En este tiempo, o quizás un
poco más adelante, porque “la aceituna” se empezaba avanzado diciembre, nuestro
pueblo y su fisonomía urbana, cambiaban por completo. Habían terminado las
matanzas, pasado San Martín, y pronto empezaba el trasiego de tantas personas,
manchegas y manchegos, que llegaban desplazados hasta nosotros y que de alguna
manera nos anunciaban que empezaba la recolección.
Entonces venían
de fuera, de la vecina región manchega, y sobre todo de las provincias más cercanas.
Mujeres y hombres, que componían una parte importante de la mano de obra. Jóvenes
y mayores, con niños incluidos, familias enteras en fin, que se ubicaban en
cortijos, casas o locales, más o menos acondicionados para acogerles y en todo
caso destinados para esa misión que no siempre cumplían con lo mínimos
requisitos necesarios.
Todo el conjunto, en aquellos años iban hasta los niños a
la recolección de la aceituna, conformaba un variopinto paisaje humano que
unido a los jornaleros y jornaleras locales, componían los diferentes “tajos” a
cuyo frente se encontraba el “aperaor” o aperador que dirigía, controlaba y
vigilaba todas las labores.
Las mujeres
vestían con unos grandes “sayones” y pañuelos a la cabeza, en su mayoría. Ellas
cogían la aceituna que caía en el suelo e iban preparadas para ello, cuando no
se utilizaban calzones por parte de las mujeres, o en todo caso se ponían
siempre una falda encima cubriendo una prenda tan masculina para la época, como
el pantalón. Ellos vareaban las ramas de olivo haciendo caer la aceituna al
suelo o en los
mantones. El pleitero, llamado así porque se hacia cargo de transportar
a hombros las cestas de pleita hasta la criba, donde se limpiaba parcialmente el
fruto origen del aceite y después se cargaba en los serones de los animales de
carga, sacos o capachos, y con posterioridad en los primeros remolques de
tractores, cuando estos aparecieron.
Las calles
eran un hervidero por las mañanas y al atardecer. A primera hora, apenas al
alba, los animales y las cuadrillas marchaban andando, o montados, camino del
campo, camino de los olivares, hasta que surgieron los primeros tractores y
todo fue cambiando lentamente.
Los
atardeceres estaban llenos de vida y olores. Las aceituneras hacían la compra
para preparar las “meriendas” –así se llamaba a la comida o el almuerzo en el
campo- del día siguiente, mientras el mercado de abastos, la plaza, se llenaba
y el transito en las calles, de personas y tractores, mulos y burros, era
intenso y nada tenía que ver con el de otras fechas invernales.
Si llovía y no
había aceituna, el trasiego también era grande, aunque distinto, pues se
aprovechaba para hacer otros menesteres que impedía la recolección diaria y se
reparaban o preparaban aperos. Los hombres, además, formaban corrillos por las
esquinas o a las puertas de los bares dando al pueblo otro ambiente distinto,
mientras las mujeres lavaban, cocinaban y hacían las compras.
El olor a
orujo y aceite se mezclaba en el ambiente pues había fábricas o almazaras que
estaban en pleno casco urbano, y algunas en el centro, mientras los vapores se
escapaban por las rendijas de las ventanas o una puerta entreabierta desde el
interior del molino, donde los serranos, los trabajadores, se afanaban en moler
la aceituna y exprimirla para obtener el preciado aceite.
Todo un cuadro
pictórico, emotivo, lleno de duro trabajo y sentimientos dispares, incluidos
los amores aceituneros, era aquello en lo que se convertía nuestro pueblo por
unas semanas o unos meses, dependiendo de la duración de las cosechas.
Siempre, este
trabajo que hoy sigue siendo tan duro o más, en determinados aspectos, que
aquel parecido pero no igual de hace años, ha despertado bellas poesías y
bonitas canciones, con diferentes matices… en algún caso real y sufrida como es
“la aceituna”.
Conforme
avanzaba la recolección, ya casi al final, cuando el dinero fluía más o menos,
llegaban los espectáculos de cantaores, donde las primeras figuras de la copla
y el cante flamenco actuaban en el teatro cine de Colomer. Era como un colofón
a esa recolección dura, pintoresca, que llenaba la vida castellariega de una
estampa multicolor y festiva en parte, a pesar de la crudeza de aquellos
inviernos, y de un trabajo nunca suficientemente reconocido. Pero lo de los
cantaores era tan especial que merece un relato aparte.
“Tú cogiendo
aceituna, yo vareando; de ramita en ramita, te voy mirando. El querer que te
tuve fue aceitunero se acabó la aceituna, ya no te quiero.”


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