La matanza del cochino.
En Castellar
eran fechas muy peculiares las de la matanza, y digo eran porque por la natural
evolución de la vida en el pueblo y la modernización de algunas de sus
costumbres, ya no se hacen las matanzas a la antigua.
Quienes podían
“mataban” y esto no era siempre signo de ostentación o de riqueza, pues había
gente y familias con pocos recursos que criaban animales y por lo tanto cerdos
y así podían hacer su matanza que tan bien les venía para subsistir buena parte
del resto del año. Aunque había quienes dada su situación, su carencia de
recursos, les era imposible siquiera hacer una matanza.
Y es que esto
que se convertía en todo un acontecimiento y ritual familiar no era sino una
previsión de la alimentación de una familia, pues del cerdo se aprovechaba y
así se sigue haciendo de manera industrial, prácticamente todo.
Recuerdo aquel
olor, o mejor olores característicos, que impregnaban las calles del pueblo.
Las “matanzas” se iban produciendo poco a poco pero de forma consecutiva, llegando
a prácticamente todas las zonas. El aire se impregnaba de olor a
cebolla
cocida, a especies matanceras y el característico de los embutidos impregnaba
el ambiente y el aire de la villa, ayudado a veces por las condiciones
atmosféricas de niebla o viento.
El quejido de los cochinos parecía, a veces,
interminable. Ese chillido, no era gruñido, que empezaba vigoroso y terminaba débil
hasta que se apagaba lenta y gradualmente. No siempre nos gustaba demasiado a
los más críos. Y es que he de confesar que a mí en particular no me gustaban
las matanzas. No disfrutaba con ellas y ni siquiera me divertía con las vejigas
de los cerdos que se usaban para construir la zambomba de la ya próxima Navidad.
Debía de ser
un niño raro, seguramente, pero no me gustaban demasiado. Nunca me lo pasé bien
viviendo toda esa parafernalia, esa especie de liturgia, que se montaba en
torno a la matanza. Ni siquiera en esos momentos al lado del hogaril con el humo
de los cigarros liados de los hombres y aquel tocinillo tan especial que se
asaba en las brasas… Y mira que me gustaba y siempre me ha gustado ese bocado…
Pero había algo que no se muy bien explicar que me llevaba a rechazar la
matanza. Y no eran remilgos por el sacrificio del cerdo, no, pues eso desde que
nacíamos estaba prácticamente asumido, pero aquel pequeño espectáculo familiar y
a la vez perfecto escenario de trabajo que se montaba no me resultaba agradable.
El ambiente creado
por aquellos olores mezclados entre sí, el vapor del agua hirviendo mientras
borboteaba, los calderos en el fuego y la carne despiezada no terminaron nunca
de acomodarse ni congraciarse con mis sentidos. Recuerdo las matanzas, sobre
todo en casa de mis tíos y primos, en las que todas y todos disfrutaban de lo
lindo… menos yo… y mira que me esforzaba.
Mi tía Martina
–que me miraba y me comprendía apartándome cuando podía del centro del ritual- era
una reputada matancera y como tal le avisaban familiares y amistades, para
ayudar y trabajar en esa labor artesanal que exigía conocimientos, destreza, dedicación
y también esfuerzo. En casi todas las familias sobresalía alguien a quien se le
daba especialmente bien esas labores… y ese alguien estaba presente en todas
las matanzas del circulo familiar y de amistades.
En
este rito tan familiar y cercano entonces, pero a la vez tan especial, las
labores estaban repartidas: los hombre se afanaban en todo lo concerniente a la
preparación del cochino o cochinos, a veces eran más de uno, de su matanza e
incluso en ocasiones de pelar al cerdo que tras depositarlo en una artesa se
escaldaba con agua muy caliente. Las mujeres se ocupaban prácticamente de todo
lo demás, que no era poco.
La bonita
costumbre de regalar un plato de “ajo” de morcilla o de chorizo –picadillo en
otras partes- y a veces algo más, al vecindario, a los compromisos y personas
mas allegadas a la familia, era algo entrañable y que al contrario de la
matanza en sí, me resultaba atractivo y por supuesto el regalo del ajo era muy apetecible.
Desde hace
años esa enorme mezcla de olor, color y sabor que era una matanza, ese rito
ancestral y antropológico, que en su momento constituyó parte de nuestra
etnografía no se produce ya en las calles y plazas castellariegas, pero si está
y estará en su recuerdo y en su historia.
Y es que sin
recuerdos y vivencias personales difícilmente se podría escribir la verdadera
historia de un pueblo, con sus cerdos incluidos, y ni siquiera la de la
humanidad.
(*
Día de San Martín: 11 de noviembre)
La
fotografía que corresponde a una matanza en Castellar, está tomada del libro de
Antonio Robledo “150 años de historia”.

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