En estos días atrás ha sido, de
nuevo, el tiempo de las primeras comuniones. Todavía queda el último acto al
que los nuevos comulgantes asistirán con sus mejores galas: el día del Corpus.
Nada
que ver las primeras comuniones de antes a las de ahora. Actualmente las bodas,
las comuniones y los bautizos se diferencian poco, en cuanto a boato. Sobre
todo las dos primeras. En muy pocos casos se utiliza ya la sencilla túnica que
a todas y todos igualaba y se ha vuelto a los trajes tan peripuestos que se
utilizaban también hace muchos años. Los que podían claro…
Las
comuniones en algunos momentos fueron, como tantas cosas y por desgracia, un ejemplo
de desigualdad. No todo el mundo podía pagar esos caros trajes y en los pueblos
se notaba mucho. Algunas familias lo pasaban regular para hacer frente a una
comunión digamos “normal”. En Castellar, en las chicas, casi todas iban
parecidas con aquellos vestidos pomposos de color blanco o marfil. En los niños
había trajes más o menos llamativos, otros de marinerito, elegantes pero
discretos, y otros mucho más sencillos. Los zapatos eran especiales y
generalmente blancos. También los había, trajes y zapatos, heredados y
prestados… Esto, lo del prestado, ayudaba a muchas familias.
Los
complementos para la ceremonia eran importantes, pues además del libro de misa
y el rosario, indispensables, figuraba también un lazo de adorno, con bordados
dorados relativos al sacramento por recibir, en uno de los brazos. En mi caso,
el libro y el rosario me los regaló mi madrina, Nati, una de las hijas de
Bienvenido, el de la tienda, y de Marina, con cuya familia manteníamos una
estrecha relación.
Como
banquete no había tal y sólo los que podían hacían una merienda con chocolate,
dulces y algún bizcocho, de Concha la dulcera, que a veces era un regalo de
alguien querido, invitando a la familia más próxima y a los amigos más íntimos.
Ese fue mi caso. Luego se fue pasando a una comida un tanto especial en la casa
familiar y de la comida a las celebraciones de ahora en restaurantes, cada vez
más parecidas a la celebración de una boda.
En
unas determinadas épocas los padres acompañaban a los hijos en el sacramento de
la comunión y en otras los niños comulgan independientemente de que lo hagan o
no los padres o acompañantes y desde luego no a la vez que ellos. Recuerdo que
en ese día, sin duda muy importante para mí y para los que nos consideramos
cristianos, me acompañaron mi madre y mi tía Martina, situadas a uno y otro
lado de mi entonces frágil figura.
Era
una etapa de nuestras vidas aquella en la que eran frecuentes los “mareos”, así
llamábamos a las lipotimias, en esas ceremonias en las iglesias, con olor a velas e incienso. Alguien, ante
mi curiosidad por tal cuestión, me explicó que era debido a que quizás la
alimentación no era todo lo adecuada o abundante que el organismo requería, en
quienes sufrían esas indisposiciones.

Mi
primera comunión, respecto a oraciones y enseñanzas del catecismo, fue todavía preconciliar -antes de la entrada en vigor del Concilio aperturista del
Vaticano II- en el año 1961. Tuve una catequista callada y tímida, Tere, pero agradable
y eficiente como pocas en su labor. El párroco del pueblo era D. Antonio
Sánchez Romero, mucho más abierto de lo que pudiese parecer en algunas
cuestiones. Hombre culto e inteligente y que daba la importancia precisa a
determinados aspectos y de alguna manera nos hizo más fácil, a todas y todos,
nuestra primera confesión y comunión.
No había
regalos, al contrario que hoy, excepto los que he comentado, y a pesar de eso
las niñas y niños teníamos la sensación de que aquello era un día y una
ceremonia un tanto especiales. Algo que siempre recordarímos, por unos u otros
motivos.
Hasta
hace alguna década, prácticamente todas las niñas y niños hacían la comunión.
Ahora los padres, y en alguna medida los hijos, a pesar de su corta edad,
tienen la libertad y la elección de seguir o no el camino de la religión. Al
menos hasta que tengan un juicio mejor formado.
Pronto,
en el Corpus irán acompañando al Santísimo Sacramento, con toda la solemnidad
de ese día importante, en su peregrinar por las calles y plazas de pueblos y
ciudades. Alguno, después, seguirán creyendo… otros y otras, poco a poco irán
alejándose de esas creencias y esos valores en los que se iniciaron. No por eso
serán mejores ni peores unos y otros. Habrá de todo, como una sociedad diversa
y plural que somos. Pero ahí quedan, cuando menos, las vivencias, un cierto aprendizaje en valores y los
recuerdos que pueden y deben ser bonitos. Los míos, por suerte, lo son.