El otro día tuve que escribir, a
mano y con bolígrafo, una tarjeta para enviar un regalo a una persona amiga,
apreciada y cercana. Se trataba, además de la dedicatoria, de explicar un poco
la elaboración del aceite “temprano” de Castellar –de eso se trataba el
presente- y de agradecer su
profesionalidad, dedicación y afecto en mí reciente operación ocular.
El
problema surgió cuando comprobé que mi letra, que nunca ha sido tan maravillosa
como la de mi hermano, por ejemplo, dejaba mucho que desear… y había dado una
mala vuelta desde que estoy jubilado y apenas escribo así. Antes ya lo hacía
poco, pero ahora es prácticamente nada. Y mi tipo de letra tampoco era antes
tan malo. Tuve que repetir el texto en otra tarjeta y con letra mayúscula que
resultaba bastante más ordenada e inteligible.
Desde que
comenzaron los ordenadores con los procesadores de textos, los móviles después
y el enjambre de redes actual, nos hemos acostumbrado a escribir de esa forma…
y además con limitaciones de caracteres, con abreviaturas, sin signos de
puntuación y por si fuese poco sustituyendo la escritura con emoticonos –“combinación
de signos presentes en el teclado de la computadora u ordenador, con la que se
expresa gráficamente un estado de ánimo”- y GIF, Graphics Interchange Format o lo que es lo
mismo pero traducido: formato de gráficos intercambiables.
La
verdad es que me resultó fastidioso, no por escribir, sino por recordar que ya
apenas se escribe a mano… y de alguna manera estamos perdiendo una de nuestras
propias señas de identidad.
Todo comenzó
cuando dejamos de escribir cartas y tarjetas de felicitación. Se utilizaba la
máquina de escribir, pero se consideraba poco íntimo y distante enviar una
carta o tarjeta escrita a “maquina” como lo llamábamos antes de los
ordenadores. La maquina de escribir sólo se utilizaba para cuestiones formales,
oficiales o comerciales, pero no para enviar una carta a alguien de la familia
o a un amigo. Se llegaba a pensar que era de mala educación. Escribíamos a mano.
Ya no llegan
cartas personales, ni tarjetas de Navidad, ni postales… Esa atractiva ilusión, incluso emoción, de recibir la tarjeta postal de un familiar o la carta de un
amigo, la hemos sustituido por mensaje de WhatsApp… o de cualquier otra de las
redes de comunicación personal que tenemos en los móviles. Como mucho, y ya nos
cuesta, intercambiamos alguna llamada de teléfono que otra.
Una parte
nuestra, sin duda, se está muriendo: la de la comunicación escrita con el lápiz
y el papel. Cualquier día de estos comenzaré a escribir mi tarjeta, para
acompañar mi regalo de aceite jaenero y castellariego, y observaré que ni
encuentro algo con que escribir y las letras apenas las consigo plasmar o hacer
legibles en esa tarjeta de “pintores con el pié”, ya un tanto añeja de dormir
olvidada en el cajón de las cosas antiguas y de poco uso... como la escritura a mano.
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