sábado, 2 de marzo de 2019

¡Qué torpe… qué torpe… que no me conoces…!


  
El carnaval siempre fue para mí una fiesta importante en nuestro pueblo, pero a la vez me causaba cierto temor en su forma tradicional. Hemos de tener en cuenta que nuestro carnaval se asemejaba al de la Mancha y por lo tanto no nos disfrazábamos solamente, sino que íbamos con máscara y totalmente tapados. Nuestra cercanía con esa tierra hace que algunas de nuestras costumbres o de nuestra gastronomía sean compartidas, aunque luego cada pueblo le dé un toque particular que de alguna manera lo hace distinto.
En el carnaval sucedía así. El hecho de disfrazarnos con la cara completamente tapada, modificando la voz, con ese sonsonete agudo tan característico, nos hacia acercarnos a esas costumbres manchegas aunque luego, como digo, lo transformábamos en algo que lo hacia diferente y original.
La cara tapada imponía mucho. De niño me asustaba, según la manera en que la persona disfrazada se acercaba o se dirigía a mí o a nosotros. El “juego” también consistía en averiguar o no la identidad de la máscara, que habría de procurarse no desvelar públicamente. Si lo acertabas se comentaba en privado, al interesado o interesada, pero no se debía difundir, aunque luego esa “regla” se rompía, a veces, y entre amigos o amigas se comentaba.
Las máscaras, así las llamábamos, solían ir en grupo si bien había alguna solitaria que era casi siempre la que más respeto o miedo, incluso, provocaba.
El desfile era anárquico e improvisado y calles importantes como San Benito, Mendo Benavides, la calle de la Villa, la Glorieta, etcétera, eran la sede de este espectáculo, en los años cincuenta y sesenta, que si bien estaba prohibido por la dictadura franquista no era óbice para que Castellar se llenase de máscaras, con la mirada distraída de la Guardia Civil que pasaba por alto tal muestra carnavalesca, y no intervenía salvo que se produjese algún incidente que pocas veces ocurría.
En la infancia, me “refugiaba” –así lo veía yo- con mi madre en casa de la familia de Crisóstomo, familia amiga, en la calle de la Villa. Allí con Lola, centenaria que todavía vive y a la que guardo gran cariño, con Consola, a veces Paquita y Josefa, cuando no estaban fuera, veíamos pasar por el balconcillo de la planta baja a las máscaras que se paraban con nosotros, a veces en la puerta o incluso en ocasiones entraban en la casa.
Algunas mostraban acritud hacía determinado asunto o personas, o se permitían llevar algún rótulo colgado o bien manifestaban, con esa voz distorsionada, un comentario o alguna crítica o descontento durante esos días, que generalmente comenzaba el domingo de carnaval continuaba el lunes y martes de carnaval, el miércoles de ceniza y saltaba como último día al domingo de piñata, que sería el siguiente domingo y primero de la cuaresma. Los sábados en aquellos años se consideraban un día más de la semana.
Apenas con once años comencé a disfrazarme con la familia Soto, en su casa, familia muy querida para mí, y en la que Paco y  Fernando, eran mis amigos de entonces. Durante unos años mantuvimos el “mascareo” hasta que a finales de los sesenta y principios de los setenta comenzó a desaparecer de nuestras calles de forma inexplicable para mí, todavía hoy. Quizás promovido por algún cambio de alcalde al que no le debía gustar demasiado esta muestra despendolada de las máscaras castellariegas.
La frase “que torpe que torpe que no me conoces” todavía resuena en nuestros oídos… y a veces te turbaba si se añadía alguna cosa específica que de ti sabían y tú no conocías de quien se trataba. Un pequeño juego, como digo, que en ocasiones podía resultar un poco inquietante.
Un cepillo de la ropa y los polvos de talco solían completar el disfraz y la máscara. A veces el polvo de talco espolvoreado en la chaqueta del paseante que más que quitar extendían con el cepillo, podía provocar cierto malestar en según quien fuese el receptor y el alcance de la acción de la máscara.
Hoy ya es otro tipo de carnaval, con disfraces, casi siempre a cara descubierta aunque maquillada, y con un desfile a modo de cabalgata, organizado y preparado por el equipo de gobierno de turno y algunas asociaciones.
Nuestro carnaval pasó pues a la historia y ahora es totalmente distinto.

(Fotografía del carnaval de castellar de principios de los años sesenta, extraida del libro "150 años de historia. Castellar")



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