viernes, 4 de enero de 2019

Los Reyes Magos y “La Campana” como almacén de juguetes.


En la infancia y preadolescencia creo que hay tres fases con respecto a los Reyes Magos, que no se cumplen del todo, o sí, dependiendo de cada persona. La primera es cuando apenas se tiene el recuerdo y escuchamos hablar de los Reyes; generalmente estamos un poco descolocados y los vemos como personajes de un cuento o como algo que se mezcla entre lo real y lo irreal; la segunda es cuando ya, más conscientes, creemos firmemente en ellos, pensamos que es una fantasía de la vida y aunque nos perturba, a veces, no dudamos de esa maravillosa historia; la tercera etapa es cuando tras descubrir que los Reyes Magos solo son una ilusión y que realmente no existen pretendemos prolongar la creencia en el tiempo, pues nos cuesta despegarnos de esa maravillosa y fantástica historia. Algunas personas lo prolongan hasta la adolescencia e incluso hay quien de mayor todavía se coloca esa noche, al lado de la cama o en la mesita de noche, los regalos.
En Castellar vivíamos la festividad de los Reyes, en mi familia, con mucha ilusión, pero con un punto de desesperanza e inquietud. Imagino que como en la mayoría. No eran tiempos boyantes. La vida estaba conformada de otra manera y no siempre los Reyes Magos eran todo lo Magos que esperábamos y deseábamos. La cruda realidad era que muchas niñas y niños de entonces vivían muy alejados de estos sueños, algunos viviendo en cortijos y otros dependiendo, ellos y sus familias, de la caridad y de la beneficencia.
En medio de aquella situación surgía algo especial para los que “La Campana”, aquel histórico comercio, era el gran almacén de juguetes, y por tanto de sueños e ilusiones, donde se suponía que los Magos de Oriente hacían acopio de todos ellos para repartirlos, seguramente de una manera un tanto injusta en aquellos años, pero hacían lo que podían. A “La Campana” le acompañaban, como almacenes de ilusión, la tienda de Pedro o el “estanco de arriba” y en menor parte y con otras cosas la Droguería.
            Las huellas de nuestras naricillas pegadas en los cristales de los escaparates, de unos y otros, certificaban que allí irían los Reyes Magos a recoger nuestras peticiones, o al menos parte de ellas. La cristalera de “La Campana” se llevaba la palma… porque también las palmas de nuestras manos infantiles se quedaban marcadas en el frío vidrio. Desde días antes a la festividad de Reyes el escaparate de ese comercio que destacaba, sobre todos, estaba lleno de expectación… y las ilusiones se reflejaban en los rostros infantiles de quienes protagonizábamos aquellas visitas repetidas una y otra vez.
A cargo de “La Campana” estaban Antonio-Darío-, Manuel, Paco, Desi… todos ellos “vendían”, nunca mejor dicho, las bondades de los distintos juguetes…y lo hacían con un estilo tan peculiar como era el de esa familia. Antonio, además, ponía ese punto de humor casi permanente en su vida, mientras salía a la calle para mandarnos para casa cuando veía que ya éramos demasiados los extasiados ante la tienda. Conmigo tenía una consideración distinta, aquella que provenía de la amistad entre nuestras familias, con aquel diminutivo y sonoro “¡Nin!” -diminutivo del diminutivo- con el que me llamaba.
En casa nos cuidábamos de escribir correctamente una carta a los Magos, aún a sabiendas de que podía diferir en todo o al menos en buena parte de la realidad que luego llegaría a nuestros hogares. La advertencia de nuestra familia era clara: “tú escribe que ya los Reyes decidirán lo que es mejor y más apropiado para ti…” En mi caso con todos mis hermanos mayores, se preparaba una cierta parafernalia la noche anterior. Se ponían los zapatos limpios y colocaditos, al lado de la chimenea, y alguna cosa más –lo de la copa fue posterior, al menos en mi familia- algún polvorón o un vaso de agua para los camellos, que como vemos también eran Magos pues con un vaso tenían para los tres…y les sobraba.
El día de Reyes, que comenzaba cuando apenas el alba clareaba siempre aparecía alguna nota, cuya letra me resultaba algo conocida, pues parece que uno de los reyes –mi preferido era y es Baltasar- le dictaba a mi hermano Julio unas líneas con unos consejillos adecuados para el rendimiento escolar y el comportamiento en casa. Y luego aparecían al lado los juguetes. Era como una aparición divina y la incredulidad ante lo que veíamos era palpable.
Ahí podía haber de todo. Nuevo, seminuevo una vez arreglado, y algunas repeticiones, aparte del material escolar, como lápices de colores, un plumier… e incluso, a veces, una cartera.
Los juguetes nuevos desprendían un olor característico y maravilloso… Sí, sí… no es ninguna tontería. El olor de los juguetes –creo que al contrario de ahora todo olía entonces- era especial; y no digamos el del material escolar que nos fascinaba y transportaba en ese mundo mitad realidad, mitad fantasía.
Entre aquellos juguetes que más ilusión me hacían, o me hicieron, estaba un cine Nic, ya reciclado de mis hermanos, con sus películas de papel tratado, de las cuales mis hermanos Alfonso y Julio, especialmente el primero, se convirtieron en especialistas creando nuevas películas –había una sencilla técnica de tratamiento del papel con los dibujos- que repetíamos una y mil veces. Posteriormente un nuevo cine, este sí era nuevo, pedido a través del catálogo de Galerías Preciados, hizo mis delicias al ser más moderno. Creo recordar que era de la casa Payá.
Hablaba de Galerías Preciados porque en aquellos años recibíamos en mi casa los catálogos de esos grandes almacenes que nos servían para orientarnos con los juguetes. Ni que decir tiene que luego algunos de los que venían de “La Campana” no solían ser tan sofisticados, ni terminados, como los que habíamos visto en el referido catalogo, pero eso apenas se notaba.
Otro de los juguetes que más ilusión me causaron era un tren, de cuerda claro. El cine y los trenes eran mis juguetes preferidos, junto con los “Juegos Reunidos” y las arquitecturas de madera,
aunque también aquellas escopetillas de tapones de corcho o pistolas de mixtos, que al ser de chapa y no muy precisas te cogían algún pellizco que otro en los dedos o en la mano, al manejarlas. Y así podría describir algunos juguetes más como un precioso barco de chapa multicolor, imitación del Titanic, de mis hermanos… etcétera. Un sinfín de anécdotas y sucedidos que sin duda conformaban ese día en una jornada tan especial están en el recuerdo de cada uno en unos años en que todo era tan distinto a hoy.
Las desilusiones que también llegaban, al no encontrar lo que esperábamos, se diluían inmediatamente por un mecanismo interior automático que las niñas y los niños de entonces, no sé si los de ahora, teníamos. O bien por una nota de SS. MM. explicativa al efecto que nos congraciaba de nuevo con ellos y es que nuestra capacidad de superación a la frustración era grande.
Ya en años posteriores, en la década de los setenta, en Castellar surgió otra gran ilusión, la de la Cabalgata de Reyes, que se inició con el Movimiento Junior de las Juventudes de Acción Rural Católica, o sea en el Club Parroquial, y que consiguieron, por vez primera en el pueblo, movilizar y unir anhelos y esperanzas para convertir en realidad, por unas horas, aquello con lo que tantas niñas y niños del pueblo soñamos: sus Reyes Magos.



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