martes, 18 de diciembre de 2018

“La aceituna” de antes.


En este tiempo, o quizás  un poco más adelante, porque “la aceituna” se empezaba avanzado diciembre, nuestro pueblo y su fisonomía urbana, cambiaban por completo. Habían terminado las matanzas, pasado San Martín, y pronto empezaba el trasiego de tantas personas, manchegas y manchegos, que llegaban desplazados hasta nosotros y que de alguna manera nos anunciaban que empezaba la recolección.
Entonces venían de fuera, de la vecina región manchega, y sobre todo de las provincias más cercanas. Mujeres y hombres, que componían una parte importante de la mano de obra. Jóvenes y mayores, con niños incluidos, familias enteras en fin, que se ubicaban en cortijos, casas o locales, más o menos acondicionados para acogerles y en todo caso destinados para esa misión que no siempre cumplían con lo mínimos requisitos necesarios.
            Todo el conjunto, en aquellos años iban hasta los niños a la recolección de la aceituna, conformaba un variopinto paisaje humano que unido a los jornaleros y jornaleras locales, componían los diferentes “tajos” a cuyo frente se encontraba el “aperaor” o aperador que dirigía, controlaba y vigilaba todas las labores.
Las mujeres vestían con unos grandes “sayones” y pañuelos a la cabeza, en su mayoría. Ellas cogían la aceituna que caía en el suelo e iban preparadas para ello, cuando no se utilizaban calzones por parte de las mujeres, o en todo caso se ponían siempre una falda encima cubriendo una prenda tan masculina para la época, como el pantalón. Ellos vareaban las ramas de olivo haciendo caer la aceituna al suelo o en los
mantones. El pleitero, llamado así porque se hacia cargo de transportar a hombros las cestas de pleita hasta la criba, donde se limpiaba parcialmente el fruto origen del aceite y después se cargaba en los serones de los animales de carga, sacos o capachos, y con posterioridad en los primeros remolques de tractores, cuando estos aparecieron.
Las calles eran un hervidero por las mañanas y al atardecer. A primera hora, apenas al alba, los animales y las cuadrillas marchaban andando, o montados, camino del campo, camino de los olivares, hasta que surgieron los primeros tractores y todo fue cambiando lentamente.
Los atardeceres estaban llenos de vida y olores. Las aceituneras hacían la compra para preparar las “meriendas” –así se llamaba a la comida o el almuerzo en el campo- del día siguiente, mientras el mercado de abastos, la plaza, se llenaba y el transito en las calles, de personas y tractores, mulos y burros,  era intenso y nada tenía que ver con el de otras fechas invernales.
Si llovía y no había aceituna, el trasiego también era grande, aunque distinto, pues se aprovechaba para hacer otros menesteres que impedía la recolección diaria y se reparaban o preparaban aperos. Los hombres, además, formaban corrillos por las esquinas o a las puertas de los bares dando al pueblo otro ambiente distinto, mientras las mujeres lavaban, cocinaban y hacían las compras.
El olor a orujo y aceite se mezclaba en el ambiente pues había fábricas o almazaras que estaban en pleno casco urbano, y algunas en el centro, mientras los vapores se escapaban por las rendijas de las ventanas o una puerta entreabierta desde el interior del molino, donde los serranos, los trabajadores, se afanaban en moler la aceituna y exprimirla para obtener el preciado aceite.
Todo un cuadro pictórico, emotivo, lleno de duro trabajo y sentimientos dispares, incluidos los amores aceituneros, era aquello en lo que se convertía nuestro pueblo por unas semanas o unos meses, dependiendo de la duración de las cosechas.
Siempre, este trabajo que hoy sigue siendo tan duro o más, en determinados aspectos, que aquel parecido pero no igual de hace años, ha despertado bellas poesías y bonitas canciones, con diferentes matices… en algún caso real y sufrida como es “la aceituna”.
Conforme avanzaba la recolección, ya casi al final, cuando el dinero fluía más o menos, llegaban los espectáculos de cantaores, donde las primeras figuras de la copla y el cante flamenco actuaban en el teatro cine de Colomer. Era como un colofón a esa recolección dura, pintoresca, que llenaba la vida castellariega de una estampa multicolor y festiva en parte, a pesar de la crudeza de aquellos inviernos, y de un trabajo nunca suficientemente reconocido. Pero lo de los cantaores era tan especial que merece un relato aparte.

“Tú cogiendo aceituna, yo vareando; de ramita en ramita, te voy mirando. El querer que te tuve fue aceitunero se acabó la aceituna, ya no te quiero.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario