LAS MARIMANTAS EN CASTELLAR.
(marimanta
De Mari, apóc.
de María, y manta.
1. f.
coloq. Fantasma o figura con que se mete miedo a los niños.)
Cuando el invierno se acercaba y
el viento frío comenzaba a azotar la colina donde se encuentra Castellar, casi
todos los años ocurría un fenómeno extraño e inquietante. Como si la misma
naturaleza las crease, aparecían las marimantas cuando se echaba la noche, por
algunas de las calles del pueblo, entonces poco alumbradas y con el suelo de
tierra y barro o como mucho empedradas.
Surgían
tratando de emular algún espíritu o fantasma, de blanco o con colores claros,
la cabeza tapada y en la mayoría de los casos con una simple sábana por la
cabeza y el cuerpo. Andaban por determinadas zonas del pueblo y casi nunca pasaban
por las calles más céntricas, entonces en torno al Ayuntamiento y la Colegiata,
aunque si tenían que hacerlo era con rapidez dirigiéndose a sus hábitats más
específicos, en la mayoría de las ocasiones por determinadas calles que tenían
poco transito e iluminación.
Los
chiquillos, ya preadolescentes, volvíamos del colegio, después de las ocho de
la tarde un poco azorados y apretando el paso, a veces con miedo, sobre todo si
teníamos que pasar por algunas zonas especialmente solitarias. Y no… no es que
las marimantas hicieran nada a nadie en especial y menos a los niños, aunque según
la definición de la RAE sea esta una figura que se utiliza para “meter miedo a
los niños”.
No
parecía ser ese el objeto de las marimantas en nuestro pueblo. Nunca vi alguna,
aunque mi padre y mi madre me contaban, tratando de quitarle importancia que no
había que tenerles miedo y que aquellas que aparecían lo hacían para resolver
algún asunto pendiente familiar o, casi siempre, un lío amoroso.
Cuando
alguna aparecía, el rumor se corría por el pueblo: “hay una marimanta en la
calle tal…” Y se procuraba ir con cierta precaución, aunque mi padre me contaba
que más de una noche alguna le pidió fuego para un cigarrillo. Él que en muchas
ocasiones tenía que madrugar considerablemente y en otras trasnochar por
motivos de trabajo, solía verlas, cuando esta o estas aparecían. No eran ni
tantas como a veces nos decían, ni tan pocas como para que fuesen producto de
la imaginación
Otras
veces se anunciaba y no debía ser real, pues nadie conseguía verla o verlas.
Era una forma de gastar una broma macabra para amedrentar a los más miedosos.
Había
ocasiones en que estas figuras de apariencia irreal, pero muy reales, no dejaban
pasar por un lugar determinado y si te cruzabas con ella o ellas te indicaban
que te marchases para otro sitio y dieses un rodeo.
También
se rumoreaba que la marimanta de la calle tal o cual no era sino un amante o
pretendiente de alguien que seguramente estaba casada o casado y en difícil
disposición de acceder a lo que se deseaba.
En
otros momentos se decía que a fulanito o menganita le salía una marimanta… Estaba
claro que era por algún tema familiar o muy personal y trataban de amedrentar
para conseguir lo que de una manera o de otra perseguían.
En
todo caso, en aquellos años de retraso y escasez, no dejaba de ser un elemento
más, alarmante en el pueblo y que nos hacía pasar algunas noche del otoño e
invierno con cierta preocupación, cuando la luz natural se esfumaba y empezaban
a alumbrar aquellas bombillas sujetas en postes u otras en cables de pared a
pared, que se bamboleaban con el viento y contribuían a crear sombras
fantasmagóricas que los críos de mi época sin duda magnificábamos.
Pero
las marimantas existieron durante muchos años… aunque con el avance de los
pueblos, la mejora del urbanismo y de las condiciones de vida de sus habitantes
fueron esfumándose y regresando al lugar de donde nunca debieron salir… de
aquel viejo baúl que contenía sábanas blancas zurcidas y envejecidas, a veces
por el dolor, a veces por el rencor o el puro interés y otras por incontenibles
sentimientos de pasión.

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