jueves, 27 de diciembre de 2018

El catálogo de Galerías Preciados y otras modernidades.


A veces pienso que lo único que nos podía unir a la modernidad en aquellos años eran los catálogos de Galerías Preciados, bueno si es que a lo que teníamos en España se le podía llamar modernidad, cosa que dudo mucho.
            Aparte de aquellos catálogos, lo que más nos acercaba a otro mundo, en aquel pueblo de calles de tierra o piedras, de escuelas unitarias por sexos y mandilones, estufas caseras de brasas, luces apenas perceptibles y bastantes tabernas, eran los libros, revistas y periódicos que mi padre recibía, como “corresponsal” de prensa. Claro que todo dentro de un orden pues la censura más férrea no cejaba en su empeño.
            El Cine, con sus arriesgados mentores, Colomer y la familia Aragón, intentaba poner su granito de arena, pero era difícil ver una película completa, sin cortes ni censuras… Así como el teatro con la compañía de Luis Arroyo y Manuel de Benito, castellariegos por antonomasia. Y además los espectáculos de cante, por la aceituna, con las primeras figuras del plantel, encorsetadas por el régimen de entonces, y que aprovechaban algunos resquicios legales y de tolerancia para distraerse en el casino, o Circulo de Labradores, que venía a ser los mismo con distintos nombres, mientras llegaba la función.
            La radio, ese otro contacto con el mundo exterior tan directo, salía a las ondas con toda la programación e información controlada. Los anuncios, casi todos musicales, nos dejaban intuir que existía otro mundo distinto al del pueblo y era aquel de grandes ciudades como Madrid, con sus comercios y sus fiestas.
            En ocasiones se utilizaba el teléfono para cosas importantes, aunque estaba el telégrafo para las más urgentes y casi siempre portadoras de malas noticias. Las comunicaciones telefónicas no eran óptimas y a veces costaba muchas horas conseguir una comunicación con Madrid u otra ciudad a través de aquellas conferencias largas y especiales, repletas de interferencias. Ni que decir tiene que telefónica era el mayor centro de información del pueblo, pues se escuchaban “confidencial e involuntariamente” las conversaciones más dispares. El cura del pueblo, a través del confesionario, no tenía, ni mucho menos, la información de telefónica.
            Los viajes, muy escasos, siempre nos llevaban a otro mundo y normalmente se ceñían a la provincia; Úbeda para compras muy especiales o a algún famoso oculista; Linares o Baeza para exámenes de estudios y la capital, Jaén, para especialistas médicos, sobre todo. No hace falta decir las horas que se podían tardar en recorrer cincuenta o cien kilómetros… Lo que había más allá era casi inalcanzable y solo a través de trenes desde Vilches, en viajes que duraban desde ocho o diez horas, hasta casi un día incluso, se podía llegar a esa otra España que nos parecía tan lejana, aunque en el fondo tan parecida.
            Por eso el catálogo de Galerías me parecía una conexión muy directa con lo exterior y lejano. Nos llegaban en cada estación del año y en ocasiones algunos especiales, como los de las rebajas. Los diferentes productos inalcanzables en el pueblo, las modas de ropa, zapatos, complementos, con esos y esas modelos de amplia sonrisa cómplice, y sobre todo lo último en juguetes, en Navidades, nos lo ofrecía ese catálogo en el que no había sino que rellenar un impreso y a contra reembolso lo recibías, en unos días, con gran curiosidad por el cartero, según el tamaño. Cuando llegaba un paquete de Galerías era una fiesta en mi casa y lo primero que hacía era oler su interior, para sentir que llegaba algo nuevo, distinto, de fuera, de lejos… Recuerdo aquel mi primer reloj Cauny de cadete, que sustituía por fin a uno usado y "heredado" de mis hermanos. No parecía real, tanto que yo parecía vivir para el reloj, en vez del reloj para mi.
            Y es que las Navidades eran un paréntesis en aquella empobrecida y bella monotonía del pueblo. Los ambientes, ayudados por ese tan especial de la recolección aceitunera, cambiaban y las celebraciones navideñas, tan humildes y sencillas como entrañables, llenas de cánticos y de polvorones nos llevaban directamente a esperar el día de Reyes, aquellos Reyes tan pobres, pero tan ilusionantes, que nos arreglaban juguetes antiguos, nos repetían trenecillos reparados y revestían y pintaban muñecas a las hermanas a la vez que nos regalaban aquellas escopetillas de chapa y corchos, cuyo gatillo nos solía enganchar, con cierto dolor, los dedillos de nuestra infancia.
            Cuando llegaba un juguete de Galerías, pocos desde luego, se escondía el paquete, entre cortinas, armarios o baúles, una vez comprobado su contenido, para hacerlo aparecer en aquella mañana de Reyes y convertirlo en el día más feliz de nuestra vida de aquel año o incluso de muchos años. Y es que Papá Noel, San Nicolás o Santa Claus eran personajes prácticamente desconocidos para nosotros y que nos quedaban tan lejos que había que hasta volar para verlos. Y nuestros únicos vuelos, entonces, estaban en los sueños, en nuestros sueños, pues si algo se podía hacer en nuestro pueblo andaluz, entonces, era eso… soñar y soñar.

           

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