Petra fue a Castellar, la primera vez, con algo más de dos meses. Desde entonces, hace ya más de tres años, la casa de Jacinto que con tanto cariño nos abrió para ella, es su propia casa también, de la misma forma que la suya de Madrid o sea la de José María.
A
partir de ahí se acostumbró a que casi siempre que vamos con ella al pueblo recibe
una visita que le pone muy contenta. Jacinto padre, ya mayor y en silla de
ruedas, se ha convertido en uno de sus mejores amigos y alicientes allí. Ni que
decir tiene que Jacinto no estaba acostumbrado a tener una perrita así en casa,
tan cerca, ni como Petra ni como ninguna.
Al
principio uno y otra se mostraban un poco recelosos, pero ahora Petra presume
orgullosa de su amistad con el padre de Jacinto y sale a recibirlo, cada día, hasta
el zaguán, mientras su hijo lo entra en casa, abriendo las puertas de par en
par y sin importarle a ella lo que pase en la calle. Inmediatamente, Petra, toma
posiciones delante y alrededor de la silla de ruedas, mientras avanza por el
portal en pequeña procesión, moviendo agitada su rabo y con su peculiar
cadencia de caderas, parándose a su lado cuando Jacinto la llama por su nombre
varias veces y le toca la cabeza con una leve y casi imperceptible caricia, pero
suficiente para ella, que siente el contacto de los dedos y de la mano, mayor y
algo temblorosa, de este su amigo que Petra protege y quiere.
Cuando
tras ese pequeño desfile colocamos a Jacinto en la mesa, en su sillón, ella está
atenta a todos los movimientos, asoma su cabecilla por entre los brazos de la
butaca y hasta que él no se sienta no para, como si quisiera supervisar el
perfecto acomodo de nuestro amigo. Tras esta operación, ella también toma
asiento, delante o al lado de él, según que sea en el patio –en el buen tiempo-
o en el interior, el acomodo. Nos mira a todos, satisfecha, y permanece allí un
rato, hasta que se echa muy cerca de Jacinto, haciendo ver que él es su
protegido y su amigo también. En muchas ocasiones los dos dormitan a la vez… o
al menos cierran los ojos descansando.
En
el tiempo en el que Jacinto está con nosotros, es frecuente verla permaneciendo
a su lado, bien deambulando a su alrededor o asomando su cabeza,
inesperadamente, entre sus piernas y apoyando el hocico en su cuerpo o en el trozo
libre del asiento de su butaca. Él le recrimina cariñosamente esta osadía y
ella, tras permanecer unos segundos así, inmóvil contemplándolo, baja su cabeza
y se vuelve a colocar a su lado. Es una muestra más de su cariño por él.
Cuando llega
la tarde o la noche y hay que despedirlo, se incorpora de inmediato para
intervenir en la colocación en la silla de ruedas, atenta a todos los detalles
y a su salida, situándose a su lado portal adelante en comitiva para que Jacinto,
nuevamente, alargue el brazo y le vuelva a tocar su cabeza, a la vez que se despide de ella llamándola afectuosamente
por su nombre. Petra, al llegar ante la puerta de la calle, se queda en la cancela, asomada, despidiéndolo,
bien hasta el día siguiente o bien hasta otra ocasión.
Ella
sabe muy bien que a Jacinto lo protegemos todos y quiere ser la primera en
hacerlo y demostrárselo. Está claro que la amistad y el cariño entre ellos crecen
cada día… y que uno y otra quieren seguir viéndose a menudo.
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