En la infancia y
preadolescencia creo que hay tres fases con respecto a los Reyes Magos, que no
se cumplen del todo, o sí, dependiendo de cada persona. La primera es cuando
apenas se tiene el recuerdo y escuchamos hablar de los Reyes; generalmente
estamos un poco descolocados y los vemos como personajes de un cuento o como
algo que se mezcla entre lo real y lo irreal; la segunda es cuando ya, más
conscientes, creemos firmemente en ellos, pensamos que es una fantasía de la
vida y aunque nos perturba, a veces, no dudamos de esa maravillosa historia; la
tercera etapa es cuando tras descubrir que los Reyes Magos solo son una ilusión
y que realmente no existen pretendemos prolongar la creencia en el tiempo, pues
nos cuesta despegarnos de esa maravillosa y fantástica historia. Algunas
personas lo prolongan hasta la adolescencia e incluso hay quien de mayor todavía
se coloca esa noche, al lado de la cama o en la mesita de noche, los regalos.
En Castellar
vivíamos la festividad de los Reyes, en mi familia, con mucha ilusión, pero con
un punto de desesperanza e inquietud. Imagino que como en la mayoría. No eran
tiempos boyantes. La vida estaba conformada de otra manera y no siempre los
Reyes Magos eran todo lo Magos que esperábamos y deseábamos. La cruda realidad
era que muchas niñas y niños de entonces vivían muy alejados de estos sueños,
algunos viviendo en cortijos y otros dependiendo, ellos y sus familias, de la
caridad y de la beneficencia.
En medio de
aquella situación surgía algo especial para los que “La Campana”, aquel
histórico comercio, era el gran almacén de juguetes, y por tanto de sueños e
ilusiones, donde se suponía que los Magos de Oriente hacían acopio de todos
ellos para repartirlos, seguramente de una manera un tanto injusta en aquellos
años, pero hacían lo que podían. A “La Campana” le acompañaban, como almacenes
de ilusión, la tienda de Pedro o el “estanco de arriba” y en menor parte y con
otras cosas la Droguería.
Las huellas de nuestras naricillas pegadas en los
cristales de los escaparates, de unos y otros, certificaban que allí irían los
Reyes Magos a recoger nuestras peticiones, o al menos parte de ellas. La
cristalera de “La Campana” se llevaba la palma… porque también las palmas de
nuestras manos infantiles se quedaban marcadas en el frío vidrio. Desde días
antes a la festividad de Reyes el escaparate de ese comercio que destacaba,
sobre todos, estaba lleno de expectación… y las ilusiones se reflejaban en los
rostros infantiles de quienes protagonizábamos aquellas visitas repetidas una y
otra vez.
A cargo de “La
Campana” estaban Antonio-Darío-, Manuel, Paco, Desi… todos ellos “vendían”,
nunca mejor dicho, las bondades de los distintos juguetes…y lo hacían con un
estilo tan peculiar como era el de esa familia. Antonio, además, ponía ese
punto de humor casi permanente en su vida, mientras salía a la calle para
mandarnos para casa cuando veía que ya éramos demasiados los extasiados ante la
tienda. Conmigo tenía una consideración distinta, aquella que provenía de la
amistad entre nuestras familias, con aquel diminutivo y sonoro “¡Nin!” -diminutivo
del diminutivo- con el que me llamaba.
En casa nos cuidábamos
de escribir correctamente una carta a los Magos, aún a sabiendas de que podía
diferir en todo o al menos en buena parte de la realidad que luego llegaría a
nuestros hogares. La advertencia de nuestra familia era clara: “tú escribe que
ya los Reyes decidirán lo que es mejor y más apropiado para ti…” En mi caso con
todos mis hermanos mayores, se preparaba una cierta parafernalia la noche
anterior. Se ponían los zapatos limpios y colocaditos, al lado de la chimenea,
y alguna cosa más –lo de la copa fue posterior, al menos en mi familia- algún
polvorón o un vaso de agua para los camellos, que como vemos también eran Magos
pues con un vaso tenían para los tres…y les sobraba.
El día de
Reyes, que comenzaba cuando apenas el alba clareaba siempre aparecía alguna
nota, cuya letra me resultaba algo conocida, pues parece que uno de los reyes
–mi preferido era y es Baltasar- le dictaba a mi hermano Julio unas líneas con
unos consejillos adecuados para el rendimiento escolar y el comportamiento en
casa. Y luego aparecían al lado los juguetes. Era como una aparición divina y
la incredulidad ante lo que veíamos era palpable.
Ahí podía
haber de todo. Nuevo, seminuevo una vez arreglado, y algunas repeticiones, aparte
del material escolar, como lápices de colores, un plumier… e incluso, a veces,
una cartera.
Los juguetes
nuevos desprendían un olor característico y maravilloso… Sí, sí… no es ninguna tontería.
El olor de los juguetes –creo que al contrario de ahora todo olía entonces- era
especial; y no digamos el del material escolar que nos fascinaba y transportaba
en ese mundo mitad realidad, mitad fantasía.
Entre
aquellos juguetes que más ilusión me hacían, o me hicieron, estaba un cine Nic,
ya reciclado de mis hermanos, con sus películas de papel tratado, de las cuales
mis hermanos Alfonso y Julio, especialmente el primero, se convirtieron en especialistas
creando nuevas películas –había una sencilla técnica de tratamiento del papel
con los dibujos- que repetíamos una y mil veces. Posteriormente un nuevo cine, este
sí era nuevo, pedido a través del catálogo de Galerías Preciados, hizo mis
delicias al ser más moderno. Creo recordar que era de la casa Payá.
Hablaba de
Galerías Preciados porque en aquellos años recibíamos en mi casa los catálogos
de esos grandes almacenes que nos servían para orientarnos con los juguetes. Ni
que decir tiene que luego algunos de los que venían de “La Campana” no solían
ser tan sofisticados, ni terminados, como los que habíamos visto en el referido
catalogo, pero eso apenas se notaba.
Otro de los
juguetes que más ilusión me causaron era un tren, de cuerda claro. El cine y
los trenes eran mis juguetes preferidos, junto con los “Juegos Reunidos” y las
arquitecturas de madera,
aunque también aquellas escopetillas de tapones de
corcho o pistolas de mixtos, que al ser de chapa y no muy precisas te cogían
algún pellizco que otro en los dedos o en la mano, al manejarlas. Y así podría
describir algunos juguetes más como un precioso barco de chapa multicolor,
imitación del Titanic, de mis hermanos… etcétera. Un sinfín de anécdotas y sucedidos
que sin duda conformaban ese día en una jornada tan especial están en el
recuerdo de cada uno en unos años en que todo era tan distinto a hoy.
Ya en años
posteriores, en la década de los setenta, en Castellar surgió otra gran
ilusión, la de la Cabalgata de Reyes, que se inició con el Movimiento Junior de
las Juventudes de Acción Rural Católica, o sea en el Club Parroquial, y que
consiguieron, por vez primera en el pueblo, movilizar y unir anhelos y
esperanzas para convertir en realidad, por unas horas, aquello con lo que
tantas niñas y niños del pueblo soñamos: sus Reyes Magos.



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