El castigo del colegio y el premio del cine.
Nunca me gustó demasiado el colegio,
sobre todo en el tramo final de la niñez a la preadolescencia, aunque tampoco
lo aborrecía. No entendía que tuviese que estudiar cosas que me gustaban poco y
otras que sencillamente apenas me interesaban. Tampoco me gustaban algunos
profesores e imagino que el sentimiento sería mutuo. Lo aceptaba todo como mejor
podía e intentaba sacar las partes mas positivas de aquello que indudablemente
las tenía.
Los
sábados a medio día –en aquella época había clase los sábados por la
mañana- nos leían la lista de arrestados
para ir el domingo a estudio de cuatro a ocho de la tarde. Los motivos eran
diversos: desde mal comportamiento, que te viesen hablando o distraído en las
horas de estudio o que sacásemos menos de un cuatro en alguna asignatura si el
profesor te preguntaba. En aquellos años el régimen del centro era bastante
duro.
El
otoño y el invierno eran especiales en aquel histórico colegio, de largos
salones de estudio y añejas clases, con horarios de mañana y tarde. Desde aquellos
salones, a través de sus grandes ventanales, veíamos la lluvia y sentíamos el
viento azotar los cristales. Esas estaciones eran entonces un tanto lluviosas e
incluso muy frías. La luz se encendía muy pronto, si no había algún apagón, y
las tardes, sobre todo, se hacían largas, teniendo en cuenta que teníamos pocas
asignaturas para ir a clase en esas
horas.
Aquellas
tardes tristes y lánguidas, pero a la vez atractivas y románticas, procuraba
terminar de estudiar lo más rápido posible los temas del día siguiente y los
ejercicios que tuviese que hacer, para ponerme a escribir y a fantasear con
historias varias plasmándolas en un papel, incluso ilustrándolo con dibujos y a
veces atreviéndome con algunos ripios. Sin duda esas actividades me llamaban
más la atención que el estudio y los ejercicios de algunas asignaturas y sobre
todo si aquel tiempo revuelto acompañaba la tarde entre los ventanales, por
cuyas rendijas se colaba el aire e incluso alguna gota de lluvia.
Desde
por la mañana los sábados era un día de nervios e intranquilidad. Algunos ya
sabían que tendrían que ir castigados el domingo. Otros no, pues el profesor no decía la
nota o el motivo hasta esa misma mañana, cuando se leía la lista de arrestados.
Nunca
me gustaron aquellos castigos… siempre me parecieron injustos puesto que ni
siquiera nos daban lugar para una explicación. Mi hermano que era maestro y
estudiaba entonces pedagogía me decía que esos métodos eran antipedagógicos, lo
cual no me consolaba demasiado.
Los
domingos que tenía que cumplir el castigo, ya digo que a veces de forma
injusta, sobre todo los señalados por una falta en el estudio, hablar o
distraerse, mis padres planeaban algo para hacerlo más llevadero. Iban a la
puerta del colegio, pues si nos portábamos bien nos quitaban media hora del
castigo, según el profesor que nos controlaba y que también resultaba castigado
por turno, y me esperaban con un bocadillo liado en papel de estraza y con las
entradas del cine que estaba al lado del centro, preparadas.
Según
la hora de salida, a veces llegábamos empezada la función… Menos mal que entre
el Nodo y los trailers casi siempre veíamos la película desde el comienzo. Y es
que siempre fui muy aficionado al cine, y pensaba a veces, en tardes como esas, que en él se aprendía
más que en el colegio. Había películas que me fascinaban y casi todas me
gustaban… las del oeste, las grandes superproducciones históricas, las de
humor, las policíacas, las románticas… a la mayor parte les veía algún
punto de interés especial.
Ni
que decir tiene que algunas eran clasificadas por la censura para mayores
aunque sin reparos, porque el dueño del cine, persona culta, tenía la
suficiente sensibilidad como para los domingos programar películas que no
fuesen muy “fuertes”. Como mucho aptas para jóvenes. Así podíamos ir mayores y
niños, a partir de cierta edad, que nos “colábamos” de la mano de padres o familiares.
Eran
aquellos domingos de castigo un tanto especiales, pues con el castigo iba un
premio y no pequeño para compensar: el de ir al cine. Mientras en el descanso
de la película –lo hacían en medio de ella, para cambiar el rollo del film- me
tomaba el bocadillo con una gaseosa que mi padre solícito me compraba.
Con
todo esto el lunes comenzaba la semana con mejor sabor de boca, aunque ya siempre
pensando en ese sábado fatídico en el que te podía “tocar”, a veces parecía una
rifa, dos premios a la vez: el malo de ir al estudio y el bueno de ver el cine
con mis padres y con mi bocadillo de magro de jamón que tanto me gustaba.
Nota: La
fotografía del claustro y patio se corresponde con el recinto del colegio objeto del relato, no así la otra fotografía que nada tiene que ver con el centro, aunque
tiene cierto parecido, en la escenografía, con alguna de las clases de aquel
colegio.)
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