jueves, 25 de abril de 2019

La tarjeta y mi letra.



El otro día tuve que escribir, a mano y con bolígrafo, una tarjeta para enviar un regalo a una persona amiga, apreciada y cercana. Se trataba, además de la dedicatoria, de explicar un poco la elaboración del aceite “temprano” de Castellar –de eso se trataba el presente-  y de agradecer su profesionalidad, dedicación y afecto en mí reciente operación ocular.
            El problema surgió cuando comprobé que mi letra, que nunca ha sido tan maravillosa como la de mi hermano, por ejemplo, dejaba mucho que desear… y había dado una mala vuelta desde que estoy jubilado y apenas escribo así. Antes ya lo hacía poco, pero ahora es prácticamente nada. Y mi tipo de letra tampoco era antes tan malo. Tuve que repetir el texto en otra tarjeta y con letra mayúscula que resultaba bastante más ordenada e inteligible.
Desde que comenzaron los ordenadores con los procesadores de textos, los móviles después y el enjambre de redes actual, nos hemos acostumbrado a escribir de esa forma… y además con limitaciones de caracteres, con abreviaturas, sin signos de puntuación y por si fuese poco sustituyendo la escritura con emoticonos –“combinación de signos presentes en el teclado de la computadora u ordenador, con la que se expresa gráficamente un estado de ánimo”- y GIF,  Graphics Interchange Format o lo que es lo mismo pero traducido: formato de gráficos intercambiables.
            La verdad es que me resultó fastidioso, no por escribir, sino por recordar que ya apenas se escribe a mano… y de alguna manera estamos perdiendo una de nuestras propias señas de identidad.
Todo comenzó cuando dejamos de escribir cartas y tarjetas de felicitación. Se utilizaba la máquina de escribir, pero se consideraba poco íntimo y distante enviar una carta o tarjeta escrita a “maquina” como lo llamábamos antes de los ordenadores. La maquina de escribir sólo se utilizaba para cuestiones formales, oficiales o comerciales, pero no para enviar una carta a alguien de la familia o a un amigo. Se llegaba a pensar que era de mala educación. Escribíamos a mano.
Ya no llegan cartas personales, ni tarjetas de Navidad, ni postales… Esa atractiva ilusión, incluso emoción, de recibir la tarjeta postal de un familiar o la carta de un amigo, la hemos sustituido por mensaje de WhatsApp… o de cualquier otra de las redes de comunicación personal que tenemos en los móviles. Como mucho, y ya nos cuesta, intercambiamos alguna llamada de teléfono que otra.
Una parte nuestra, sin duda, se está muriendo: la de la comunicación escrita con el lápiz y el papel. Cualquier día de estos comenzaré a escribir mi tarjeta, para acompañar mi regalo de aceite jaenero y castellariego, y observaré que ni encuentro algo con que escribir y las letras apenas las consigo plasmar o hacer legibles en esa tarjeta de “pintores con el pié”, ya un tanto añeja de dormir olvidada en el cajón de las cosas antiguas y de poco uso... como la escritura a mano.


           

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