde estábamos, y el de Marina un poco más allá, lo enriquecía para que su paseo pareciese algo verdaderamente original e interesante. Lo novelaba y lo detallaba todo, incluso las personas o turistas con los que se encontraba. A cada cosa le sacaba su punto y su punta y de todo ello se desprendía una chispa especial.
            Era muy amigo de mi compañero de despacho y de la mecanógrafa que trabajaba con nosotros. En la Administración militar había algunas funcionarias, todas mujeres, que sólo se dedicaban a la mecanografía. Aquello me costó aceptarlo, pues dictar los escritos y las notas oficiales a otra persona, en vez de escribir yo mismo, era algo que me resultaba muy extraño. Únicamente la amabilidad y el buen hacer de Eugenia, ese era su nombre, me hicieron superar una situación un tanto rara. Soler me bromeaba sobre aquello cuando se dio cuenta de que era para mi embarazoso. Y me decía que el hecho de tener mecanógrafa elevaba mi categoría, aunque corriese el riesgo de perder practica en el manejo de la maquina… y no digamos lo que ocurriría con mi taquigrafía.
            Su amistad con mi compañero y pronto amigo, Constantino, les hacía recordar viejas y no tan viejas historias, como aquellas de la funcionaria que le mandaban el sueldo mensualmente a su casa. Se lo llevaba Soler, porque eran compañeros de promoción y "amigos" y luego volvía imitándonos su teatro al recibir los emolumentos, que aunque difícil de creer, era todo cierto como la vida misma. Aquella funcionaria tardaba en abrirle la puerta cuando llegaba, pues se cambiaba de ropa, se ponía un camisón sucio y ajado para dar lastima y aparecía, como si estuviese muy enferma, con un gorrito y una bolsa de hielo en la cabeza, quejándose y lloriqueando…  Y todo ello nos lo narraba e imitaba muy bien Soler, entre el regocijo de los presentes.
            Con tal de que esta señora no viniese por el trabajo, pues lo paralizaba todo con su aspecto, disfrazada cada vez de un personaje distinto y fingiendo desmayos continuos, convirtiendo aquello en un circo, el Teniente General tomó la determinación de que era más rentable que se quedase en su casa. Y allí se le mandaba, cada mes, el sobre con el dinero en metálico de su sueldo… Algo que hoy sería impensable y motivo de un gran escándalo, como es lógico.
            Un día Soler y Constantino decidieron invitarme a visitar Segovia –yo no lo conocía todavía- y comer allí el famoso cochinillo. Planificaron el viaje para un sábado de comienzos de primavera y me dejé llevar hasta esa bonita ciudad con cierto entusiasmo, pues los dos me caían muy bien y con Soler tendría garantizado el humor y las risas. Aparte de eso y por ser joven, me llevaban costeado y encima me trataban, los dos, como si de un hijo suyo se tratase.
            El coche de Soler era un seiscientos verde, de cuatro puertas, nuevo pero bien cuidado, aunque ya un poco sobrepasado por otros coches de gama más alta y mayor potencia. Subir la cuesta de las Perdices o el puerto de Navacerrada en aquel seiscientos era todo un hito. Entonces no había autovías –solo un trozo al comienzo de la carretera de la Coruña- y eran carreteras generales o de montaña las que teníamos que pasar para llegar a nuestro destino.
            Él no era precisamente un gran conductor, aunque toda su vida había manejado el auto, y su despiste además provocaba que durante el viaje nos tocasen el claxon varias veces. A lo que Soler contestaba con el mismo sonido, y convencido e impasible comentaba: “ese me conoce de algo… pero yo no lo recuerdo…” Las risas de Constantino y mi semblante le hacían reafirmarse: “es verdad… me suena mucho su cara…pero no caigo” y así una y otra vez, durante el trayecto.
            En Segovia pasamos un gran día. Recorrimos la ciudad y su acueducto, visitamos el Alcázar y en cada lugar o rincón nos contaba un sucedido o una historia diferente y no por ello menos divertida.
            A la hora de la comida, cuando íbamos a casa de Cándido, famoso por su especial cochinillo, él supo buscar la excusa perfecta para llevarnos a otro sitio menos conocido, donde era mejor el precio y según nos decía, también el producto. Y sin duda lo sería. Pero lo gracioso era escuchar sus argumentos para no ir  a casa de Cándido contando una hilarante historia sobre un cochinillo que no estaba suficientemente asado y pareciese que iba a salir corriendo por la mesa…
            Entre risas y curiosidad pasamos aquel día inolvidable con Soler. Un tipo bajito, sin pelo, con los ojos saltones, con su voz tan rasgada, que se tuteaba con el Teniente General y que además tenía una habilidad especial para quitarse la gorra ceremoniosamente y nunca se reía de sus propias historias que contaba todo serio, ampuloso y con autoridad. Historias que cuando no quería terminar las dejaba a medio con un leve pero prolongado carraspeo… y sin conocer el final, para que cada uno nos lo imaginásemos a nuestra manera.
            A la vuelta de la ciudad castellana nos volvieron a pitar varias veces y él seguía respondiendo con otra pitada, sin saber muy bien de que conocía a aquellos que lo hacían. Nunca se le ocurrió reconocer que a veces “estorbaba” literalmente con su seiscientos y su forma de conducir poco apresurada y un tanto despistada. Claro que entonces el tráfico era muy distinto, creo que hasta las personas, y los coches y las carreteras también.  En realidad parecían hechas para tipos como Soler. Un gran tipo.

           

lunes, 17 de junio de 2019

La primera comunión


En estos días atrás ha sido, de nuevo, el tiempo de las primeras comuniones. Todavía queda el último acto al que los nuevos comulgantes asistirán con sus mejores galas: el día del Corpus.
            Nada que ver las primeras comuniones de antes a las de ahora. Actualmente las bodas, las comuniones y los bautizos se diferencian poco, en cuanto a boato. Sobre todo las dos primeras. En muy pocos casos se utiliza ya la sencilla túnica que a todas y todos igualaba y se ha vuelto a los trajes tan peripuestos que se utilizaban también hace muchos años. Los que podían claro…
            Las comuniones en algunos momentos fueron, como tantas cosas y por desgracia, un ejemplo de desigualdad. No todo el mundo podía pagar esos caros trajes y en los pueblos se notaba mucho. Algunas familias lo pasaban regular para hacer frente a una comunión digamos “normal”. En Castellar, en las chicas, casi todas iban parecidas con aquellos vestidos pomposos de color blanco o marfil. En los niños había trajes más o menos llamativos, otros de marinerito, elegantes pero discretos, y otros mucho más sencillos. Los zapatos eran especiales y generalmente blancos. También los había, trajes y zapatos, heredados y prestados… Esto, lo del prestado, ayudaba a muchas familias.
Los complementos para la ceremonia eran importantes, pues además del libro de misa y el rosario, indispensables, figuraba también un lazo de adorno, con bordados dorados relativos al sacramento por recibir, en uno de los brazos. En mi caso, el libro y el rosario me los regaló mi madrina, Nati, una de las hijas de Bienvenido, el de la tienda, y de Marina, con cuya familia manteníamos una estrecha relación.
            Como banquete no había tal y sólo los que podían hacían una merienda con chocolate, dulces y algún bizcocho, de Concha la dulcera, que a veces era un regalo de alguien querido, invitando a la familia más próxima y a los amigos más íntimos. Ese fue mi caso. Luego se fue pasando a una comida un tanto especial en la casa familiar y de la comida a las celebraciones de ahora en restaurantes, cada vez más parecidas a la celebración de una boda.
            En unas determinadas épocas los padres acompañaban a los hijos en el sacramento de la comunión y en otras los niños comulgan independientemente de que lo hagan o no los padres o acompañantes y desde luego no a la vez que ellos. Recuerdo que en ese día, sin duda muy importante para mí y para los que nos consideramos cristianos, me acompañaron mi madre y mi tía Martina, situadas a uno y otro lado de mi entonces frágil figura.
            Era una etapa de nuestras vidas aquella en la que eran frecuentes los “mareos”, así llamábamos a las lipotimias, en esas ceremonias en las iglesias, con olor a velas e incienso. Alguien, ante mi curiosidad por tal cuestión, me explicó que era debido a que quizás la alimentación no era todo lo adecuada o abundante que el organismo requería, en quienes sufrían esas indisposiciones.
            Mi primera comunión, respecto a oraciones y enseñanzas del catecismo, fue todavía preconciliar -antes de la entrada en vigor del Concilio aperturista del Vaticano II- en el año 1961. Tuve una catequista callada y tímida, Tere, pero agradable y eficiente como pocas en su labor. El párroco del pueblo era D. Antonio Sánchez Romero, mucho más abierto de lo que pudiese parecer en algunas cuestiones. Hombre culto e inteligente y que daba la importancia precisa a determinados aspectos y de alguna manera nos hizo más fácil, a todas y todos, nuestra primera confesión y comunión.
No había regalos, al contrario que hoy, excepto los que he comentado, y a pesar de eso las niñas y niños teníamos la sensación de que aquello era un día y una ceremonia un tanto especiales. Algo que siempre recordarímos, por unos u otros motivos.
            Hasta hace alguna década, prácticamente todas las niñas y niños hacían la comunión. Ahora los padres, y en alguna medida los hijos, a pesar de su corta edad, tienen la libertad y la elección de seguir o no el camino de la religión. Al menos hasta que tengan un juicio mejor formado.
            Pronto, en el Corpus irán acompañando al Santísimo Sacramento, con toda la solemnidad de ese día importante, en su peregrinar por las calles y plazas de pueblos y ciudades. Alguno, después, seguirán creyendo… otros y otras, poco a poco irán alejándose de esas creencias y esos valores en los que se iniciaron. No por eso serán mejores ni peores unos y otros. Habrá de todo, como una sociedad diversa y plural que somos. Pero ahí quedan, cuando menos, las vivencias, un cierto aprendizaje en valores y los recuerdos que pueden y deben ser bonitos. Los míos, por suerte, lo son.
           

           


jueves, 25 de abril de 2019

La tarjeta y mi letra.



El otro día tuve que escribir, a mano y con bolígrafo, una tarjeta para enviar un regalo a una persona amiga, apreciada y cercana. Se trataba, además de la dedicatoria, de explicar un poco la elaboración del aceite “temprano” de Castellar –de eso se trataba el presente-  y de agradecer su profesionalidad, dedicación y afecto en mí reciente operación ocular.
            El problema surgió cuando comprobé que mi letra, que nunca ha sido tan maravillosa como la de mi hermano, por ejemplo, dejaba mucho que desear… y había dado una mala vuelta desde que estoy jubilado y apenas escribo así. Antes ya lo hacía poco, pero ahora es prácticamente nada. Y mi tipo de letra tampoco era antes tan malo. Tuve que repetir el texto en otra tarjeta y con letra mayúscula que resultaba bastante más ordenada e inteligible.
Desde que comenzaron los ordenadores con los procesadores de textos, los móviles después y el enjambre de redes actual, nos hemos acostumbrado a escribir de esa forma… y además con limitaciones de caracteres, con abreviaturas, sin signos de puntuación y por si fuese poco sustituyendo la escritura con emoticonos –“combinación de signos presentes en el teclado de la computadora u ordenador, con la que se expresa gráficamente un estado de ánimo”- y GIF,  Graphics Interchange Format o lo que es lo mismo pero traducido: formato de gráficos intercambiables.
            La verdad es que me resultó fastidioso, no por escribir, sino por recordar que ya apenas se escribe a mano… y de alguna manera estamos perdiendo una de nuestras propias señas de identidad.
Todo comenzó cuando dejamos de escribir cartas y tarjetas de felicitación. Se utilizaba la máquina de escribir, pero se consideraba poco íntimo y distante enviar una carta o tarjeta escrita a “maquina” como lo llamábamos antes de los ordenadores. La maquina de escribir sólo se utilizaba para cuestiones formales, oficiales o comerciales, pero no para enviar una carta a alguien de la familia o a un amigo. Se llegaba a pensar que era de mala educación. Escribíamos a mano.
Ya no llegan cartas personales, ni tarjetas de Navidad, ni postales… Esa atractiva ilusión, incluso emoción, de recibir la tarjeta postal de un familiar o la carta de un amigo, la hemos sustituido por mensaje de WhatsApp… o de cualquier otra de las redes de comunicación personal que tenemos en los móviles. Como mucho, y ya nos cuesta, intercambiamos alguna llamada de teléfono que otra.
Una parte nuestra, sin duda, se está muriendo: la de la comunicación escrita con el lápiz y el papel. Cualquier día de estos comenzaré a escribir mi tarjeta, para acompañar mi regalo de aceite jaenero y castellariego, y observaré que ni encuentro algo con que escribir y las letras apenas las consigo plasmar o hacer legibles en esa tarjeta de “pintores con el pié”, ya un tanto añeja de dormir olvidada en el cajón de las cosas antiguas y de poco uso... como la escritura a mano.