Apenas llevaba unos días
destinado en Getafe, en un establecimiento militar del Ejército del Aire, a
principios de los años ochenta. Había pedido, como funcionario de la
Administración Militar, un destino en el Cuartel General del Aire, en Moncloa.
Sin embargo, por distintas causas, terminé en ese lugar algo alejado de Madrid.
Allí,
ya me había instalado en la Secretaria Técnica, en un destino muy apetecible,
con dos excelentes compañeros. Una mañana apareció en aquel despacho un
empleado, un mecánico conductor, que tras presentarse me preguntó, sin más
preámbulos, si mi último apellido era Marín. Le contesté que sí y me
volvió a interrogar refiriéndose a si tuve un hermano mayor,
llamado Alfonso, que murió en Torrejón, durante el servicio militar.
Me quedé atónito ante esa pregunta. Al contestarle afirmativamente le
dije:
- ¿Lo conoció usted?
- ¿Nos sentamos?- me dijo, puesto
que me había puesto de pié para saludarlo.
- No sé si te haré bien al contarte
esto, pero creo que deberías saber que yo llevé a tu hermano, gravemente
herido, en una camioneta, hasta el hospital del Aire tras el terrible
accidente de Torrejón, cuando explosionó un avión con varios soldados dentro,
mientras intentaban limpiar una gran mancha de gasolina.
- En la base - prosiguió-
no había en ese momento ambulancias suficientes y a algunos, como tú hermano,
los trasladamos en camionetas A Alfonso lo llevé yo. Mi
vehículo se averió en el traslado, en plena carretera, y tuvimos que esperar,
bastante tiempo a otro, con tu hermano
muy grave. Aquello fue angustioso para mí y nunca lo olvidaré. ¡Él fue muy
valiente al soportar todo eso en su estado! Tengo, veintitantos años después,
las imágenes en mi cabeza. Cuando llegamos al hospital iba muy mal. Luego me
contaron que murió. ¡Pobrecito!
A Ángel, que
así se llamaba aquel buen hombre que luego fue mi amigo, se le quebró la voz,
mientras yo no era capaz de reaccionar. No sabía si él tenía que consolarme a
mi o yo a él. Mis dos compañeros contemplaban la escena sin salir de su asombro
y consternados.
No se
cuantos segundos duró aquel silencio. Ángel se levantó y me dijo:
- ¡Dame un abrazo!
Nos lo
dimos, se dio media vuelta y mientras se marchaba me indicó que allí estaba
para lo que necesitase y que le preguntara cuanto quisiera, pero me advirtió
que no sabía mucho más.
Inevitablemente,
mi encuentro con Ángel me llevó, en aquellos días, a recordar, casi paso a
paso, lo que había sucedido bastantes años antes.
Un día de
mayo, algo caluroso, en 1958, terminando los rosarios de la Virgen,
acabábamos de comenzar a comer en mi casa. Eran sobre las dos y en la radio se
habían escuchado los acordes, tan conocidos, del comienzo del "parte
oficial", el único que era posible escuchar. Mis padres y mis dos hermanos,
conmigo, sentados en la mesa para comer. Mientras, mi hermano José María, con
once años, jugueteaba y me hacia rabiar. Como siempre mi padre tuvo que
llamarnos la atención. Yo iba a cumplir cinco años en un par de meses. Mi otro
hermano Julio apenas tenía diecisiete y Alfonso, en Madrid haciendo el
servicio militar como voluntario, veinte.
El locutor
emitía el parte radiado, mientras comíamos en una habitación comedor, al lado
de la cocina, de una vivienda que estaba ubicada en el interior del edificio municipal
que albergaba, entonces, las escuelas nacionales, en la calle de la Villa,
esquina con la Glorieta. En realidad eran dos edificios unidos, que antes
habían sido cuartel de la Guardia Civil. Por la hora que era estaba todo en
silencio, cuando llegó hasta la casa llamando a mi padre, a voces, la vecina de
enfrente, Lola, la mujer de Rafael.
Esos vecinos
tenían teléfono, pues él se dedicaba, entre otros trabajos, a tareas bancarias.
Le dijo a mi padre que se diese prisa. Era una conferencia de Madrid. Allí
teníamos a mi hermano mayor haciendo la mili, a mis tíos y a mi tía
Martina que trabajaba con la familia Sanjuán, propietarios del cortijo de
Consolación, en el piso que estos tenían en la capital.
La llamada
resultaba un tanto extraña, por lo poco habitual. Mi madre, preocupada, salió
tras de mi padre. Volvieron, a los pocos
minutos, con Lola y Rafael. La llamada había sido del Ejército del Aire.
Mi padre estaba demudado, mi madre llorando, aunque contenida. Mi hermano había
tenido un accidente en Torrejón, lo habían llevado al Hospital del Aire y
estaba grave. No sabían más.
A partir de
ahí, en esa tarde, que debió de ser muy larga, tengo algunos recuerdos. Uno de
mis hermanos avisó a la familia del pueblo, mientras mi padre ponía una
conferencia a su hermano Manuel en Madrid y también a mi tía Martina, a la que
ya habían avisado antes, por ser el contacto de Alfonso en Madrid.
Mis padres
decidieron que salían esa noche para la capital en el primer tren disponible que
no era otro que el Correo de las once de la noche y que llegaba a Madrid a las
siete de la mañana del día siguiente. Para eso había que coger, a última
hora de la tarde, la “Alsina” hasta Vilches.
Mi madre
siempre tuvo claro, mientras me abrazaba, que yo iría con ellos. Mis tíos de
Castellar insistían en que me quedase allí, pero sólo se quedaron mis otros dos
hermanos y en mi casa. Así fue como, con cuatro años, viajé a Madrid en un tren
correo, dormitando y sentados en unos duros bancos de madera. Antes pasamos por
casa de mi tía Celestina y su familia que vivían en la estación de Vilches,
mientras esperábamos el tren que llegó con algo de retraso.
La noche se
me hizo larga y apenas dormí, casi siempre en brazos de mi madre y a
ratos con mi padre. Al llegar a Madrid, no se cómo nos recogieron, creo
que en un taxi, y nos llevaron a casa de mis tíos. Mi estado entre dormido y
aturdido me ha impedido recordar bien esos momentos.
Sí recuerdo
la casa de mis tíos y después un autobús de dos pisos que me parecía enorme.
Subimos por una estrecha escalera al piso de arriba para sentarnos.
Íbamos, desde una calle al lado del Retiro, donde vivían mis tíos, camino del
hospital del Aire, que estaba en la calle de la Princesa. Supongo ahora, por el
trayecto, que sería el autobús número 2. No terminaba de entender mucho y
solo sabía aferrarme, asustado, a los brazos de mi padre y de mi madre.
En el
hospital nunca me dejaron pasar a la habitación de mi hermano y por tanto no lo
vi. Había una sala al lado, casi contigua, con sofás y sillones, de color verde
oscuro, donde mi familia y yo pasamos muchas horas... más de un día. Ellos, mis
padres sobre todo y mi tía Martina, sí entraban con bastante frecuencia a ver a
mi hermano Alfonso.
Por las caras y lo
que escuchaba la situación era muy crítica. Con mis escasos cinco años entendía
que aquello era una situación terrible. En un momento que alguien dejó la puerta
entreabierta pude ver la cama de mi hermano y su rostro y su figura casi
inerte, aunque, todavía, podía hablar con mis padres y mi tía. No sólo eran las
quemaduras sino también el humo inhalado.
Hasta aquella
sala nos llevaban comida y bebidas. Había un cierto trasiego de militares que
nos visitaban continuamente y soldados que nos atendían. El Coronel jefe
de la base de Torrejón, Mariano Cuadra Medina, apenas se movió de allí, de
nuestro lado. Años más tarde, también él perdió un hijo muy joven en un
accidente, cuando este pilotaba un caza. Llegó a Teniente General y fue Ministro
del Aire quince años después.
A veces me
sacaban de allí hasta un patio muy tranquilo, lleno de árboles y bancos.
También fuimos a una capilla para rezar. A media tarde llegaron el Teniente
General Castro Garnica, Capitán General de la Primera Región Aérea, y su mujer.
Estuvieron allí prácticamente toda aquella noche. Una de las primeras cosas que
hizo el general, tras ver a mi hermano y hablar con mis padres, fue cogerme en
brazos durante largo rato, hablar conmigo y tratar de distraerme. Del general
decían que era un hombre excepcional. Le acompañaba, a veces, su asistente
personal, el Cabo Primero Magariño, toda una institución en el Ejército del
Aire y que después hizo amistad con mis padres e incluso visitó nuestro pueblo,
como invitado de mi familia, años después, en un par de ocasiones.
Castro Garnica
le hizo a mi madre una promesa especial tras saber que sus otros hijos éramos
varones: "mientras yo pueda ninguno de sus otros tres hijos tendrá que
venir al Ejercito, excepto que ellos quieran hacerlo voluntariamente. A este se
lo llevará usted licenciado y con su cartilla debajo del brazo" Se equivocó ahí el buen general. Nos lo
llevamos, sí, pero muerto. Las gravísimas quemaduras del accidente y la
afectación de sus pulmones, hicieron que al clarear el día siguiente mi hermano
falleciese. Pocos días después fallecería otro soldado más y el resto de
heridos se recuperó, incluso el que por una imprudencia temeraria grave provocó
el accidente. Este era nacido en la misma población que el Teniente General.
(Continuará en los próximos días)