sábado, 30 de marzo de 2019

Aquellos futbolines de Castellar y los recreativos de Madrid.



Por edad llegué un poco justo a los futbolines de Clemente en Castellar. Lo suficiente para recordarlos, aunque mis aficiones eran más de cine, lectura y conversación que de futbolín… Siempre he sido un poco patoso para estas habilidades.
            Lo cierto es que aquel recinto al lado del Ayuntamiento, en la plaza, regentado por Clemente, gran e histórico portero de fútbol local, era un lugar a donde acudían, acudíamos, especialmente en las tardes de invierno, casi toda la muchachería masculina del pueblo… y también algunos más mayores para alguna que otra partida clandestina de cartas. El local no tenía demasiada luz, como casi todo en aquellos años, aminorada además por el humo del tabaco. En estos tiempos aquella instalación nos parecería que tendría un ambiente algo sórdido, sin embargo entonces estaba en toda su salsa.
            Los futbolines, como los llamábamos en Castellar, o los recreativos o los salones de juegos como los denominábamos en Madrid, cumplieron sin duda una importante labor de cara a la juventud, respecto a las horas de ocio y diversión que a veces eran difíciles de cubrir, no teniendo muchas más alternativas que los bares, aunque eso sí, siempre nos quedaba el cine, los cines en nuestro caso, que tanto nos apasionaban a muchos.
Se conocían aquellos lugares por un ambiente bullicioso, un tanto juvenil, y la “atmósfera” especial que dentro se respiraba. Muchos adolescentes que iban a esos recintos, aprovechaban para fumar sus primeros cigarrillos. Normalmente se entraba a partir de los dieciséis pero también nos colábamos, con el disimulo de los que los regentaban, otros menores.
            En todo caso siempre era, como mínimo, un complemento en nuestras vidas, divertido y ameno, aparte de despertar otras habilidades y destrezas. En aquella época era una de las más importantes diversiones, incluso en las ciudades, y por eso cuando llegué a Madrid, todavía existían gran numero de establecimientos que disponían de futbolines, billares y mesas de ping-pong… De ahí el nombre de “billares” que también se le daba en la capital. El billar lo practiqué muy poco, algo más el futbolín y sobre todo el ping-pong.
            Eran varias horas las que pasábamos en los recreativos o billares madrileños.  Algunos tenían buenas instalaciones y salones importantes, incluso con dos plantas ocupadas. Recuerdo los que había cercanos a la Puerta del Sol, especialmente un par de ellos por la zona de Espoz y Mina o la calle de la Cruz. También recuerdo otro importante por Carabanchel, en Oporto, pues tenía un amigo, de Madrid, que vivía por esa zona y a veces quedábamos allí. Ni que decir tiene que existían muchos más. Ahora sería difícil encontrar un establecimiento de estas mismas características en la capital y seguramente no lo habrá.
            Y es que en los años setenta comenzaron a llegar las maquinas recreativas, desde las de discos, en los bares, hasta las flipper o pimball que luego fueron evolucionando a otras más modernas. Ni que decir tiene que estas maquinas se empezaron a instalar en esos salones y fueron, al comienzo, un complemento. Poco a poco aumentaron su número hasta convertirse en una de las primeras atracciones de esos centros de reunión. En los años ochenta las maquinas evolucionaron de forma aún más sofisticada.
            En Castellar aquellos futbolines se cerraron, aunque fueron sustituidos, durante unos años, por las magnificas instalaciones recreativas del Club Parroquial, y las maquinas de juegos se fueron instalando con bastante éxito en los bares. Podemos recordar las primeras de ellas en el Mesón, mítico bar que hizo historia, como centro también de reunión de jóvenes y no tan jóvenes.
            Centros de ocio y diversión, en fin, en aquellos años en pueblos y ciudades; lugares que hoy han desaparecido prácticamente y que sin duda han dejado un cierto vacío en tantas horas donde los jóvenes encontrábamos un lugar de encuentro, de conversación, de juegos y diversión, muy distinto a los ordenadores, móviles, maquinas de juegos personales, etcétera, de ahora.
           

sábado, 2 de marzo de 2019

¡Qué torpe… qué torpe… que no me conoces…!


  
El carnaval siempre fue para mí una fiesta importante en nuestro pueblo, pero a la vez me causaba cierto temor en su forma tradicional. Hemos de tener en cuenta que nuestro carnaval se asemejaba al de la Mancha y por lo tanto no nos disfrazábamos solamente, sino que íbamos con máscara y totalmente tapados. Nuestra cercanía con esa tierra hace que algunas de nuestras costumbres o de nuestra gastronomía sean compartidas, aunque luego cada pueblo le dé un toque particular que de alguna manera lo hace distinto.
En el carnaval sucedía así. El hecho de disfrazarnos con la cara completamente tapada, modificando la voz, con ese sonsonete agudo tan característico, nos hacia acercarnos a esas costumbres manchegas aunque luego, como digo, lo transformábamos en algo que lo hacia diferente y original.
La cara tapada imponía mucho. De niño me asustaba, según la manera en que la persona disfrazada se acercaba o se dirigía a mí o a nosotros. El “juego” también consistía en averiguar o no la identidad de la máscara, que habría de procurarse no desvelar públicamente. Si lo acertabas se comentaba en privado, al interesado o interesada, pero no se debía difundir, aunque luego esa “regla” se rompía, a veces, y entre amigos o amigas se comentaba.
Las máscaras, así las llamábamos, solían ir en grupo si bien había alguna solitaria que era casi siempre la que más respeto o miedo, incluso, provocaba.
El desfile era anárquico e improvisado y calles importantes como San Benito, Mendo Benavides, la calle de la Villa, la Glorieta, etcétera, eran la sede de este espectáculo, en los años cincuenta y sesenta, que si bien estaba prohibido por la dictadura franquista no era óbice para que Castellar se llenase de máscaras, con la mirada distraída de la Guardia Civil que pasaba por alto tal muestra carnavalesca, y no intervenía salvo que se produjese algún incidente que pocas veces ocurría.
En la infancia, me “refugiaba” –así lo veía yo- con mi madre en casa de la familia de Crisóstomo, familia amiga, en la calle de la Villa. Allí con Lola, centenaria que todavía vive y a la que guardo gran cariño, con Consola, a veces Paquita y Josefa, cuando no estaban fuera, veíamos pasar por el balconcillo de la planta baja a las máscaras que se paraban con nosotros, a veces en la puerta o incluso en ocasiones entraban en la casa.
Algunas mostraban acritud hacía determinado asunto o personas, o se permitían llevar algún rótulo colgado o bien manifestaban, con esa voz distorsionada, un comentario o alguna crítica o descontento durante esos días, que generalmente comenzaba el domingo de carnaval continuaba el lunes y martes de carnaval, el miércoles de ceniza y saltaba como último día al domingo de piñata, que sería el siguiente domingo y primero de la cuaresma. Los sábados en aquellos años se consideraban un día más de la semana.
Apenas con once años comencé a disfrazarme con la familia Soto, en su casa, familia muy querida para mí, y en la que Paco y  Fernando, eran mis amigos de entonces. Durante unos años mantuvimos el “mascareo” hasta que a finales de los sesenta y principios de los setenta comenzó a desaparecer de nuestras calles de forma inexplicable para mí, todavía hoy. Quizás promovido por algún cambio de alcalde al que no le debía gustar demasiado esta muestra despendolada de las máscaras castellariegas.
La frase “que torpe que torpe que no me conoces” todavía resuena en nuestros oídos… y a veces te turbaba si se añadía alguna cosa específica que de ti sabían y tú no conocías de quien se trataba. Un pequeño juego, como digo, que en ocasiones podía resultar un poco inquietante.
Un cepillo de la ropa y los polvos de talco solían completar el disfraz y la máscara. A veces el polvo de talco espolvoreado en la chaqueta del paseante que más que quitar extendían con el cepillo, podía provocar cierto malestar en según quien fuese el receptor y el alcance de la acción de la máscara.
Hoy ya es otro tipo de carnaval, con disfraces, casi siempre a cara descubierta aunque maquillada, y con un desfile a modo de cabalgata, organizado y preparado por el equipo de gobierno de turno y algunas asociaciones.
Nuestro carnaval pasó pues a la historia y ahora es totalmente distinto.

(Fotografía del carnaval de castellar de principios de los años sesenta, extraida del libro "150 años de historia. Castellar")